datos sobre el tabaco
Principal Arriba datos sobre el tabaco articulo

 

EXTRACTO DE LA BASE TEÓRICA DE LA TESIS DOCTORAL "CAMBIOS EN LAS CREENCIAS Y ACTITUDES CON RESPECTO AL TABACO  A PARTIR DE UN PROGRAMA DE INTERVENCIÓN EDUCATIVA"

 

Universidad Complutense de Madrid

Facultad de Educación

Autor: Jorge de Mariano Huéscar

 

ÍNDICE

1ª PARTE: FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA

1- DROGA, DROGODEPENDENCIA Y PREVENCIÓN

1.1 Conceptos básicos

1.2 Clasificación de las drogas

1.3 Historia contemporánea de las drogas en España

1.4 Valores sociales y droga en España

1.5 Estado de la cuestión en relación a la prevención de drogodependencias en España

 

2. TABACO

2.1 Breve reseña histórica

2.2 Tabaco y salud

2.3 Componentes del tabaco y sus efectos sobre el organismo

2.4 El tabaco como factor de riesgo cardiovascular

2.5 El síndrome de abstinencia del tabaco

2.6 El tabaquismo en España: situación actual y perspectivas para el movimiento de Prevención.

2.7 Estado de la cuestión en relación al cumplimiento de la legislación vigente sobre el tabaco en España.

 

3. DROGA Y EDUCACIÓN

3.1 La escuela y la educación para la salud

3.2 Etapa evolutiva de la adolescencia y consumo de drogas

3.3 Prevalencia del consumo de tabaco entre los escolares españoles

 

4. BASES TEÓRICAS DE LOS PROGRAMAS PREVENTIVOS

4.1 Teoría de la acción razonada

4.2 El modelo integrador de Elliott

4.3 Teoría de los clusters de amigos

4.4 Teoría del auto rechazo

4.5 Teoría multietápica del aprendizaje social

4.6 Teoría del autocontrol

4.7 La progresión en el consumo

4.8 Teoría cognitiva social

4.9 El modelo del desarrollo social

4.10 Teoría “conducta problema” y la conducta de riesgo de los adolescentes

4.11 Teoría de la influencia triádica

4.12 Modelo comprensivo y secuencial de las fases del consumo de drogas

4.13 La prevención del tabaquismo y el modelo integrador Bio-psico-social

 

5. FACTORES DE RIESGO Y DE PROTECCIÓN

5.1 En relación con la familia

5.2 En relación con la comunidad

5.3 En relación con el grupo de iguales

5.4 En relación con el medio escolar

5.5 En relación con las características individuales

 

6. Los programas de prevención de drogodependencias en la escuela

 

7. El programa “Prevenir para Vivir”

7.1 Modelo de intervención

7.2 Objetivos del programa

7.3 Aplicación del programa preventivo en el espacio reservado a la tutoría

7.4 Aspectos metodológicos en la implantación del programa

            7.5 Los materiales

BIBLIOGRAFÍA

 

   1. DROGA, DROGODEPENDENCIA Y PREVENCIÓN

1.1 Conceptos básicos

A modo de introducción es imperativo definir los términos básicos que vamos a tratar en este documento. En primer lugar reflejamos aquí la clásica definición de droga ofrecida por la Organización Mundial de la Salud: “Droga es toda sustancia que introducida en el organismo vivo es susceptible de modificar una o más funciones de éste” (Organización Mundial de la Salud 1992, p.12). La FAD[1] especifica más la definición cuando se refiere a droga como: “Toda sustancia que, introducida en el organismo produce cambios en la percepción, en las emociones, el juicio o el comportamiento, y es susceptible de generar en el usuario una necesidad de seguir consumiéndola (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, 1995 p. 4). Schuckit (2000, p.4) concreta esta definición en lo que denomina droga de abuso “cualquier sustancia tomada a través de cualquier vía de administración, que altera el estado de ánimo, el nivel de percepción o el funcionamiento cerebral”.

Calafat (1993, p.10), define el concepto de drogodependencia como el “resultado de la relación entre la persona que consume droga y el producto utilizado, que origina en el sujeto una necesidad (dependencia psíquica) de seguir consumiendo dicha droga con la intención de beneficiarse de sus efectos. Con algunas drogas y tras el uso repetido, pueden aparecer, al interrumpir su consumo, molestias físicas (manifestación de su dependencia física) que desaparecen al reiniciar el consumo”. La FAD (2002, p.35) explica el término drogodependencia como “un aprendizaje social en una situación social, vinculado íntimamente a la propia dinámica cultural, donde las características del individuo y las de la sustancia determinan la interacción que consolida ese aprendizaje social“. Anotamos también la definición de drogodependencia de la Organización Mundial para la Salud (OMS 1992, p.23) que define la drogodependencia como un “estado de intoxicación periódica o crónica producida por el consumo repetido de una droga natural o sintetizada y caracterizado por:

1.         El deseo dominante para continuar tomando la droga y obtenerla por cualquier medio.

2.         La tendencia a incrementar la dosis.

3.         La dependencia física y generalmente psíquica, con síndrome de abstinencia por la retirada de la droga.

4.         Efectos nocivos para el individuo y para la sociedad”.

Definir qué es prevención constituye ahora un paso necesario; Bukoski, Donohew y Sypher (1980) identifican tres perspectivas de definición; la primera, incorporada por el modelo de salud pública, responde a los conceptos de prevención primaria, secundaria y terciaria. La prevención primaria se orienta hacia cómo evitar el inicio de la enfermedad, mientras que la secundaria y la terciaria se podrían equiparar a curar o parar el proceso de la enfermedad y rehabilitar respectivamente. Una segunda conceptuación es el llamado modelo de las enfermedades de declaración, encuadrado dentro de los términos huésped, agente y medio ambiente. Un tercer modelo sería el de factores de riesgo que, como veremos más adelante, está encaminado a identificar los factores psicológicos, sociales, biológicos, de comportamiento y medioambientales que se relacionan con el surgimiento de un problema de salud (Arnold, Kuller y Greenlick, 1981).

La prevención de las drogodependencias es definida por Martín Cueto (1995, p.55) como “un proceso activo de implementación de iniciativas tendentes a modificar y mejorar la formación integral y la calidad de vida de los individuos, fomentando el autocontrol individual y la resistencia colectiva ante la oferta”.

La prevención de drogodependencias puede llevarse a cabo en diferentes ámbitos (escolar, familiar laboral, etc.). En los últimos años ha cobrado importancia la prevención escolar, ámbito donde se han desarrollado y evaluado más programas. Cuando se pregunta a la población española por su valoración de las medidas más importantes en las actuaciones sobre drogas, en una escala de 1 a 3, encontramos que las puntuaciones medias más importantes se adscriben a la "educación sobre drogas en las escuelas" (con una valoración de 2.83) y las "campañas de comunicación" (con una valoración de 2.66) (Megías Valenzuela, 2003)

Alonso (1996) indica las ventajas fundamentales de hacer prevención en la escuela:

1.         Porque es uno de los principales agentes de socialización junto con la familia y el grupo de iguales, y es en ella donde se continúa el proceso de socialización iniciado en la familia, bien reforzando las actitudes en ella generadas o bien modificándola en aquellos casos en que sea preciso.

2.         Porque actúa sobre las personas en una fase del proceso de maduración en la que la intervención del adulto tiene una gran incidencia.

3.         Porque a lo largo de la edad escolar los alumnos están sometidos a cambios y momentos de crisis que les exponen a múltiples riesgos (entre ellos el consumo de drogas).

4.         Porque la obligatoriedad de la educación hasta los dieciséis años implica que por ella deben pasar todas las personas durante el periodo más importante de la formación de la personalidad.

5.         Porque es un espacio ideal para detectar precozmente posibles factores de riesgo.

6.         Porque los profesores, así como otros componentes de la comunidad educativa, son agentes preventivos debido a su cercanía con los alumnos, a su papel como modelos y a su función educadora.

En estos últimos años podemos comprobar que en prácticamente todos los programas de prevención de drogodependencias se ha impuesto una nueva terminología que ha sustituido a los términos clásicos de prevención primaria, secundaria y terciaria y que también diferencia la prevención en tres tipos. Esta terminología al uso nos habla de prevención universal, selectiva e indicada. Siguiendo a Becoña Iglesias (2002), la prevención universal es aquella que va dirigida a todo el grupo diana sin distinción, la selectiva la que se dirige a un subgrupo de la población diana que tienen un riesgo mayor de ser consumidores y la prevención indicada es aquella que va dirigida a un subgrupo concreto que suelen ser consumidores o que tienen problemas de comportamiento, es decir a individuos de alto riesgo. Las intervenciones preventivas se diferencian según su finalidad en la reducción del consumo o demanda y la reducción de la oferta. La reducción de la oferta está más ligada a medidas policiales, judiciales, etc. La reducción de la demanda será el aspecto que queramos enfrentar a través de medidas preventivas. En línea con las bases teóricas que marcan el camino de los esfuerzos preventivos, la mayoría de estos se orientan a la prevención de drogas legales (tabaco y alcohol) y en algún caso a la prevención del consumo de Marihuana. Mediante esta prevención primaria se pretende además que las personas no escalonen el consumo hacia sustancias consideradas más peligrosas. Becoña Iglesias (2002, p.22) define un programa preventivo como “un conjunto de actuaciones con el objetivo específico de impedir o retrasar la aparición del problema al que se dirige dicho programa”. Tanto la mayoría de los autores como los organismos oficiales en el campo de las drogodependencias señalan la prevención como el camino ideal para que no se produzcan consumos de drogas, se retrase su inicio o si se ha producido, se detenga o se haga de un modo poco peligroso.

Aunque, hay una relación compleja entre la persona, el ambiente y el consumo (como veremos en los distintos modelos teóricos explicativos del consumo), la persona tiene un importante poder de decisión sobre consumir o no una sustancia, aunque la adicción suponga que se pierda una parte importante de este poder de decisión. En este sentido la prevención quiere entrenar al adolescente en habilidades que le permitan afrontar su inevitable relación con las drogas.


 

 

          1.2  Clasificación de las drogas

Para clasificar las drogas se pueden seguir diferentes criterios, por ejemplo, por su origen pueden ser naturales, sintéticas o semisintéticas. Hourmilougue (2004) realiza una clasificación de las drogas en base a los criterios de su aceptación social. Para esta autora las drogas socialmente aceptadas son las sustancias cuyo uso ha sido aceptado a nivel social y que sin embargo se incluyen en la definición de droga de la OMS como el té, el café, el chocolate, algunas bebidas gaseosas, el tabaco o el alcohol. Las drogas con una aceptación social intermedia están constituidas por todos los medicamentos como los psicotrópicos, los sedantes o los barbitúricos. Aunque algunas drogas son de aceptación cambiante como es la Marihuana, la autora señala que generalmente, cuando alguien dice "drogas" se refiere a este grupo: Marihuana, Cocaína, Heroína, LSD, Hachís y Éxtasis. Al tiempo existen otro tipo de productos que habiendo sido fabricados para un fin se los utiliza para otro como los pegamentos, los disolventes, etc.

                                         

En relación a sus efectos y a sus posibles consecuencias, Hourmilougue (2004) clasifica las drogas en estimulantes, alucinógenas y depresoras (TABLA 1):

 

DROGAS ESTIMULANTES 

 POSIBLES EFECTOS

 POSIBLES  
CONSECUENCIAS FISICAS 

CAFE

Disminuye la somnolencia y la fatiga.

Inquietud, agitación, temblores, insomnio, problemas digestivos

TABACO

Desinhibición, sensación de calma

Trastornos pulmonares y circulatorios. Afecciones cardíacas. Infartos y Cáncer.

ANFETAMINAS

Alerta intensificada, hiperactividad, perdida del apetito, falta de sueño, taquicardia, locuacidad

Dilatación pupilas, nerviosismo intenso, estado de alerta permanente, insomnio, escalofríos, anorexia, 

COCAINA

Excitación, acentuada desinhibición, hiperactividad, perdida del apetito, ansiedad, aumento de la presión sanguínea y pulsaciones del corazón,

Desasosiego, agitación, hipertensión, trastornos cardio-respiratorios, desnutrición, anemia. Daños hepáticos, renales y cerebrales. En embarazo, fetos defectuosos

 

DROGAS DEPRESORAS  

POSIBLES EFECTOS

POSIBLES   
CONSECUENCIAS FISICAS 

ALCOHOL

Euforia inicial. Desinhibición, disminución de la tensión. Embotamiento mala coordinación, confusión

Trastornos hepáticos y de los nervios periféricos, dificultad para hablar, marcha inestable, amnesia, impotencia sexual, delirio.

BARBITURICOS, SEDANTES

Depresión del sistema nervioso central. Tranquilidad, relajamiento.

Irritabilidad, risa/llanto sin motivo, disminución de la comprensión y de la memoria, depresión respiratoria, estado de coma.

OPIO, HEROÍNA, METADONA

Sensaciones exageradas a nivel fisico-emocional, ansiedad, disminución de la razón, el entendimiento y la memoria, retardo psicomotor

Estados de confusión general, convulsiones, alucinaciones, contracturas musculares, disminución de la presión arterial.

 

DROGAS  ALUCINOGENAS  

 POSIBLES EFECTOS

POSIBLES   
CONSECUENCIAS FISICAS 

MARIHUANA

Diminuye la reacción ante los estímulos y reduce los reflejos, desorientación temporoespacial alucinaciones.

Reducción en el impulso sexual, daño en las funciones reproductoras, psicosis tóxica deterioro neurológico.

LSD

Alucinaciones, desorientación temporoespacial flasback.

Delirio, despersonalización, terror, pánico, trastornos en la visión, hipertensión arterial, problemas respiratorios.

TABLA 1. Clasificación de las drogas según sus efectos y sus posibles consecuencias físicas. Adaptado de Hourmilougue (2004)

 

 

La clasificación de las drogas en legales e ilegales es contextual y tiene su origen en las resoluciones de La Convención Única[2] de 1961 sobre Estupefacientes redactada por las Naciones Unidas[3].

La Convención Única ha sido ampliamente aceptada como instrumento universal y se ha visto fortalecida posteriormente por protocolos, convenios, declaraciones, estrategias, planes, conferencias internacionales, etc. El documento contiene disposiciones especiales relativas al uso indebido de las sustancias consideradas como droga, cuyo objeto es garantizar la pronta identificación, el tratamiento, la educación, el postratamiento, la rehabilitación y la reintegración social de las personas afectadas. Otros artículos de la Convención tratan de la fiscalización del tráfico ilícito y de las penas correspondientes. La Convención Única elaboró una serie de cuatro listas anexas de donde se deriva la ilegalidad o no de cada sustancia: en la Lista 1 figuran aquellas sustancias que están totalmente prohibidas, excepto para fines científicos y médicos muy limitados, manejadas por personas autorizadas con aprobación expresa de los gobiernos. Las Listas 2, 3 y 4 disponen que cada una de los gobiernos ha de aplicar medidas especificas de fiscalización, así como otras medidas que se consideren adecuadas para limitar a fines médicos y científicos la fabricación, la exportación, la importación, la distribución el almacenamiento, el comercio, el uso y la posesión. Las sustancias enumeradas en estas Listas pueden exportarse o importarse, fabricarse o distribuirse únicamente mediante permisos otorgados por los gobiernos. Los efectos terapéuticos de estas sustancias pueden aprovecharse cuando los médicos expiden recetas con sujeción a las prácticas y normas médicas adecuadas. Se encomendó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) la función de determinar, sobre bases médicas, si una nueva sustancia debe incluirse en una de las Listas, de acuerdo con los siguientes criterios: 

· La sustancia debe tener la capacidad de producir un estado de dependencia y debe estimular o deprimir el sistema nervioso central, provocando alucinaciones o perturbaciones de la función motora, del juicio, del comportamiento, de la percepción o del estado de ánimo.

· El uso indebido de la sustancia debe producir efectos nocivos similares a los causados por una sustancia ya incluida en una de las Listas.


 

1.3  Historia contemporánea de las drogas en España

Desde 1968 hasta 1992 se produjo un período de grandes cambios políticos y sociales en España que tendrían como consecuencia un notable aumento y popularización del consumo de drogas. Romaní (1999) apunta que las drogas están vinculadas a una reivindicación política hacia el sistema entonces vigente: el franquismo, siendo los «jipis» quienes empezaron a consumir «hachís» (uno de los derivados del «cannabis»), y asociado a este, el «LSD». Durante el período de los sesenta se observa un mayoritario consumo de tranquilizantes y anfetaminas (Merino Merino, 2003). Este grupo no estaba identificado con el concepto actual de drogadicto. Así pues, era en los centros asistenciales, ya existentes, dedicados al tratamiento de la alcoholemia, donde se trataban también estas novedosas adicciones.

Gamella (1990) resalta como a partir de 1973 las drogas, concretamente la heroína, empiezan a asociarse a un carácter más intelectual, artístico, universitario, es decir, al carácter progresista de la época. En cambio, la cocaína permanecía socialmente muy poco difundida.

Tendremos que esperar a 1977 (un período de turbulencias varias ya que se inicia la transición política en España), para nombrar al sujeto consumidor como un enfermo ya estigmatizado, el drogadicto, con un carácter un tanto negativo.

El consumo de drogas se incrementa durante el período de 1977 a 1980, debido a la incorporación de la heroína (Gamella, 1990). En esta época se observa un aumento de consumidores de clase media. Gamella (1990) hace mención de todo ello a través del «problema social», se trata de un período de reordenación del sistema, negociaciones, movilizaciones. El autor denuncia el mal funcionamiento de las escuelas en esta época junto con el poco apoyo que reciben los jóvenes, provocándoles una falta de autoestima. En cambio asegura que en el ámbito del consumo son apoyados continuamente por sus compañeros.

Romaní (1999) apunta que en 1981 hay una expansión de los recursos asistenciales; aparece la atención sanitaria pública, debido en gran parte a la alarma social, que provoca el aumento del consumo de la droga. El autor señala que entre 1980-1985 se incrementa el consumo de la heroína, por parte de individuos procedentes de sectores marginales de la sociedad. En esta época toma relevancia el consumo de cocaína en capas altas de la sociedad, sin olvidar el consumo de la heroína. Posteriormente, como sabemos, sale a la luz el «SIDA», ligado al consumo de las drogas por vía intravenosa. Romaní (1999) nos descubre una etapa más, que abarca hasta 1992. En ella el consumo de la heroína quedó limitado al «yonki», dando paso a las drogas de diseño, como el éxtasis, anfetaminas, rohipnol, etc.

El análisis realizado de esta etapa de la historia contemporánea por Romaní (1999), contempla como los jóvenes crean un modo de vida alternativo, involucrándose en comportamientos que rompían con el modelo de vida aceptado en sus familias, contradiciendo los valores en los que fueron socializados. El autor destaca el hecho de que entre 1978-1979 experiencias desconocidas hasta hace unos años, en el mundo social de los jóvenes de España, (por ejemplo la cárcel, la delincuencia, ciertas drogas, el uso de las jeringuillas para consumirlas...), empezaban ya a formar parte de su vida cotidiana. Las nuevas pautas de consumo y comercio de drogas se han convertido también en elementos centrales de esa forma de vida, llegando a percibirse, a partir de un cierto momento, como motivación primaria en la escalada de la delincuencia. Una nueva subcultura farmacológica, centrada alrededor de sustancias legales e ilegales se establece en la mayoría de barrios obreros del país. Romaní (1999) escribe que la expansión masiva de la toxicomanía callejera empezó en España entre 1978-1979, y que esa expansión cambió el perfil dominante del heroinómano español. Se pasó de ser jóvenes de clase media o alta, con cierta ideología contracultural o alternativa del uso de las drogas, que habían viajado y aprendido las nuevas técnicas en el extranjero y se movían en entornos donde existía esa experiencia, a ser un heroinómano joven, de estatus socioeconómico bajo o medio-bajo, de nivel cultural bajo y con expectativas educativas y profesionales reducidas.

El perfil del sector social más afectado en sus expectativas de trabajo por el desempleo ha coincidido en España con el perfil del heroinómano ya que, dadas las condiciones del mercado de drogas ilegales, su venta y su consumo han proporcionado múltiples oportunidades ocupacionales y existenciales para un amplio sector de la juventud desocupada.

Megías Valenzuela (2003), destaca que las generaciones que fueron socializándose entre los años 70 y 80 en España, lo hicieron en una estructura cultural en la que la presencia de las drogas tenía una importancia significante. La generación que se fue emancipando entre el inicio y el final de esa situación crítica, constituirían la barrera entre las generaciones que se socializaron al margen o de una forma integrada con una cultura en el que las drogas tenían una presencia activa. Esa barrera generacional estaría representada por los jóvenes que fueron emancipándose en aquellos años y que resultan ser los grupos de adultos que en este momento tienen entre 46 y 52 años.


 

  1. 4  Valores sociales y droga en España


       
Para cualquier sociedad existe una jerarquía de prioridades o valores generales, según el grado de importancia que se les atribuye. Siguiendo a Megías Valenzuela (2003) entenderemos por valores, los criterios que en un grupo social establecen lo deseable y el fundamento de las normas y, sobre todo, la base para aceptar o rechazar aquéllas que no están previstas en la cultura del grupo, mientras que las creencias, según el mismo autor, harían referencia a aquellas ideas más incuestionables de cómo es el mundo. Los valores pueden ser analizados desde muchas perspectivas: actitudes, posturas ideológicas, comportamientos, etc. También por la importancia concedida a unos conceptos que se pueden vivir como circunstancias necesarias o deseables.

Cuando se introducen las variables edad y el hecho de haber sido o no socializado en una cultura de las drogas, para Megías Valenzuela (2003) resultan cuatro tipologías ideales. Obviamente, la propia denominación de tipos ideales indica que no se trata de formas de posicionamiento puro sino que se trata de actitudes básicas, que evidentemente pueden estar sujetas a todo tipo de matizaciones. Resumimos aquí estos cuatro tipos ideales por su interés en relación con el posicionamiento de la sociedad española ante el problema del consumo de drogas.

Tipo ideal 1: "Adolescentes y estudiantes ansiosos de experiencias".

El Tipo ideal 1 aparece en el estudio de Megías Valenzuela (2003) constituido por un grupo de población de adolescentes, que en el momento histórico que vivimos casi todos tienen el rol de estudiantes. Las características psicológicas de la adolescencia y el contexto sociocultural que les ha tocado vivir, determinan que dominen fundamentalmente los procesos de aprendizaje, de adquisición de conocimientos, en una actitud de buscar una identidad propia, en alguna medida, en oposición a la cultura constituida. En el adolescente dominan las fantasías de omnipotencia (todo parece posible), no existe la vivencia de riesgo (todo es accesible y nada es peligroso), no existe la conciencia de la finitud y del decaimiento (no influyen las cuestiones de salud), se sobredimensionan los recursos propios de aprendizaje (sólo la experiencia propia es válida), se valorizan especialmente las experiencias compartidas y las informaciones que llegan del grupo de pares (se desvaloriza la opinión de los padres y de los profesores), se vive pese a todo una cierta inseguridad más o menos reconocida (se sigue precisando un posicionamiento de límites y un apoyo de los padres), etc.

Todo esto determina una posición de "voracidad" ante las drogas, que se viven como algo que hay que consumir para seguir creciendo, algo manejable y que puede ponerse al servicio de una "presentización" de la vida.

El Tipo ideal 2: "Jóvenes que creen saber y que teorizan su proyecto de vida".

Megías Valenzuela (2003) asegura que el momento social ha generado una nueva tipología de "jóvenes prolongados". El retardo de las edades de emancipación y creación de una familia con responsabilidades propias ha determinado que se propicie una franja de edad, entre la terminación del aprendizaje adolescencial y la primera juventud y el momento de la emancipación y del ejercicio de la responsabilidad. Son jóvenes que tendrían entre 23 y 30 años, muchos de ellos ya con un cierto nivel de ingresos económicos pero que siguen viviendo en una situación de tutela familiar. El ejercicio de la responsabilidad propia se ve en cierta medida aplazado (la edad media de emancipación y de creación de una familia autónoma estaría alrededor de los 30 años), y este aplazamiento se compensa planteando esa responsabilidad mucho más como un ejercicio teórico que como una realidad.

Estos jóvenes, que en buena medida ya han terminado el proceso de aprendizaje, creen tener los conocimientos necesarios, creen saber, y tratan de ejercer ese conocimiento en ese plano teórico que se señala. Necesitan diferenciarse de los grupos de edad que les siguen (a los que viven "desfasados", impulsivos y descontrolados), y racionalizan esa diferenciación con respecto a los adolescentes instalándose en una situación de aparente suficiencia, en la que conocerían los riesgos y la forma de manejarlos, y en la que tendrían unas respuestas muy construidas a las preguntas fundamentales. Este supuesto saber estaría condicionado por el real saber de su generación (es una generación especialmente bien preparada en aspectos instrumentales), y se ve sobredimensionado por la necesidad de reforzarlo como un mecanismo compensador del sentimiento de insuficiencia que puede generar seguir manteniendo un estatus de cierta dependencia familiar.

Su relación con las drogas, marcada por este conocimiento y con esta suficiencia, es una relación frecuente, casi cotidiana, en la que ellos viven que tienen capacidad de manejo y en el que la autocrítica queda desvanecida entre la crítica acerba que hacen hacia los adolescentes que "desfasan", y hacia los padres que no saben de drogas ni del cumplimiento adecuado del rol de padres.

Tipo ideal 3: "Adultos preocupados, exigiendo y delegando desde la angustia".

El tercer Tipo ideal estaría conformado por los adultos, que tienen entre 31 y 45 años y que, muchos de ellos, tienen que enfrentar el rol de padres de adolescentes. Es un grupo de personas que ha sido plenamente socializado en una cultura de las drogas, que ha tenido contacto con ellas, que conoce a consumidores, que ha pasado por experiencias e incluso que mantiene experiencias de consumo, pero que en la medida en que o son padres o sienten que van a serlo (sobre todo puesto que viven a los adolescentes como personas primarias e incontroladas, en grave riesgo), se angustian enormemente ante su propio rol familiar y reaccionan ante esa angustia buscando soluciones a través de la delegación de responsabilidades. Su propio contacto con las substancias parece hacerlos vagamente temerosos de tener escasa capacidad para ser padres y para defender de los riesgos a sus posibles hijos adolescentes. Y eso les lleva a dos posiciones defensivas: abandonar su relación con las substancias y pedir que instancias exteriores vengan a solucionar los potenciales problemas. Este abandono de las substancias hace que bajen sensiblemente las prevalencias de los consumos entre este grupo de población cuando este grupo ya tiene hijos. Por el contrario, estos grupos, cuando no tienen hijos, presentan unas tasas de consumo de todo tipo muy por encima de la media y que llegan a quintuplicar las de sus compañeros de cohorte que sí son padres o madres.

A pesar de su experiencia con las drogas, o quizás precisamente por ella, temen no cumplir con eficacia su rol de padres y esto que despierta su angustia, necesita ser calmado desde una posición de demanda maximalista en la que las instituciones se ven cargadas por unas responsabilidades de actuación que los propios padres delegan.

El tipo ideal 4: "Adultos que valoran desde el desconocimiento".

El Tipo ideal 4 estaría constituido por aquellos adultos que se socializaron al margen de una cultura de drogas. Teniendo en estos momentos por encima de los 52 años, se emanciparon y tuvieron que ejercitar y vivir sus responsabilidades propias, su socialización operativa, al margen de una estructura cultural (la de las drogas) de la que no habían formado parte y que viven como desconocida. Obviamente es un desconocimiento que ha ido supliéndose por informaciones indirectas, por estereotipos dominantes, lo cual no ha ayudado a ir generando un campo de conocimientos operativos sino más bien ha ido a contribuir a crear un cuerpo de ideas, de vivencias y de actitudes, ajenas a una auténtica cultura de las drogas, y que sigue viendo a éstas como algo desconocido e incomprensible. Viven desde una enorme distancia a los grupos que tienen comportamientos que a ellos les resultan muy extraños y son los que alimentan fundamentalmente esas tipologías de personas que mantienen unas ideas más idealmente confrontadas con las substancias, que sustentan unas posiciones más estigmatizadoras respecto a las drogas y respecto a los consumidores, y que manifiesta unas expectativas ideales respecto a la hipotética desaparición de los consumos (en definitiva la desaparición total de las drogas no sería más que el retorno a una sociedad conocida, tranquilizadora para ellos).

Los cuatro Tipos ideales mantienen obvias diferencias entre sí en lo que se refiere a sus formas de relación con los comportamientos relacionados con las drogas, pero los autores también presentan similitudes entre algunos de ellos. Por ejemplo hay determinadas posiciones básicas que, pese a las enormes diferencias, son similares en los tres Tipos ideales que han compartido (aunque desde perspectivas muy diversas) una cultura sobre las drogas. Determinadas visiones alienadas y satanizadoras no son posibles en grupos que han compartido un conocimiento directo de las situaciones y de los potenciales conflictos. También se comparte bastante el hecho operativo de consumir o no consumir (sólo, se decía, la situación de tener hijos marca un hito diferencial claro). En conjunto, pese a todas las enormes diferencias, habría más similitudes entre los Tipos ideales 1, 2 y 3, que entre cualquiera de éstos y el Tipo 4.

Cuando se pide la opinión sobre los motivos para consumir y la función social de las drogas, el Tipo 1 señala el placer, la curiosidad, el estar de moda, el gusto por lo prohibido, y entiende que las drogas son algo inevitable y positivo. El Tipo 2 habla de que las drogas están de moda y que satisfacen el gusto por lo prohibido, la curiosidad y el placer, tendiendo a considerarlas como un objeto de consumo más, y por ahí algo inevitable. El Tipo 3 habla de curiosidad y de moda, y también entiende que es una presencia inevitable. El Tipo 4 señala como razones para los consumos a las dificultades en el trabajo, a problemas familiares y a la inseguridad; tiende a sentir que es necesaria alguna motivación externa para hacer algo que resulta incomprensible en sí mismo; en cualquier caso, vive a las drogas como algo extraño, como una especie de castigo procedente del exterior del propio grupo social. Todo ello conforma, en relación con esas actitudes básicas de las que se habla, que el Tipo 1 se apuntaría a la aceptación fáctica de las drogas, los Tipos 2 y 3 nutrirían a los grupos que se sitúan en posiciones de realismo escéptico o de realismo posibilista, y el Tipo 4 constituiría esencialmente el grupo que se sitúa en posturas de alienación y rechazo de las drogas y de los consumidores.

De la misma forma se producen diferencias claras entre los Tipos cuando opinan sobre los hipotéticos riesgos o beneficios de las drogas. En lo que se refiere a riesgos, el Tipo 1 subraya los problemas instrumentales (fundamentalmente problemas económicos); el Tipo 2 señala sobre todo los riesgos de la adicción; el Tipo 3 habla de lo que más le atormenta: la destrucción de la personalidad (no es difícil imaginar que piensan en sus hijos); y el Tipo 4, con la visión más dramatizadora, subraya los aspectos de marginalidad y de delincuencia. Al hablar de los posibles beneficios, los adolescentes del Tipo 1 señalan la diversión; el Tipo 2 (más racionalizador) habla de evadir problemas y del uso terapéutico, igual que lo hace el Tipo 3; y el Tipo 4 se niega a encontrar ningún beneficio en las drogas o en los consumos de las mismas.

Con anterioridad al estudio que acabamos de analizar, Megías Valenzuela (2001) realiza un estudio sobre los valores sociales y su relación con las drogas en España a través de 2.800 entrevistas personales y de ocho grupos de discusión (datos extrapolables a toda la población española de 15 a 65 años). Este autor asegura que los valores dominantes de la sociedad española favorecen los nuevos patrones de consumos de drogas juveniles basados en la diversión y el placer. Según este estudio, la prioridad fundamental para el conjunto de la población es tener unas buenas relaciones familiares, con una puntuación media de 8.5 en una escala de 1 a 10. En el polo opuesto de la escala, con una puntuación media de 4, se sitúa el interés por la religión o la política, los dos aspectos más desvalorizados en este estudio. Entre ambos extremos, los valores generales a los que los españoles otorgan mayor importancia son, por este orden, el bienestar cotidiano, el orden social, la solidaridad y el presentismo.

Megías Valenzuela (2001) apunta que coherentemente con la necesidad importante de orden y seguridad, el conjunto de la población española no estima de forma especialmente acusada los valores asociados a sensaciones de búsqueda, experimentación, curiosidad, etc. Sin embargo determinados grupos de población, sobre todo juvenil, valoran mucho más este tipo de expectativas.

El análisis conjunto de los distintos valores ha permitido al autor establecer ocho tipos ideales en los que, en mayor o menor medida, se pueden ver reflejados distintos grupos de la población española. Cada uno de los tipos aglutina una serie de actitudes, preferencias valorativas y posturas, que se identifican mediante el nombre asignado al conjunto. El tipo mayoritario, con el que se identificaría el 94% de la población, se ha llamado “normativo” y condensa los deseos de preservación del orden social, el bienestar personal y el respeto a las normas sociales. Lógicamente una persona puede identificarse con más de un “tipo” (así, prácticamente todos son “normativos”, independientemente de que también se adscriban a otro de los tipos). Reseñamos a continuación un extracto de la tipología categorizada por Megías Valenzuela (2001) y de las características principales de cada tipo.

1- Normativo: (94%)

·              Preservación del orden social.

·              Bienestar personal.

·              Respeto a las normas sociales.

 

2- Altruista: (37%)

·              Preocupación por lo social y por el bien de los demás.

 

3- Presentista: (28%)

·              Vivir al día.

·              Preocupación por el tiempo libre.

·              Cuidado corporal estético.

 

4- Irreligioso: (25%)

·              Despreocupación religiosa.

·              Moral privada en relación a aborto eutanasia y suicidio.

 

5- Aventurero: (8%)

·              Gusto por las sensaciones y comportamientos no convencionales.

·              Gusto por el riesgo.

 

6- Ventajista 5%)

·              Búsqueda de beneficios y ventajas personales aun a costa de otros.

·              Convencionales.

 

7- Incívico 2%)

·              Ruptura de las normas sociales.

·              Agresión al orden ciudadano.

 

8- Xenófobo asocial 0.4%)

·              Desprecio absoluto por el diferente o ajeno al propio grupo.

El autor relaciona los diferentes tipos ideales de valores con la probabilidad de que exista un mayor riesgo o protección frente a los consumos de drogas: quienes se acercan más a los valores de los tipos xenófobo asocial, incívico, ventajista o hedonista muestran una mayor probabilidad de consumir sustancias. Los resultados del estudio en las franjas juveniles reflejan cómo existe un claro nivel de relación entre las prioridades respecto a los valores y la tendencia a consumir distintas drogas. Por el contrario, los valores cercanos al tipo altruista resultarían ser más protectores respecto a los diferentes consumos.

Extractamos ahora las conclusiones finales de este estudio de Megías Valenzuela (2001):

·        Los jóvenes son un fiel reflejo de la sociedad en la que se mueven. El esquema de valores de los jóvenes y de los adultos es sensiblemente parecido.

·        Los valores prioritarios de la sociedad española son el orden, la seguridad y los beneficios personales.

·        Los valores relativos a la tolerancia, la solidaridad, la cooperación, es decir, los valores dirigidos al interés "del otro" o de la colectividad se plantean como valores ideales, "políticamente correctos", pero irrealizables en un contexto social que los convierte en imposibles.

·        Como consecuencia de lo anterior, la familia desea transmitir valores relacionados con los intereses comunes aunque en la realidad ven frustrado este deseo y transmiten unos valores más relacionados con el beneficio personal: éxito social, disfrute del presente, competitividad, diversión, bienestar, etc.

·        La sociedad "adulta" atribuye a los jóvenes todos los valores ideales positivos que no es capaz de asumir para sí misma. Los jóvenes, en cambio, no se sienten identificados con dichos valores e incluso sienten que el contexto les obliga, aún más que a los adultos, a exagerar las actitudes destinadas a la competencia y a la consecución de los logros individuales.

·        Los valores "tradicionales" (esfuerzo, ahorro, disciplina, religión, etc.) no están de moda. Sin embargo valores relacionados con el presentismo y el hedonismo como vivir al día, apurar el presente, despreocuparse por el futuro, el placer inmediato, etc. cobran más énfasis.

Aunque vivimos un momento en el que domina la impresión de que las actitudes solidarias y los valores que acompañan a éstas tienen más presencia que nunca (las campañas de apoyo al Tercer Mundo, la extensión del voluntariado, el énfasis en la cooperación, etc.), sin embargo, una de las conclusiones más significativas que se extraen del estudio sobre Valores Sociales y Drogas (Megías Valenzuela, 2001) se refiere al énfasis que los españoles ponen en las exigencias de orden y, sobre todo, seguridad personal. Y estas exigencias se centran en la preservación de los intereses personales y en los de la propia familia. La familia aparece por un lado como el espacio a proteger y, por otro, como la garantía de esa protección. En esa defensa de los intereses personales los españoles se muestran significativamente defensores de su privacidad. Es notable el énfasis con que, aunque lógicamente no sea una postura mayoritaria, se defiende una moral personal ante cuestiones como el comportamiento sexual o las diversas opciones de interrupción de la vida. El Estado no sería visto como algo con capacidad de organizar y conducir la vida de los ciudadanos sino, más bien, como un garante último de las exigencias básicas de seguridad personal y familiar.

Esas exigencias de seguridad, idealmente, también se entienden como buenas para toda la sociedad: la solidaridad, el altruismo, la preocupación por lo comunitario, se resaltan como valores ideales y claramente deseables. El contraste resulta desde el momento en que los ciudadanos que postulan esos ideales, al tiempo los encuentran irrealizables. El autor afirma que “los españoles creen vivir en una sociedad competitiva, en cierta medida despiadada, que justifica la renuncia al ideal de los beneficios colectivos y que obliga a enfatizar posturas de defensa individualista: sería bueno ser solidarios pero el ambiente nos obliga a ser competitivos. Y eso hay que enseñárselo a los hijos para no situarlos en una posición de indefensión. Y además, sin ningún sentimiento de culpa pese a lo que supone de negación del ideal, puesto que la responsabilidad no es propia sino de una sociedad implacable” (Megías Valenzuela, 2001, p.116)

Los consumos de drogas, lejos de aparecer derivados de una "pérdida de valores", se presentan sintónicos con las posturas emergentes en nuestra sociedad: la opción moral personal, el presentismo, el énfasis en la exigencia del disfrute, la competitividad… adquieren fuerza los elementos que tienden a vivir el día a día de lo que se va consiguiendo: el éxito social, el dinero, el disfrute del presente, etc.

En el estudio de Megías Valenzuela (2001) resulta significativo y alarmante comprobar cómo la sociedad adulta vive ese tipo de consumos como "cosa de jóvenes". Consumir drogas resulta casi lo esperable de los jóvenes, hasta el punto de que cuando se habla de los valores de los consumidores se termina hablando de los valores de la juventud: tanto en lo que se refiere a los riesgos que se espera que los jóvenes asuman como, más allá, a la atribución precisamente a los consumidores de algunos de los valores ideales que la sociedad adulta convierte en inaplicables. Es "cosa de jóvenes" ser aventureros, tener curiosidad, consumir drogas, y también ser solidarios, ser altruistas, ser buen amigo de los amigos.

Los propios jóvenes, que perciben que están situados en ese espacio por el colectivo social, se sienten desresponsabilizados de su propio comportamiento: hacen lo que se espera que hagan, incluso lo que se les pide que hagan. Pero no pueden evitar hacerlo desde una cierta perplejidad; ellos no se sienten, ni de lejos, portadores de esos valores ideales atribuidos. Viven la misma disociación que los mayores, y se mueven entre la tranquilidad de la normalización de su comportamiento de consumo y el temor por los riesgos del mismo. Muchas veces solucionan esta confusión con otra maniobra disociadora: el consumo propio es el normal y el de los otros es el "descontrolado"; la actitud propia es la legítima y la de "los que desfasan" es la irresponsable.

En el estudio de Megías Valenzuela (2001) aparecen fundamentalmente dos variables que resultan enormemente significativas: el género y la edad: las mujeres, en su defensa de determinados valores, parecen vivir con intensidad el peso del estereotipo y de la presión de los roles sociales: se muestran más familiares, más convencionales, más ordenancistas, menos arriesgadas, menos rupturistas, etc. Los hombres, probablemente con los mismos condicionantes pero en sentido contrario, se apuntan más a posturas algo más rupturistas y aventureras (dentro del convencionalismo general) y subrayan, siquiera sea teóricamente, el interés por cuestiones políticas (lo cual no es obstáculo para que, también ellos, prioricen antes los valores ligados a la competitividad y el éxito personal). La edad se muestra claramente discriminante en los valores integradores o rupturistas. Los jóvenes son más defensores de las necesidades del presente, con olvido, o demora, de las exigencias de estabilidad de futuro; se apuntan más frecuentemente a comportamientos y actitudes que sobrepasan lo "políticamente correcto": arriesgarse ante cosas nuevas e inciertas, vivir al día sin pensar en el mañana, etc., cosa que, por otra parte, coincide con las expectativas que los adultos manifiestan hacia ellos.

Uno de los objetivos del estudio de Megías Valenzuela (2001) es conocer qué tipos de valores se asocian con los consumos de drogas. En este sentido aparecen claramente una serie de lo que el autor llama “valores de riesgo para los consumos”, que como veremos más adelante son factores de riesgo para el consumo de drogas identificados por la investigación. Entre estos valores de riesgo estarían la competitividad, el afán de experimentación, el inmediatismo, la insolidaridad, la enfatización de la autonomía o, contrariamente, la intensa necesidad de integración, la curiosidad por la aventura, el no convencionalismo, el liberalismo sexual, etc. Por el contrario, como valores que suponen una cierta disuasión o protección de los consumos, encontraríamos el humanismo, los valores éticos, el igualitarismo, los valores familistas, el conservadurismo, etc.

En relación a qué tipo de substancias son reconocidas como tales, lo más significativo es la relación que se establece entre las drogas ilegales señaladas y las drogas legales que también son reconocidas (Megías Valenzuela, 2003). El tabaco y el alcohol son nombrados como drogas por una proporción de personas muy minoritaria, pero que va aumentando de una forma continuada en los últimos años. Parece que iría calando en el imaginario colectivo ese mensaje, más o menos emanado de los profesionales, que se empeña en hacer reconocer a estas substancias como drogas. Megías Valenzuela (2003) desvela que en estos momentos, al pensar en "drogas", la mención de substancias ilegales supera en proporción de 5.6 a 1 a la mención de substancias legales.

Otra cuestión importante es la idea de la población respecto a qué substancias son las más consumidas. En el estudio de Megías Valenzuela (2003) constatamos que la población sobrestima sistemáticamente el consumo de aquellas substancias que entienden que son "más drogas", normalmente las substancias ilegales, mientras que por el contrario infraestima los niveles de uso de las substancias que le pasan más desapercibidas como drogas, que suelen ser las substancias legales. La relación entre la estimación imaginada del nivel de consumo y el consumo real conocido, va desde aproximadamente el 0.5 para el tabaco y el alcohol, hasta casi el 5.0 para la cocaína, el crack y hasta el 18.0 para la heroína y otros opiáceos. Una cuestión que complementa la visión anterior es la de la peligrosidad atribuida por la población a las diferentes substancias; dicho de otra manera, el nivel de "ser droga" que la población atribuye a cada producto. En el estudio aparecen dos grupos de substancias claramente diferenciados: un grupo integrado por la heroína, la cocaína y las anfetaminas y drogas de síntesis, al que se atribuye un alto nivel de peligrosidad; otro grupo integrado por el tabaco, el alcohol y la cannabis, al que la población o atribuye menos peligrosidad o atribuye menos condición de droga. Separando a los dos grupos, igual que en relación con otras cuestiones, aparece ese apartado, confuso y un tanto neutro, de los tranquilizantes e hipnosedantes.

Las consecuencias atribuidas en el estudio (Megías Valenzuela, 2003) a los consumos de drogas por la población, se distribuyen en un abanico que incluye los problemas de salud (18.7%), los de delincuencia y marginación (17%), la destrucción total de la persona (15.1%), los problemas familiares y económicos (13.2%), la adicción (12.2%) y la muerte (12.1%). Las consecuencias más extremas son apuntadas por personas mayores, de nivel educativo bajo, y de adscripción ideológica a la derecha; el menor "señalamiento" de consecuencias es hecho por los más jóvenes, los menos religiosos, los posicionados en la izquierda, y por, precisamente, los consumidores. Complementariamente con lo anterior, casi el 67% de la población no señalan ningún beneficio a los consumos de drogas. Por el contrario, algo más del 23% de esa misma población entiende que de esos consumos sí se pueden seguir algunos beneficios: desde la pura evasión hasta ventajas de orden terapéutico o de orden existencial. Los más jóvenes, estudiantes y neo-profesionales subrayan especialmente los hipotéticos beneficios de diversión, desinhibición, autoconfianza, etc. Poblaciones algo mayores, de profesionales, trabajadores y empresarios, subrayan potenciales beneficios de evasión de problemas, uso terapéutico o relajación. Un grupo de personas de edad media alta, fundamentalmente mujeres, apostillan que sólo hay beneficios para el vendedor.

Otra cuestión investigada por Megías Valenzuela (2003) es la correspondiente a la opinión que se tiene sobre la posible solución del "problemas de las drogas". Mayoritariamente, el 60.3%, la población opina que el problema podría solucionarse si no hubiera tantos intereses en juego; hay casi un 28% de la población que entiende que es un problema de difícil solución, con el que hay que aprender a convivir. Sólo un 6.6% de la población opina que los problemas de drogas podrían erradicarse totalmente. Y un 2.8% piensa que es un problema que estará siempre y que no puede mejorarse ni solucionarse.

Sabemos que el estatus legal de los consumos y de las propias substancias ha sido un elemento histórico significativo en la estrategia y en las políticas sobre drogas, En el estudio de Megías Valenzuela (2003) la visión de la población sobre esta cuestión resulta de gran relevancia. La mayoría de la población entre 15 y 65 años mantiene actitudes sostenidamente prohibicionistas en relación tanto con los comportamientos de consumo como con los comportamientos de producción y venta de drogas. El análisis que realiza el autor de los perfiles de la población consumidora de cada una de las substancias viene a ratificar lo ya conocido por otras investigaciones. Los rasgos más reiterados son la extensión del consumo del tabaco y alcohol a lo largo de todas las franjas de edad (con un predominio de personas jóvenes y de mediana edad), la frecuencia de jóvenes en algunos consumos ilegales (sobre todo cannabis y drogas de síntesis o anfetaminas), la sobrerepresentación de profesionales y empresarios en el grupo de consumidores de cocaína, la mayor presencia de consumos entre los parados, la presencia minoritaria de las mujeres (salvo para el consumo de hipnosedantes) y la sobrerepresentación de los autoposicionados en la izquierda en el consumo de substancias ilegales.

Una especial significación tienen los hallazgos encontrados (Megías Valenzuela, 2003) a partir del análisis desde una perspectiva de género. Realmente, no pueden encontrarse diferencias significativas entre las posiciones de los hombres y las mujeres a partir del análisis cuantitativo y a partir de los hallazgos empíricos en las diferentes tipologías. El autor reseña tres fenómenos fundamentales. El primero estaría relacionado con la especial perversidad desde la que se valoran las contravenciones en el caso de la mujer: la igualdad no llega hasta el punto de que la consideración de contravención sea idéntica en el caso de comportamientos femeninos o masculinos. La misma cosa hecha por una mujer tiene mucho más carácter de perversidad, de alteración, incluso de "anormalidad", que cuando la hace un hombre. Y esto marca decisivamente el impacto que tiene ese tipo de comportamientos en sus autores, en el caso de que sean mujeres o de que sean hombres. La segunda cuestión tendría que ver con el imaginario de "fortaleza" que comparten muchas mujeres. La mujer debe ser fuerte y, por tanto, debe o mantenerse al margen de determinados comportamientos, o demostrar ser capaz de poder controlar los mismos. En el caso de que este control no sea eficaz y no suceda, esa falla en la obligación de ser fuerte, vendría a agravar el carácter de perversidad del que se hablaba. La tercera cuestión viene dada por la situación de maternidad. Se haga el juicio de valor que se haga, el hecho de la maternidad, o la posibilidad de ese hecho, marcan un hito diferencial claro que condiciona la perspectiva de géneros, también en relación con el consumo de substancias.

Comas et al (2003) realizaron una investigación con intención de clarificar los estilos de vida, valores y riesgos en los jóvenes urbanos españoles con una población de ambos géneros, entre 15 y 24 años, residentes en todo el territorio nacional y en municipios de más de 20.000 habitantes. Las variables estudiadas son:

 

1.         La conducta formal respecto al uso del tiempo a lo largo de cuatro días estándar (jueves, viernes, sábado y domingo).

2.         Cuatro áreas específicas de valores, obtenidas mediante cuestionarios que miden los valores finales o básicos, los valores instrumentales, las actitudes sociales y las actitudes ante el riesgo y la aventura.

3.         Los comportamientos de riesgo, consumo de alcohol y tabaco, fracaso escolar, accidentes con vehículos, victimización, comportamientos delictivos y vandálicos, consumo de drogas ilegales y riesgos relacionados con la sexualidad.

 

Las conclusiones del estudio ofrecen las siguientes categorías y actividades principales que realiza cada categoría:

Categorías primarias

·        Estudiosos: van a clase, estudian, no trabajan. Es el estilo más numeroso (42%).

·        Trabajadores: se incorporan tempranamente al mundo del trabajo (23%).

·        Marchosos: charlan con amigos, toman copas, escuchan música. Constituyen el tercer estilo en tamaño (17%).

·        Voluntarios ilustrados: voluntariado, lectura de libros y prensa.

·        Tecnológicos: escuchan música, ordenadores y videojuegos, ven televisión o vídeos.

·        Consumidores: van de compras (12%).

 

 

Categorías secundarias

 

·        Pulcros: aseo y cuidados personales, asisten a espectáculos deportivos.

·        Religiosos: realizan actividades religiosas, van de excursión.

·        Tranquilos: realizan trabajos domésticos.

·        Espectadores: van a espectáculos deportivos.

 

Comas et al (2003) encuentran los siguientes hallazgos:

 

1.         Las trayectorias vitales no se sostienen sobre un esquema único que se pone en marcha con los estudiosos, sigue por los marchosos y concluye con los trabajadores, ya que no sólo aparecen otros estilos de vida minoritarios, sino que, en los propios datos aportados por el estudio, parece que algunos jóvenes transitan desde la condición de estudiosos a trabajadores.

 

2.         La relación entre estilos de vida, valores y riesgos no responde a una lógica lineal, permanente y sincrónica, sino que se sostiene sobre una escala evolutiva en la que los tres componentes van modificando sus engranajes.

 

3.         El tiempo y el espacio en el que los riesgos se expresan constituye “la marcha”.

 

4.         Los comportamientos de riesgo son expresiones de un “consumo patológico” aprendido antes de la preadolescencia.


 

1.5           Estado de la cuestión en relación a la prevención de drogodependencias en España.

 

La actividad en el terreno de la prevención de las drogodependencias en España ha experimentado un impulso exponencial en los últimos 15 años, como así recoge el Plan Nacional sobre Drogas[4] (1997). Este organismo gubernamental destaca puntos fuertes y débiles en esta progresiva implantación de las actividades preventivas que resumimos aquí:

Puntos fuertes

·        Consolidación de estructuras de iniciativa pública y privada.

·        Proliferación de disposiciones legales.

·        Integración en el currículo escolar.

·        Diseño y puesta en práctica de numerosos programas preventivos, constatándose una evolución hacia planteamientos más eficaces.

           Puntos débiles

·         Insuficiencia de presupuesto (abandono de programas, inestabilidad de los recursos humanos, etc.).

·          Deficiencias en los diseños de los programas.

·          Descoordinación entre las instituciones.

·          Dificultad en la aplicación de los Temas Educativos Transversales (recordemos que a partir de la implantación de la LOCE desaparece este tipo de organización de temas que afectan a todas las áreas educativas. En estos momentos estamos en una situación de espera en cuanto a nuevas normativas en esta materia).

·        Dificultad en la evaluación de los programas.   

Sobre esta cuestión en Socidroga (FAD 2002) se recogen también algunas deficiencias como son:

·        Inestabilidad laboral de los técnicos responsables de la ejecución, evaluación o coordinación de los programas iniciados.

·        Discontinuidad en las iniciativas:

·        Deficiencias metodológicas (evaluación inicial y final, etc.).

·        Falta de una mejor y mayor coordinación entre las diversas instituciones que intervienen en prevención.

·        Dificultades para poner en práctica algunos aspectos recogidos por la LOGSE en materia de prevención.

·        En ocasiones perdura la implantación de programas cuya eficacia preventiva es cuestionable, pues parten de puntos de vista actualmente superados.

           Como redefinición del Plan Nacional sobre Drogas, y en forma de Real Decreto, la Estrategia Nacional sobre Drogas 2000-2008[5] del Ministerio del Interior (MIR, 2000) quiere adecuarse a la realidad actual del fenómeno de las drogas. Para ello formula metas en relación con:

·        Mantener y potenciar el debate político constructivo.

·        Impulsar la sensibilidad social y la participación de todos.

·        Priorizar la prevención en el ámbito educativo.

·        Adecuar la red asistencial.

·        Potenciar la reducción de la oferta.

·        Actualizar el marco normativo.

·        Potenciar la cooperación internacional.

·        Conceder una importancia especial al consumo de tabaco y alcohol.

En relación con la prevención, la Estrategia Nacional sobre Drogas 2000 - 2008 resalta el espíritu comunitario de ésta, el papel que en la percepción social de las drogodependencias tienen los medios de comunicación y la promoción de la educación para la salud como materia transversal y formula objetivos generales en relación con los aspectos preventivos que resumimos aquí:

·        Ofrecer información a la población.

·        Potenciar la formación docente en educación para la salud así como la de otros mediadores sociales.

·        Lograr que la mayoría de los escolares hayan recibido formación en drogodependencias al finalizar la ESO.

·        Poner en marcha medidas de control sobre la publicidad de las drogas legales y favorecer la sensibilización de los medios de comunicación.

·        Favorecer la formación del profesorado así como la introducción de programas preventivos en el ámbito escolar y en otros medios (familiar, laboral, penitenciario etc.)

Desarrollo de proyectos de investigación sobre prevención de drogodependencias en el medio escolar y de instrumentos de evaluación. En lo referente al ámbito normativo de la prevención de drogodependencias la Estrategia Nacional sobre Drogas (MIR, 2000) contempla fundamentalmente:

·        La elaboración de una norma básica de carácter estatal de donde surgirán las normas de las distintas comunidades en lo relativo a la limitación de la publicidad, promoción y venta de bebidas alcohólicas y tabaco.

·        Criterios básicos para la coordinación de las distintas entidades.

·        La implantación progresiva de planes municipales sobre drogas hasta llegar al 100% en 2008.

La Estrategia contempla también un impulso en el ámbito de la formación y la investigación aplicada con las siguientes actuaciones:

·        Creación del Instituto Nacional de Investigación y Formación sobre Drogas.

·        Red autonómica de puntos focales de documentación.

·        Elaboración de módulos formativos en la Universidad, becas y programas de formación continuada para los profesionales del medio.

En relación con la evaluación de la Estrategia, se prevé el perfeccionamiento de la estructura organizativa del Observatorio Español sobre Drogas[6], que ya en la actualidad recoge sistemáticamente información sobre las prevalencias en drogadicción y otros aspectos, contemplando para el año 2003 la puesta en marcha de Observatorios Autonómicos sobre Drogas en todas las autonomías.


 

 

2.  EL TABACO

 

 2.1  Breve reseña histórica

 

El tabaco es una planta de la familia de las solanáceas de la que existen varias especies. Concretamente el tabaco que conocemos se extrae de la denominada nicotiana tabacum. Parece ser que la necesidad de mantener el fuego es el origen de la costumbre de fumar (Gestal Otero, 1988). Antes del tabaco se ha fumado espliego, cáñamo, orégano, la corteza del sauce y algunas resinas vegetales. El cultivo de tabaco es originario del Nuevo Mundo. Los mayas fueron los primeros en utilizar las hojas del tabaco para fumar, teniendo entonces su uso un carácter religioso. El tabaco era conocido y utilizado en amplias zonas del continente americano antes de la llegada de los españoles. "Bebida, comida o fumada, esta planta interviene en ceremonias religiosas, ritos de pasaje y uso cotidiano desde la cuenca del Mississippi hasta la Patagonia, y cuando falta el tabaco muchos aborígenes dicen que la tribu es pobre" (Escohotado, 1994 p.215).

Para el mundo occidental, la historia del tabaco comienza en 1492 a través de los escritos de Cristóbal Colón. Merino Merino (2003) recoge como el tabaco aparece por primera vez en la cultura occidental, inmediatamente después de la llegada de Cristóbal Colón a América. Esta autora afirma que es en uno de los relatos de Colón cuando se describe por primera vez el acto de fumar, que estaba ligado a los ritos ceremoniales y curativos de los nativos americanos. Así pues, la llegada de Colón a América supone el primer contacto de los españoles con esta planta. A partir de entonces, pronto se extenderá su uso por Europa, impulsado, sobre todo, por el gran valor terapéutico que se le atribuía (Merino Merino, 2003). Tal fue la aceptación y velocidad con que se difundió que la Corona Española optó por someter el comercio a un régimen de monopolio estatal. Rápidamente, ingleses y españoles invadieron el mundo con una sustancia hasta entonces desconocida lo que provocó una fuerte represión por parte de múltiples autoridades. Como anécdota al respecto, Escohotado (1994) relata como en el siglo XVII el Zar M. Fedorovich ordenó martirizar a cualquier fumador hasta que confesara quien le proporcionó el tabaco, para cortar después la nariz a ambos, o como el sultán Murad IV gustaba de sorprender a los hombres fumando, incluso en el campo de batalla, y castigarlos con decapitación, desmembramiento o mutilación de pies y manos. El Papa Urbano VIII excomulgaba al que se permitiera abuso tan repugnante en lugares próximos a las Diócesis y sus anexos.

Los exploradores y mercaderes pronto constatan la importancia del tabaco como bien de mercado. En 1500 se crearon casas de tabaco y también se fumaba en las farmacias (Merino Merino, 2003). A partir de 1800 se empieza a establecer como práctica social. A partir de 1881, al patentarse la primera máquina de cigarrillos, se da un fuerte impulso a su consumo. El impacto sanitario del consumo de tabaco fue prácticamente nulo en Europa durante casi 400 años, debido a que durante todo ese tiempo se mantuvo como una práctica minoritaria entre la población (Gestal Otero, 1988). La epidemia actual del tabaquismo tuvo su origen en los países más industrializados; se inició a finales del siglo XIX y se intensificó durante las primeras décadas del XX (Westermeyer, 1996). Dicho crecimiento, como hemos apuntado, se desencadenó al iniciarse la producción masiva de cigarrillos manufacturados. Muy pronto, y por razones básicamente económicas y de mercado, su utilización se popularizó. Los pitillos resultaban muy baratos para el gran público, a la vez que altamente rentables para los productores. Este cambio de dimensiones comerciales y el desarrollo de nuevas técnicas de promoción fueron los factores que permitieron a las empresas elaboradoras de tabaco invertir enormes esfuerzos económicos y técnicos en sofisticadas estrategias publicitarias, en una época en la que no existía limitación legislativa al respecto.

Es conocido que las primeras campañas de la industria tabaquera se dirigieron a los hombres. Por ese motivo al principio fumar era “cosa de hombres”. Más tarde para captar a las mujeres se relacionó fumar con los cambios sociales queridos por las mujeres: libertad, aventura, derecho al voto, etc. Merino Merino (2003) expone como la estrategia publicitaria de las empresas tabaqueras se adapta a cada tiempo a través de los simbolismos más íntimos hasta nuestros días en que siguen explotando la amistad, la aventura, la libertad, el bienestar, el éxito con la pareja, etc. Esta autora incide también en como las tabacaleras se dirigen al mercado que supone el tercer mundo para sustituir a los clientes fallecidos.

En muy poco tiempo el hábito de tabaco se generalizó en la mayoría de los países, lo que ha ocasionado uno de los problemas más graves de salud susceptible de ser prevenido y al que tiene que hacer frente la sociedad moderna. En la mayor parte del mundo industrializado, el tabaco es la droga más accesible para cualquier ciudadano, ya sea adulto, joven o adolescente, tanto en lo que se refiere a la facilidad de adquisición como de consumo. El consumo de tabaco es un fenómeno característico de nuestra sociedad actual en contraste con los consumos puntuales y ritualizados de otras culturas o de otros momentos históricos.

Para disminuir la entrada de cigarrillos extranjeros en el país y apoyar el desarrollo de la agricultura española, Gestal Otero (1988) interpreta que el Gobierno de España promovió y patrocinó durante el primer tercio del siglo XX, la conversión de cultivos tradicionales en cosechas de tabaco. Este autor afirma que la ayuda económica para dicha transformación, incluidos los programas de formación para agricultores, corrió a cargo del Servicio Nacional de Cultivo y Fermentación del Tabaco del Ministerio de Agricultura. Pese al argumento proteccionista utilizado para aumentar las cosechas nacionales, en ningún momento dejaron de crecer las importaciones de este producto. Dicha política se tradujo en un aumento constante de la disponibilidad global de tabaco en España.


 

 

              2.2  Tabaco y salud

La alta morbilidad y mortalidad que comporta el hábito de fumar tanto a los que lo hacen de manera voluntaria como a los fumadores pasivos, representa un grave problema de salud pública y está generando una creciente preocupación a nivel político - sanitario. Actualmente en España, aproximadamente el 16 % de las muertes anuales son atribuibles al tabaco (una de cada seis muertes), lo cual supone algo más de 50.000 muertes al año (Banegas 2001).

Según Salvador Llivina (1998), en España existen 15.500 expendedurías, pero también se puede adquirir este producto en las 100.000 máquinas automáticas situadas en locales públicos. Esta autora asegura que en conjunto, los españoles disponen de un punto de venta por cada 340 habitantes. Además, es legal la venta de tabaco en bares, restaurantes, comercios de alimentación, supermercados, hipermercados, etcétera. A pesar de estar legalmente prohibido, la falta de programas de seguimiento respecto al cumplimiento de la legislación vigente hace que el tabaco continúe vendiéndose en centros de formación, lugares públicos de trabajo y, sorprendentemente, en hospitales y otros centros sanitarios. Esto hace que sea el único producto del mercado que se encuentra a mano en cualquier sitio y a cualquier hora del día o de la noche, por lo que supera de forma destacada al número de puntos de venta de otros servicios básicos como alimentos, productos de limpieza, periódicos y revistas, medicamentos y, por supuesto, libros, artículos para el ocio y tiempo libre, etcétera. En promedio, la víctima del tabaco pierde de 20 a 25 años respecto a su esperanza estadística de vida (Graña Gómez 1994). El tema es tan serio como lo plantea Gro Harlem Brundtland ex-directora general de la OMS cuando dice que un cigarrillo es un producto manufacturado hábilmente para liberar exactamente la dosis de nicotina necesaria para mantener al usuario adicto el mayor tiempo posible antes de matarlo (en prensa: El País, 12 / 5 / 99).

La relación directa entre el consumo de tabaco y enfermedad adquiere una especial significación cuando estas conductas de consumo resultan reforzadas y valoradas socialmente. Esta permisividad social, según Buceta y Bueno (1990), permite interpretar que tales conductas sean fácilmente adquiridas y resulten difíciles de modificar. A la vista de los resultados de la encuesta sobre drogas a la población escolar (Plan Nacional sobre Drogas, 2001) evidenciamos que los consumos problemáticos de drogas en las edades que corresponden a la Educación Secundaria Obligatoria se centran en las llamadas drogas legales (alcohol y tabaco). En España, como veremos en el análisis de las prevalencias del consumo, el tabaco supone la droga de inicio; la edad media de inicio para el consumo de tabaco es de 13.2 años según el Observatorio Español sobre Drogas (2002). Este dato es de gran relevancia para la aplicación de programas preventivos que lógicamente buscan incidir en el comportamiento de las personas, antes de que se produzcan los consumos de drogas. El número de personas dependientes de la nicotina es muy superior al de otras drogas y sólo comparable al número de personas dependientes del alcohol. Hoy está ampliamente contrastada y aceptada la teoría del escalamiento en el consumo (Kandel, 1975), según la cual el consumo de tabaco y alcohol incrementa la posibilidad de consumir marihuana y a su vez, este consumo incrementa la probabilidad del consumo de otras drogas como la cocaína o la heroína. Esta es otra razón por la que los programas preventivos priorizan su actuación en el ámbito de las drogas legales.

Como veremos en la revisión de los modelos teóricos explicativos del consumo de drogas, hoy hay acuerdo en que los consumos de drogas constituyen habitualmente un elemento más dentro de otras conductas problema del individuo.

 

2.3 Componentes del tabaco y sus efectos sobre el organismo

Los más de 4.000 elementos químicos producidos tanto en la fase gaseosa de la combustión como en la sólida o de partículas del humo del tabaco (Cain, 1980), actúan principalmente sobre el aparato respiratorio, aunque algunas de ellas se absorben y pasan a la sangre desde donde influyen sobre otros tejidos u órganos del cuerpo. La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) destaca cuatro tipos de sustancias presentes en el tabaco: nicotina, irritantes, alquitranes y monóxido de carbono (FAD, 2002).

La nicotina es la sustancia responsable de la mayor parte de los efectos inmediatos del tabaco sobre el organismo y la que le confiere el carácter de potente droga generadora de dependencia. Sus acciones son muy complejas y variables según las personas. Entre otros efectos, actúa sobre el sistema nervioso central y estimula el centro respiratorio, vasomotor y del vómito; aumenta la frecuencia de los latidos del corazón; incrementa la presión arterial y produce una vasoconstricción de los vasos sanguíneos. Al hacer trabajar más al corazón, acentúa sus necesidades de oxígeno, lo que puede tener repercusiones importantes para el sistema cardiovascular. La nicotina también facilita la adhesión de las plaquetas de la sangre en los vasos sanguíneos, lo que favorece su obstrucción.

Los efectos fisiológicos, a corto plazo, más importantes producidos por la nicotina en el organismo humano (FAD, 2002) son:

·        Incremento de los niveles sanguíneos de catecolaminas, vasopresina, hormona del crecimiento, hormona adenocorticotrópica, cortisol, prolactina y beta-endorfinas.

·        Potenciación de la liberación de dopamina, noradrenalina y serotonina (posible efecto anoréxico).

·        Aumento del metabolismo.

·        Aceleración del ritmo cardiaco.

·        Vasoconstricción cutánea y coronaria.

·        Aumento de la presión arterial.

·        Relajación muscular.

La investigación ha mostrado que la nicotina se absorbe bien del tabaco, de forma rápida e intensa y que es la causa principal de los efectos conductuales predominantes del tabaco. Becoña Iglesias (en Graña Gómez, 1994) resume en tres modelos las teorías farmacológicas sobre la acción de la nicotina: el modelo del efecto fijo (estimulación de centros específicos del Sistema Nervioso Central, que desencadenan la liberación de noradrenalina), el modelo de regulación de la nicotina (existiría un nivel fijo y personal) y el modelo de regulación múltiple (alteraciones de la homeostasis emocional; el individuo fuma para suprimir el estrés emocional inducido por el descenso de los niveles de nicotina en plasma).

La nicotina actúa en el cerebro de forma casi inmediata produciendo una acción recompensante para el sujeto, esta reiterada práctica termina por consolidarse en la conducta del fumador. A partir de ese momento se puede hablar de dependencia de la nicotina. Pérez Trullen (1995), resalta que aunque el tabaco es una droga estimulante (en relación con la magnitud de la dosis) la mayoría de los fumadores considera que relaja; ello se debe al círculo cerrado que supone calmar la ansiedad que provoca su falta (dada la corta vida media de la nicotina: de 30 a 120 minutos). La nicotina se difunde rápidamente por el organismo gracias a su gran solubilidad en agua y lípidos (U.S.D.H.H.S., 1988), atraviesa la barrera hematoencefálica, siendo capaz también de cruzar con gran facilidad la placenta. La nicotina se concentra en el cerebro, la pituitaria y las glándulas suprarenales. El efecto sobre el organismo de la nicotina es bifásico: a pequeñas dosis actúa como estimulante de SNC a través de la estimulación glanglionar, y en altas dosis causa el bloqueo glanglionar tras una leve estimulación (U.S.D.H.H.S., 1988). De esta forma, a pequeñas dosis se produce un aumento de la frecuencia cardiaca. Esta reacción fisiológica, fácilmente comprobable, es utilizada en algunos programas preventivos para contrarrestar el mito del poder relajante del tabaco. A altas dosis, con administración rápida, la nicotina produce hipotensión y descenso de la tasa cardiaca, mediada por la activación vagal periférica y por los efectos depresores centrales (U.S.D.H.H.S., 1988). Hay evidencias de que los fumadores ajustan su conducta de fumar para procurar regular o mantener un nivel particular de nicotina en su cuerpo (Becoña Iglesias, 2001). Con la nicotina se produce el efecto de tolerancia. Después de varias dosis se atenúa el efecto de la droga y para conseguir el mismo efecto hay que aumentar la dosis. Becoña Iglesias (2001) considera tres tipos de tolerancia:

1.         Funcional o farmacodinámica, referida a la concentración de una droga en un determinado receptor que produce menos efecto que en exposiciones previas.

2.         Tolerancia disposicional o farmacocinética, que se refiere a la eliminación acelerada de la droga como mecanismo para reducir su efecto tras varias dosis.

3.         Tolerancia conductual que atiende a las conductas compensatorias que reducen el impacto de una droga.

Becoña Iglesias (2001) afirma que la nicotina modifica la conducta de cuatro maneras distintas:

1.         A través de efectos de estimulación interoceptivos (efectos distintos del estado de no droga).

2.         Presentando refuerzos positivos que fortalecen las conductas que llevan a su búsqueda y auto administración. En animales, las conductas de auto administración de nicotina son claras (U.S.D.H.H.S., 1988). Para que una droga funcione como un reforzador depende de la dosis, de la exposición previa del sujeto, su historial conductual y de los sucesos inmediatos relacionados con la administración de la droga. Fumar es reforzante, la acción de la nicotina ayuda a los fumadores a regular su humor a mejorar su rendimiento en tareas de memoria, atención concentración y aprendizaje. La satisfacción inmediata de estas demandas psicofísicas lleva a que la repetición de la conducta de fumar se incremente a nivel de probabilidad. Este fenómeno de reforzamiento es denominado por Becoña Iglesias (2001) reforzamiento positivo.

3.         Sirviendo como estímulos incondicionados que, mediante la repetición en situaciones concretas pueden pasar a ser condicionados. Estas respuestas condicionadas han sido ampliamente probadas en animales a través de un proceso básico de aprendizaje. El proceso de reforzamiento de la conducta de fumar se amplia y generaliza mediante la asociación de fumar cigarrillos en distintas situaciones, con distintas personas, lugares, estados emocionales, etc. Se van incrementando las situaciones en las que parece adecuado fumar, lo que redunda en un alto nivel de reforzamiento de la conducta de fumar.

4.         Funcionando como estímulo o como castigo en el caso de la no administración. En periodos prolongados de abstinencia, el fumador puede superar los síntomas desagradables ingiriendo la sustancia: fumando. Este tipo de reforzamiento es denominado por Becoña Iglesias (2001) reforzamiento negativo.

El estudio de los factores que intervienen en el desarrollo de la dependencia al tabaco (U.S.D.H.H.S. 1989) ha demostrado que, tras un periodo de consumo intermitente y progresivo, en términos de frecuencia, el patrón de uso se estabiliza y se mantiene de forma regular en cada persona. Cada fumador establece su rutina diaria de consumo, así como los niveles de nicotina necesarios para que su organismo pueda funcionar con normalidad, por encima o por debajo de los cuales experimentará efectos negativos (por sobredosis o por privación). Si sometemos a diversos fumadores a un estudio de laboratorio en el que se les indica que pueden fumar cuando quieran y les apetezca, sin que se produzcan interferencias externas, los patrones resultantes son idénticos a los presentados por los animales de laboratorio en estudios de auto-administración de anfetaminas y cocaína (U.S.D.H.H.S. 1989). Un análisis pormenorizado de la frecuencia entre las caladas y la intensidad de inhalación revela asimismo la existencia de un comportamiento ordenado y controlado en cada fumador. Tras la manipulación clínica y experimental de la cantidad de nicotina administrada a seres humanos, Becoña Iglesias (2001) defiende los siguientes aspectos:

·        La dosis de nicotina necesaria constituye un determinante de la cantidad de tabaco tomado, así como del modo de consumirlo.

·        Cuando los niveles se desvían del número máximo y mínimo de cigarrillos propios de cada fumador se producen cambios compensatorios en la conducta de autoadministración del tabaco.

·        La nicotina suministrada por vías distintas a la inhalación (chicles, parches transdérmicos, etcétera), hace disminuir la autoadministración de ésta.

La dependencia farmacológica que genera la nicotina varía de forma considerable entre unas personas y otras (Pérez Trullen, 1995). Existen fumadores que, aun consumiendo muchos cigarrillos al día, han aprendido a fumar sin inhalar el humo y por consiguiente mantienen su consumo sin necesitar altas concentraciones de nicotina. En estos casos la conducta se mantiene principalmente como consecuencia de la dependencia psicológica que también genera el tabaco.

El humo del tabaco contiene además muchas sustancias irritantes que son responsables de la constricción bronquial, de la estimulación de las glándulas secretoras de la mucosa, y de la tos típica del fumador; en definitiva, de la alteración de los mecanismos de defensa del pulmón (Pérez Trullen, 1995). A esas sustancias irritantes se añaden los alquitranes y otros agentes cancerígenos. Se incluyen en este grupo toda una serie de hidrocarburos que tienen acción cancerígena; de ellos, el más estudiado por su relación directa con la degeneración celular es el alfabenzopireno. Sabemos que la nicotina es la responsable de la adicción pero varias sustancias que actúan principalmente en el tracto respiratorio y no en el SNC, pueden afectar también a la conducta de fumar. Se asume que la región de la tráquea es otro lugar relacionado con sensaciones por el fumador (Cain, 1980). De igual forma los componentes del alquitrán de los cigarrillos y los gases volátiles del humo contribuyen al sabor y a las sensaciones olfativas y traqueo bronquiales que provoca el humo del cigarrillo. Otro de los elementos presentes en la combustión del tabaco es el Monóxido de carbono. Se trata de un gas tóxico e incoloro que se encuentra en una concentración elevada en el humo del tabaco. El monóxido de carbono (CO) constituye del 3 al 6% del humo inhalado. Es un gas que, debido a su afinidad con la hemoglobina de la sangre (carboxihemoglogina), desplaza al oxígeno esencial en la respiración y disminuye así la oxigenación celular. Así pues, este gas es el principal responsable de la disminución del rendimiento deportivo a corto plazo, a través de la disminución de la capacidad de la sangre para transportar oxígeno.

Este hecho puede tener efectos muy relevantes sobre todo para el sistema nervioso, el vascular y el corazón. Los otros tóxicos citados son parcialmente responsables de la constricción bronquial, estimulación de la secreción bronquial, tos, disminución de la capacidad que tienen los pulmones de filtrar y limpiar el aire inhalado y otras alteraciones del aparato respiratorio.

Prácticamente la totalidad del consumo actual de tabaco se realiza mediante la inhalación de la combustión de los productos de esa droga. En el extremo del cigarrillo que se está quemando se alcanzan temperaturas próximas a los 900º C, lo que transforma numerosos componentes originales de la planta y genera complejas reacciones químicas que dificultan la identificación completa de todas las sustancias que existen o se generan en el proceso de fumar (Pérez Trullen, 1995). Es bastante diferente la composición de la corriente principal que aspira el fumador y la secundaria que se escapa del cigarrillo al ambiente (tabla 2 y tabla 3). Muchas sustancias nocivas presentes en el humo del tabaco están más concentradas en esta corriente secundaria (monóxido y dióxido de carbono, amoniaco, benceno, benzopireno, anilina, acroleína y otros muchos), lo que incrementa la toxicidad de la atmósfera que genera. La mayoría de los efectos perniciosos del humo de tabaco, aparte de producir cáncer, se deben a la presencia de monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, amoniaco, ácido cianhídrico y acroleína, entre otras sustancias.

Componentes más importantes de la fase de partículas del humo del cigarrillo

Componente

Concentración media por pitillo

Alquitrán

1-40 mg

Nicotina

1-2.5 mg

Fenol

20-150 mg

Catecol

130-280 mg

Pireno

50-200 mg

Benzo (a) Pireno

20-40 mg

2.4 Dimetilfenol

49 mg

m- y p-Cresol

20 mg

p-Etilfenol

18 mg

Sigmasterol

53 mg

Fitosteroles (toal)

130 mg

TABLA 2 (adaptado de U.S.D.H.H.S., 1988) 

Componentes más importantes de la fase gaseosa del humo del cigarrillo

Componente

Concentración media por cigarrillo

Dióxido de carbono

20-60 mg

Monóxido de carbono

10-20 mg

Metano

1.3 mg

Acetaldehido

770 mg

Isopreno

582 mg

Acetona

100-600 mg

Cianidina de hidrógeno

240-430 mg

2-Butanona

80-250 mg

Tolueno

108 mg

Acetonitrilo

120 mg

Acroleína

84 mg

Amoniaco

80 mg

Benceno

67 mg

Nitrobenceno

25 mg

TABLA 3 (adaptado de U.S.D.H.H.S., 1988)

La mayor parte de las sustancias presentes en el humo del tabaco causantes del cáncer se encuentran en la fase de partículas (U.S.D.H.H.S., 1988). Por ejemplo, el alquitrán es una mezcla de cientos de elementos químicos, en muchos de los cuales se ha demostrado su capacidad para producir tumores malignos. Se ha comprobado que al menos 20 sustancias químicas componentes del humo del tabaco generan cáncer, si bien faltan muchas por investigar (U.S.D.H.H.S., 1988).

Componentes carcinógenos aislados en la fase de partículas del humo del tabaco

Componentes

Mg Por cigarrillo

Iniciadores

 

Benzo (a) pireno

0.01-0.05

Otros HAP

0.3-0.4

Dibenzo (a,j) acridina

0.003-0.01

Otros Aza Arenes

0.01-0.02

Uretano

0.035

Carcinógenos

 

Pireno

0.05-0.2

Otro HAP

0.5-0.1

1- Metilindoles

0.8

9- Metilcarbazoles

0.14

4.4- Diclorostilbeno

0.5-1.5

Catecol

200-500

Alkilcatecoles

10-30

Carcinógenos específicos de órgano

 

N’- Nitrosonornicotina

0.14-3.70

4- (N-Metil-N-nitrosamina)

 

1- (3- piridil)-1- butaceno

0.11-0.42

Polonio-210

0.03-0.07-pCi

Componentes del níquel

0-5.8

Componentes del cadmio

0.01-0.07

B-Naftilamina

0.001-0.002

4-Aminobifenina     

0.001-0.002

0-Toluidina                        

0.16

TABLA 4 (adaptado de U.S.D.H.H.S., 1988)

 

Componentes tóxicos más importantes en la fase gaseosa

Componente

Concentración media por cigarrillo

Dimetilnitrosamina

1-200 mg

Etilmetilnitrosamina

0.1-10 mg

Dietilnitrosamina

0-10 mg

Nitrosopirrolidina

2-42 mg

Otras nitrosaminas

0-20 mg

Hidracina

24-43 mg

Vinil cloridato

1-16 mg

Uretano

10-35 mg

Formaldehido

18-1400 mg

Ácido cianhídrico

30-200 mg

Acroleína

25-140 mg

Acetaldehido

18-1400 mg

Óxidos de nitrógeno

10-600 mg

Amoniaco

10-150 mg

Piridina

9-93 mg

Monóxido de carbono

2-20 mg

Acrilonitrilo

3.2-15 mg

2-Nitropropano

0.73-1.21 mg

TABLA 5 (adaptado de U.S.D.H.H.S.,1988)

         


 

 2.4  El tabaco como factor de riesgo cardiovascular.

 

Los primeros hitos en la demostración de una relación significativa entre el tabaco y la incidencia de enfermedad cardiovascular datan ya de la primera mitad del siglo XX (Willius y Berkson, 1940), aunque los primeros estudios prospectivos no se publicaron hasta el último tercio del siglo. El efecto inverso, es decir, la delimitación de un grupo de características que definen a un grupo de población como de muy bajo riesgo también ha sido demostrado recientemente. Así, se ha encontrado que entre personas sanas, la coexistencia de colesterol < 200 mg%, tensión arterial < 120/80 y no fumar, produce una disminución en la mortalidad de origen coronario de hasta el 90% según los grupos de edad, y del 50% en la mortalidad total (Gottlieb,  1999).

 

El tabaco ha estado entre los factores de riesgo desde los primeros estudios, y en las guías de actuación para valoración del riesgo cardiovascular aparece dentro del grupo de los 6 factores de riesgo independientes mayores (Scout, 1999): consumo de cigarrillos, hipertensión arterial, colesterol total (y LDL) elevado, colesterol HDL bajo, diabetes mellitus y edad avanzada. Se ha observado además una buena correlación de la incidencia de enfermedad coronaria con los marcadores bioquímicos de la intensidad del consumo: concentración de nicotina, cotinina, o monóxido de carbono (Woodward, Moohan y Tunstall Pedoe, 1999).

 

La demostración del efecto perjudicial del tabaco, provocó la respuesta de la industria tabaquera que indujo la comercialización de productos que se suponían "cardiosaludables": los cigarrillos bajos en nicotina. Sin embargo, éstos no reducen el riesgo cardiovascular. En un seguimiento de más de 100.000 varones durante 12 años, el riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular aumentó el 40% en los fumadores de tabaco bajo en nicotina con respecto a los no fumadores (Rigotti y Pasternak,  1996). Las evidencias actuales no respaldan el consumo de tabaco en ninguna de sus presentaciones ni a ninguna dosis como supuestamente inocua.

 

López García-Aranda, Calvo y García Rubira (2004) aseguran que la enfermedad coronaria es una de las principales causas de muerte y enfermedad en los países desarrollados. Estos autores señalan que En España hubo un incremento rápido de 1950 a 1975, disminuyendo a partir de este año. Las enfermedades del aparato circulatorio constituyen la primera causa de muerte en el conjunto de la población española. En 1998 causaron 134.512 muertes (61.189 en varones y 73.323 en mujeres), lo que supone el 37% de todas las defunciones (32% en varones y 43% en mujeres) (López García-Aranda, Calvo y García Rubira, 2004).

 

Son actualmente las poblaciones de los países en desarrollo las que se van incorporando a esta moderna epidemia, con un aumento simultáneo del tabaquismo y de la incidencia de cardiopatía coronaria y enfermedades cardiovasculares. Así, la prevalencia del tabaquismo en los varones de la población rural de la India está en torno al 50%, y en Shangai alcanza el 60%, superando la de muchos países occidentales (Gupta y Sharma, 1995).

 

Con cada inhalación se aspiran de 50 a 150 microgramos de nicotina. Esta actúa produciendo liberación de norepinefrina y aumento de adrenalina circulante, con una elevación inmediata de la presión arterial y las resistencia periféricas. Esto, unido al efecto del monóxido de carbono, puede desencadenar un episodio de isquemia miocárdica en pacientes con enfermedad coronaria (Woodward, Moohan y Tunstall Pedoe, 1999), o en trabajadores expuestos a niveles algo elevados de CO ambiental, entre los cuales el hecho de ser fumadores hace que la concentración de CO en sangre pueda llegar a niveles suficientemente tóxicos como para ello.

 

El efecto agudo del tabaco provoca una disminución de la capacidad de la circulación coronaria de incrementar el flujo de acuerdo con los requerimientos miocárdicos de oxígeno (Martín et al 1984). López García-Aranda, Calvo y García Rubira (2004) afirman que la función endotelial se altera inmediatamente después de fumar un cigarrillo. Esto se ha comprobado en las arterias coronarias epicárdicas, disminuyendo el flujo coronario incluso en individuos sin enfermedad coronaria (López García-Aranda, Calvo y García Rubira, 2004). En algunos individuos se observa luz de los vasos coronarios del 40%. Además, el tabaco es un conocido factor de riesgo para la producción de espasmo coronario. Esta vasoconstricción puede iniciar fácilmente la rotura de una placa aterosclerótica (López García-Aranda, Calvo y García Rubira, 2004). La integridad función endotelial se puede valorar midiendo la capacidad vasodilatadora de las arterias del antebrazo. Esta capacidad dilatadora está progresivamente más disminuida según se incrementa el número de cigarrillos (López García-Aranda, Calvo y García Rubira, 2004).

 

Woodward, Moohan y Tunstall Pedoe (1999) afirman que fumar tan sólo dos cigarrillos diarios puede multiplicar por cien la actividad plaquetaria, y tanto en fumadores crónicos como de forma aguda, hay un aumento de los prostanoides tromboxano B2, tromboxano A2, prostaglandina F1a , factor plaquetar 4 y beta-tromboglobulina. Otros factores protrombóticos no mediados por plaquetas también están alterados en los fumadores, como el fibrinógeno, factor VII, o factor XII. El aumento de factor VII conlleva una disminución de trombomodulina, y de los efectos anticoagulantes y fibrinolíticos de las proteínas C y S y del activador tisular del plasminógeno. El fibrinógeno persiste elevado durante años después de abandonar el tabaco. Los fumadores tienen además una marcada inhibición de la liberación de activador tisular del plasminógeno endógeno (tPA). Según estos autores esto implica una mayor facilidad a que se produzcan fenómenos trombóticos arteriales.

 

Hung, Lam, Lacoste y Letchacovski (1995) estudiaron la capacidad trombogénica de la sangre de 12 fumadores habituales antes de fumar y 5 minutos después de fumar dos cigarrillos. Después de fumar se producía un incremento de noradrenalina, agregación plaquetar frente a trombina y formación de trombo a distinto nivel de fuerzas de cizallamiento.

 

López García-Aranda, Calvo y García Rubira (2004) recogen que el epitelio pulmonar permite el paso de partículas relativamente grandes, y en el pulmón puede interaccionar con macrófagos, mastocitos y linfocitos, liberando numerosas sustancias incluyendo citoquinas. Según estos autores, las personas que tienen hipersensibilidad a alguno de los componentes del humo de tabaco tendrán una mayor liberación de mediadores por las células del pulmón, especialmente los mediadores de la inflamación procedentes de los mastocitos, componentes de complemento activado y factores de la coagulación. Los autores afirman que el tabaco contiene una molécula denominada glucoproteína del tabaco, que activa el C1, la vía clásica del complemento. El humo del tabaco activa además el componente C3, por una vía no completamente aclarada. Esta activación del complemento potencia la adhesividad de leucocitos al endotelio mediada por selectinas (selectina P y E), moléculas de adhesión intercelular (MAIC) y moléculas de adhesión de células vasculares. Estas alteraciones, que tienen una importancia clara en el desarrollo de inflamación en el tejido pulmonar, probablemente contribuyen a la patogenia de la aterosclerosis (López García-Aranda, Calvo y García Rubira, 2004).

 

Los fumadores presentan mayores niveles de triglicéridos, colesterol total y c-LDL, y menores niveles de c-HDL y apoproteína A-1 que los no fumadores, cambios que son mayores en relación con el mayor consumo de tabaco (Craig, Palomaki y Haddow, 1989). El tabaco hace a las LDL más susceptibles a la oxidación, especialmente en presencia de ácidos grasos poliinsaturados, por lo que una dieta rica en éstos podría ser perjudicial si no se abandona el consumo de cigarrillos, puesto que las LDL oxidadas tienen un papel importante en el desarrollo de la aterosclerosis. Estos cambios se pueden observar ya en adolescentes con un consumo de tan sólo 6 cigarrillos diarios (Raftopoulos at la 1999). Se ha demostrado in vitro que el humo de tabaco inhibe la praoxonasa, una enzima que protege las lipoproteínas de la peroxidación (López García-Aranda, Calvo y García Rubira, 2004).

 

 James, Leviev y Righetti (2000) estudiaron en un grupo de pacientes la relación del hábito tabáquico con las estenosis coronarias, el perfil lipídico y la actividad de praoxonasa. La actividad de esta enzima era menor en fumadores y exfumadores recientes, igualándose los niveles con los no fumadores al cabo de unos 2 años de dejar el tabaco. Hubo una correlación entre los niveles bajos de praoxonasa con una mayor severidad de la enfermedad coronaria y con menor protección de las LDL frente a la oxidación.

Las evidencias epidemiológicas, clínicas y experimentales asocian de forma abrumadora el tabaco con el riesgo de infarto.

 

El tabaco está implicado tanto en el proceso crónico de la aterosclerosis y de los de eventos isquémicos agudos como en la producción intermitente de angina. La relación del tabaco con la arteriosclerosis se demuestra en estudios clínicos y anatomopatológicos, así, en una serie de autopsias practicadas a más de 1000 individuos fallecidos por otros motivos, normalmente accidentes, se apreciaron grados de aterosclerosis mas avanzados cuanto más cigarrillos fumaban (López García-Aranda, Calvo y García Rubira, 2004).

Entre los pacientes estudiados mediante coronariografía, se ha encontrado una correlación entre el número de cigarrillos y el número de arterias afectadas. Igualmente, la edad de los fumadores con enfermedad coronaria significativa es de unos 10 años más joven que entre los no fumadores (Herbert, 1975).

El tabaco es también un factor de riesgo de muerte súbita. Es predictor de muerte súbita tanto en personas con coronariopatía conocida como en casos de muerte súbita inesperada (Escobedo y Caspersen, 1997). El 75% de los casos de muerte súbita debido a trombosis coronaria se dan en fumadores (Escobedo y Caspersen, 1997).

Glantz y Parmley (1996)) afirman que al publicarse los primeros datos epidemiológicos sobre el tabaquismo pasivo, las industrias tabaqueras argumentaron que estos hallazgos estaban sesgados y patrocinaron un análisis derivado de un importante estudio epidemiológico en el que concluían que el tabaquismo pasivo no aumenta el riesgo. Esto fue inmediatamente replicado con un nuevo análisis de los mismos datos por la Sociedad Americana de Cáncer, de cuya base de datos se había extraído el anterior estudio. Se incluyeron en el estudio 353.180 mujeres y 126.500 hombres que nunca habían fumado y se analizó la mortalidad por enfermedad coronaria en relación con el hábito tabáquico de su pareja. El tabaquismo pasivo, coincidiendo con otros datos previamente publicados, incrementó el riesgo cardiovascular un 23% en hombres y un 19% en mujeres (Glantz y Parmley, 1996).

 

Existe suficiente base experimental que apoya la hipótesis de que el tabaquismo pasivo produce alteraciones similares a las relacionadas con los efectos adversos del tabaquismo activo. El análisis de personas no fumadoras demostró que, después de pasar media hora en una habitación con fumadores, incrementaba la concentración de productos derivados de la peroxidación en suero, y disminuía la capacidad de la LDL de resistir a la oxidación y la concentración de ácido ascórbico (Valkonen y Kuusi, 1998). En experimentación con ratas, se ha comprobado que la exposición a humo de tabaco ambiental produce disminución de la relajación dependiente del endotelio y aumenta la aterogénesis (Valkonen y Kuusi, 1998).

 

He et al (1999) realizaron un meta-análisis en el que se incluyen 18 estudios epidemiológicos sobre tabaquismo pasivo. Estos autores encuentran un aumento significativo del riesgo de enfermedad coronaria en conjunto del 25%, y esta diferencia se mantiene significativa tanto en los estudios de cohortes como en los de casos control, en hombres y en mujeres, e igualmente tanto en no fumadores expuestos al tabaco en el hogar como en los expuestos en el puesto de trabajo. Se encontró además una relación significativa dosis- respuesta, siendo el incremento de riesgo de 23% para los expuestos al humo de 1 a 19 cigarrillos, frente al 31% de los expuestos pasivamente al humo de más de 20 cigarrillos. Tunstall Pedoe, Brown, Woodward y Tavendale (1995) han encontrado correlación entre los niveles séricos de cotinina y la presencia de enfermedad coronaria entre fumadores pasivos. Estos autores afirman que los efectos adversos cardiovasculares ya se dejan sentir desde la infancia: han observado que el tabaquismo pasivo se relaciona con niveles séricos más bajos de HDL-colesterol en los niños.

 

Como vemos, las evidencias epidemiológicas del incremento de la morbimortalidad cardiovascular en relación con el tabaco tienen un amplio respaldo en la investigación experimental y clínica. Los fumadores tienen enfermedad coronaria más precozmente, y una vez que ésta aparece, tienen peor pronóstico si no abandonan el hábito. Ninguna forma de inhalar tabaco se puede declarar exenta de riesgo, e incluso el sólo hecho de convivir con personas fumadoras conlleva un incremento del riesgo de padecer enfermedad coronaria. El problema, que empieza a ser combatido con eficacia en el mundo desarrollado, está actualmente siendo "exportado" a los países en vías de desarrollo, gravando sus economías con un problema sociosanitario que ya hacía resentirse los sistemas sanitarios del "primer mundo".


 

2.5  El síndrome de abstinencia del tabaco

El síndrome de abstinencia es definido por Becoña Iglesias (2002, p.22) como “el conjunto de síntomas y signos que aparecen en una persona dependiente de una sustancia psicoactiva cuando deja bruscamente de consumirla o la cantidad consumida es insuficiente”. La suspensión súbita del consumo de tabaco genera un síndrome de abstinencia caracterizado por al menos cuatro de las siguientes manifestaciones: deseo compulsivo de volver a fumar, irritabilidad, ansiedad, dificultad de concentración, cansancio, depresión, palpitaciones, temblores, dolor de cabeza, trastornos del sueño y problemas digestivos (Becoña Iglesias en Graña Gómez, 1994).       

Resumimos aquí el estudio de Becoña Iglesias (en Graña Gómez, 1994) en relación a la dependencia psico-física de las personas con respecto al hábito de fumar tabaco. Dadas las propiedades de la nicotina, el ciclo diario de la adicción a esta sustancia puede describirse así: el primer cigarrillo del día produce unos efectos notables (satisfacción, estimulación, sensación de mejora de la capacidad de actuación, etcétera). Simultáneamente se desarrolla el fenómeno de la tolerancia, es decir, es necesario incrementar progresivamente la administración de nicotina para mantener los mismos efectos en el organismo y evitar las sensaciones negativas causadas por su falta. Por ello, a medida que avanza el día, los síntomas relacionados con la abstinencia se hacen más patentes en los intervalos entre cigarrillos. La tolerancia desarrollada a lo largo de la jornada puede ser satisfecha parcialmente por los altos niveles transitorios de nicotina que llegan al cerebro en el momento en que se está fumando. Por la noche, el periodo de sueño permite al organismo una considerable liberación del sometimiento a esta sustancia y el ciclo comienza de nuevo a la mañana siguiente. Un cigarrillo aporta una media de un miligramo de nicotina al organismo, con una variación máxima de 0,5 a 3 miligramos.

La vida media de la nicotina en el cuerpo humano es de dos a tres horas. El consumo reiterado implica el incremento de los niveles durante las primeras seis u ocho horas, su mantenimiento posterior durante el resto del día y su paulatina disminución durante las horas de sueño.

El estudio del funcionamiento de esta sustancia en el cuerpo humano (Marín Tuya, 1993), ha llevado a conocer la dinámica que asegura el mantenimiento del consumo de tabaco y que es debida, al menos, a dos procesos fisiológicos distintos. En primer lugar, al fumar el consumidor busca evitar los efectos negativos provocados por la ausencia de la nicotina, es decir, trata de librarse de los problemas típicos del síndrome de abstinencia, así como eludir otras consecuencias negativas de la interrupción del consumo, como por ejemplo la posibilidad de engordar (refuerzo negativo). El segundo proceso fisiológico que colabora en el mantenimiento del hábito es el derivado de la necesidad de experimentar los efectos agradables e inmediatos que la nicotina genera tanto en el sistema nervioso central como en el periférico (refuerzo positivo).

Pero la dependencia al tabaco no es exclusivamente física, sino también psicológica, definida por Becoña Iglesias (2002, p.26) como aquella “situación en la que existe un sentimiento de satisfacción y un impulso psíquico que exigen la administración regular o continua de la droga para producir placer o evitar malestar”. Las respuestas anticipatorias presentes en la conducta del fumador se desarrollan como consecuencia del uso repetido del tabaco en las distintas situaciones de la vida diaria. Tras un breve periodo de consumo esporádico, aprende a establecer asociaciones automáticas entre el hecho de fumar y la resolución de tareas. Así es como se establece una relación entre la aparición de determinadas situaciones diarias (estresantes, desagradables o placenteras) y el tabaco o, lo que es lo mismo, la dependencia psicológica que, siguiendo a Becoña Iglesias (2002) se refiere a uno o varios de los siguientes aspectos:

·  Efecto de relajación, relacionado con situaciones de descanso o distensión. El tabaco llega a ser un elemento imprescindible para sentirse tranquilo (fumar después de comer, al final de una relación sexual, durante una charla entre amigos, el cirujano que tras haber realizado una complicada intervención quirúrgica se enciende un cigarrillo, etcétera).

·  Efecto de mejora del rendimiento, asociado a la realización de tareas que el fumador no se ve capaz de afrontar sin el tabaco (concentración intelectual necesaria para redactar un texto, superar una prueba de habilidad, enfrentarse a alguien o a algo, o superar una situación estresante).

Y si se ha visto que la nicotina es responsable de la mayoría de los efectos psicoactivos del tabaco sobre el organismo, debe saberse también que la inhalación es la modalidad más eficaz para su administración al organismo humano.

La metabolización de la nicotina varía considerablemente entre las personas; por ello, el consumo del mismo tipo y número de cigarrillos por distintos sujetos no significa que todos tengan la misma concentración de nicotina en sangre. El metabolito más importante de esta sustancia, la cotinina, suele usarse por los investigadores como marcador bioquímico para medir la exposición de cada fumador a la nicotina.

El conocimiento de esta dependencia tal vez sirva para comprender por qué la mayoría de los cigarrillos que se fuman no se consumen por placer, sino porque no se puede prescindir de ellos. Por otro lado, también ayuda a entender por qué dos de cada tres personas que fuman en España dicen que quieren dejarlo y no lo consiguen (Observatorio Español sobre Drogas, 2002).

          2.6 El tabaquismo en España: situación actual y perspectivas para el movimiento de Prevención.

 

En España, el  proceso de introducción del tabaco ha tenido algunas peculiaridades que no pueden obviarse, tanto económicas como políticas y culturales. González Enríquez et al (1997) relatan como durante muchos años España tuvo una prevalencia muy alta con un consumo medio relativamente bajo, debido a que una gran parte de los fumadores no podían fumar tanto como hubiesen querido debido a su relativa pobreza. No es hasta bien entrados los años sesenta que este condicionante deja de operar y que el consumo de tabaco por fumador se eleva de forma clara. Por otra parte, la existencia del Monopolio sobre el tabaco ha hecho menos visible el ánimo de lucro de la industria tabaquera (González Enríquez et al  1997). La privatización de Tabacalera es muy reciente, y hasta entonces consideraciones ajenas a la salud han pesado de forma directa en la política del gobierno hacia el tabaco. Esto se agravó aún más durante la dictadura: el descubrimiento de los efectos del tabaco sobre la salud no tuvo ningún efecto práctico en España, al contrario de lo que sucedió en los países democráticos de su entorno, donde los poderes públicos se vieron obligados a regularlo (Becoña Iglesias, 1998). González Enríquez et al (1997) argumentan como la recuperación tardía de la democracia ha tenido otro efecto importante: durante años, la exigencia social se dirigía a mejorar los dispositivos asistenciales de financiación pública, cuya situación al final de la dictadura estaba muy alejada de las necesidades y preferencias de la población. Estos autores señalan que en este contexto, las primeras iniciativas de los responsables sanitarios dirigidas a intervenir sobre el tabaco tendían a ser percibidas como inapropiadas, y tendentes a desviar la atención de otros aspectos. Por otra parte la existencia de una elevada prevalencia del tabaquismo en profesiones clave ha sido un notable obstáculo para avanzar en España (Becoña Iglesias, 1998). Los médicos fumadores no suelen abordar el tabaquismo de sus pacientes, y los maestros que fuman no pueden ejercer un rol ejemplar.

Pese a estas circunstancias, la evolución de la epidemia tabáquica en los últimos años muestra algunas tendencias globales esperanzadoras (Plan Nacional de Drogas, 2001), aunque otros aspectos deben mejorar. Se aprecia una clara disminución entre los varones, y una cierta tendencia al estancamiento en las mujeres (Plan Nacional de Drogas, 2001).

Fernández, Schiaffino, Borrás, Shafey y Villalbí (2003) investigaron sobre la prevalencia de consumo de tabaco entre cohortes de hombres y mujeres en España desde 1910 hasta 1990 utilizando datos de las Encuestas de Salud realizadas Para los hombres, el pico de fumadores se alcanzó en la cohorte nacida en el período 1950-1959 (68% de prevalencia entre 20 y 29 años), después de incrementarse progresivamente durante los años previos. En las mujeres fumar cigarrillos era raro hasta 1960. La prevalencia de consumo de tabaco en mujeres aumenta progresivamente en las cohortes siguientes hasta 1980. La distribución de la edad de la prevalencia en las mujeres en 1990 se asemeja a la observada en los hombres 40 años atrás. Fernández, Schiaffino, Borrás, Shafey y Villalbí (2003) concluyen en que en ese periodo se observa un detenimiento sustancial de la epidemia de tabaquismo en hombres, no así en las mujeres, para las que el retraso de incorporarse a la epidemia se compensa con una rápida difusión del hábito entre ellas.

En comunidades donde se han producido de forma sistemática programas de prevención se aprecia una clara disminución en la experimentación de los adolescentes con el tabaco (Villalbí, Varniol,  Nebot, Díez y Ballestín, 1999). Aparece un gradiente social, de manera muy evidente desde los años ochenta en los varones, y de forma más incipiente en las mujeres. Los exfumadores alcanzan un peso social visible, y además se producen muchas cesaciones relativamente precoces (Villalbí, Varniol,  Nebot, Díez y Ballestín, 1999). Por otra parte, en algunas profesiones clave, como los médicos, la disminución del tabaquismo es mucho más intensa.

Paralelamente, según Becoña Iglesias (1998) se han producido algunas iniciativas muy positivas. Este autor afirma que pese a que la realidad autonómica dificulta una regulación homogénea, en cambio ha favorecido la adopción de iniciativas muy positivas en algunas comunidades autónomas, que en general han tendido a ser adoptadas por otras (prohibición de la venta a menores, espacios sin humo, restricción de la promoción, etc.), o bien han suscitado legislación del mismo gobierno central. La regulación de diversos aspectos del mercado interno desde la Unión Europea ha llevado a la adopción en España de diversas políticas de valor preventivo en el campo fiscal, de la publicidad en televisión, o de las advertencias a los consumidores. Por otra parte, el movimiento de prevención ha iniciado un desarrollo más coordinado, plasmado en la creación del Comité Nacional de Prevención del Tabaquismo[7] en 1995.

Escolá (2000) denuncia algunas tendencias preocupantes que hay que tener en cuenta. Entre ellas, destaca la respuesta estratégica de la industria dirigida a impedir la regulación de la promoción del tabaco y de espacios sin humo, desvelada recientemente. Otro aspecto que destaca este autor es el gran incremento en los puntos de venta, mediante la extensión de máquinas automáticas y la implicación de nuevos establecimientos en la venta (especialmente kioscos de prensa y de chucherías).

La entrada en vigor de diversas regulaciones ha puesto de manifiesto los problemas que plantean su cumplimiento efectivo y el hecho de que a menudo la normativa existente no tiene quien vele por su cumplimiento. Un estudio reciente de una organización de consumidores (Consumer, 2004) documentó niveles muy variables de cumplimiento. La ofensiva de la industria por establecer canales de promoción basados en la publicidad indirecta y el patrocinio, más resistentes a la regulación, ha puesto en evidencia los límites de una normativa que Becoña Iglesias (1998, p.87) califica como “demasiado simple”.

El tabaco es la primera causa aislada de mortalidad prematura en España (González Enríquez et al, 1997). Para el movimiento de prevención, el problema del tabaquismo no es de naturaleza moral ni ideológica: es un problema de salud, con un coste elevado en muertes prematuras y evitables, en enfermedades e invalidez evitables, y en sufrimiento innecesario. Secundariamente, todo esto tiene unos costes económicos muy elevados, consumiendo recursos que de otro modo podrían dedicarse a otras finalidades. Por ello, para la mayoría de los autores el control del tabaquismo debería ser una de las mayores prioridades sanitarias del país.

Pese a que la evolución del tabaquismo tiene un patrón propio en cada sociedad, López, Colishaw y Piha (1994), tras la observación desde una óptica internacional, registran algunos patrones que permiten proponer un esquema conceptual útil para la planificación. Desde una perspectiva esencialmente epidemiológica López, Colishaw y Piha (1994) identifican cuatro fases en la epidemia tabáquica.

 En la fase I se registra una prevalencia inferior al 15% en los varones, y muy inferior en las mujeres. El consumo anual por adulto es inferior a los 500 cigarrillos. Los datos de mortalidad no permiten apreciar las muertes atribuibles al tabaco. Esta fase puede durar una o dos décadas.

 

En la fase II la prevalencia puede alcanzar en los varones cifras del orden del 50-80%, y apenas hay ex fumadores. No se aprecia gradiente por clase social, estando el hábito de fumar generalizado entre todas las capas sociales. La prevalencia en mujeres es menor, pero creciente, con un retraso de una o dos décadas respecto a los varones. El consumo anual por adulto alcanza los 1000-3000 cigarrillos (2000-4000 entre los varones). Un 10% de las muertes de los varones se relacionan con el consumo de tabaco. Apenas se registran los primeros y tímidos intentos de prevención. Esta fase puede durar 2-3 décadas.

 En la fase III se inicia un descenso en la prevalencia entre los varones hasta el 40%, y los exfumadores son un segmento importante y creciente de la población masculina. Se aprecia un claro gradiente social en los varones, que más tarde se extenderá a las mujeres. Entre las mujeres se da una larga estabilización del hábito, sin haber alcanzado nunca los niveles que tuvo en los varones. Esta larga meseta termina al emerger un proceso de declive inicial. El consumo anual por adulto es sin embargo el mayor en esta fase, de 3000 a 4000 cigarrillos. En esta fase, la mortalidad asociada al tabaco llega a ser un 25-30% del total en los varones, y un 5% en las mujeres. Durante esta fase se desarrollan programas de control, cada vez más integrados y coordinados. Su duración puede estimarse en tres décadas.

En la fase IV la prevalencia por sexos tiende a igualarse: en los varones baja al 35%, mientras que en las mujeres llega al 30% La mortalidad atribuible al tabaquismo alcanza las mayores cifras y sigue subiendo, llegando al 30-35% en los varones y al 20-25% en las mueres. Siguiendo a López et al (1994), se aprecia un fuerte gradiente por clases en el consumo de tabaco, al haberlo abandonado masivamente los segmentos de mayor nivel económico y de instrucción. Lograr avanzar en la generalización de ambientes sin humo es el tema emergente para los esfuerzos de prevención.

 

Para Villalbí (1995) los problemas prioritarios son dos: por un lado, proteger a los jóvenes y ayudarles a no empezar a fumar, por otro, ayudar a los fumadores que lo desean a dejar de fumar. Este autor afirma que los progresos respecto a este segundo problema hacen más fácil afrontar el primero.

La protección de los adolescentes es un objetivo prioritario, y suscita el mayor consenso social. Sin embargo, es el más difícil, pues lleva a enfrentarse directamente con los esfuerzos de promoción de la industria tabaquera, que necesita reclutar nuevos adictos para sustituir a los que fallecen o abandonan el hábito. Por tanto, una política efectiva de protección de los jóvenes pasa por la regulación estricta de la publicidad y la promoción promovidas por la industria tabaquera (Salvador Llivina, 1998). También lleva a revisar la regulación de la venta a menores, que hoy en España en algunas CCAA, está prohibida hasta los 18 años y en otras sólo hasta los 16 años. Esto además plantea la cuestión de la venta ilegal a menores, directamente o mediante máquinas expendedoras que violan las normas vigentes, y de como impedirla. Se ha documentado la frecuente venta doblemente ilegal de cigarrillos sueltos a adolescentes en el entorno de las escuelas secundarias (CONSUMER, 2004). Los entornos en que los adolescentes estudian y pasan el tiempo no son siempre espacios sin humo. Villalbí (1995) afirma que en la medida en que disminuye el número de adultos fumadores y se amplían los espacios sin humo, cambia la percepción social del tabaquismo por los menores. La otra cuestión prioritaria para Villalbí (1995) es facilitar dejar de fumar a la amplia mayoría de fumadores que lo desea. Este objetivo choca con el hecho probado de que la adicción a la nicotina es muy intensa.

En los últimos años hemos progresado: hace diez años, los fumadores decían en las encuestas que nadie les aconsejaba dejar de fumar, mientras que ahora la mitad nos dicen que su médico se lo ha dicho (Brotons, Iglesias y Martín, 1996). Pero según Gil, González y Villar (1999) tenemos aún un 32% de médicos fumadores. Estos autores afirman que ayudar a los médicos a dejar de fumar es una cuestión importante si queremos un sistema sanitario más sensible a las necesidades de sus pacientes fumadores. Tanto las autoridades sanitarias como las corporaciones profesionales pueden jugar un papel muy relevante en este campo.

Frente a la problemática que plantea el consumo de tabaco en España, Villalbí (1995) define tres modelos de respuesta. Según este autor la respuesta más pasiva es confiar en el proceso secular de cambio, interpretando las cuatro fases descritas por López, Colishaw y Piha (1994) como un proceso predeterminado. Una variante de esta posición es mantener algunas acciones de sensibilización pública, información y educación, aunque López, Colishaw y Piha (1994) señalan que los recursos disponibles difícilmente alcanzarán una mínima parte del presupuesto de que dispone la industria para promoción y publicidad.

El segundo modelo de respuesta para Villalbí (1995) es desarrollando programas desde los servicios sanitarios, básicamente orientados a la cesación y a la prevención. Es una respuesta que políticamente no suscita controversias, y que se centra en un problema ciertamente importante desde una perspectiva biomédica: suscitar abandonos precoces en los fumadores, antes de que los efectos adversos del fumar se manifiesten. En esta línea Villalbí (1995) destaca las acciones orientadas a generalizar la intervención de los profesionales sanitarios ante sus pacientes fumadores. Juegan también un papel aquí la disponibilidad de terapias farmacológicas de apoyo, la existencia de recursos especializados, como las unidades especializadas de tabaquismo, y otros dispositivos de ayuda a la cesación, como las líneas telefónicas o los métodos de apoyo por correo o internet. El problema según el autor es que para afrontar el flujo de nuevos fumadores que las acciones de promoción de la industria generan, habría que movilizar un volumen de recursos considerable, que nuestro sistema sanitario está lejos de haber dedicado a este problema.

La tercera forma de respuesta según Villalbí (1995) permite un planteo preventivo más integral, y se basa en el desarrollo de políticas públicas dirigidas a los determinantes del tabaquismo para alcanzar niveles de prevención elevados. Esto implica abordar aspectos fiscales, de regulación de la venta, de la publicidad y la promoción del tabaco, de regulación del contenido de los productos tabáquicos, de información al consumidor, y de protección general al público mediante el impulso de políticas dirigidas a generalizar espacios sin humo. Estas políticas en España sólo se han desarrollado de forma parcial, a menudo siguiendo el impulso de iniciativas internacionales: la transposición de directivas europeas ha jugado un papel muy importante en los últimos años. Además, pese a estar vigentes, la aplicación efectiva de estas políticas es relativamente errática y parcial. Para Villalbí (1995) es evidente que para progresar el movimiento de prevención debe concentrar sus esfuerzos en este planteamiento. Esto requiere introducir la problemática relacionada con el tabaco y su control en la agenda política global, impulsar la adopción de políticas preventivas claras, y velar posteriormente por su aplicación efectiva por los poderes públicos. En este sentido, hacer visible el consenso social es una prioridad absoluta para el movimiento de prevención. Se trata de hacer explícita la demanda social de regulación, y también de desvelar las estrategias de la industria que, según desvela Escolá (2000), se dirigen a crear falsas controversias y a simular la existencia de una inexistente oposición a los objetivos de la regulación.

Este tercer tipo de respuesta que destaca Villalbí (1995) parece especialmente relevante a la luz de la experiencia de diversos programas de prevención primaria basados en programas educativos en el marco escolar. Su evaluación revela la necesidad de desarrollar estrategias que no se restrinjan al interior de las aulas, sino que se proyecten también al conjunto del medio escolar y al marco comunitario (Vartianen,  Coronen,  Koskela y Puska 1998). Bruvold (1993) afirma que si bien meta análisis recientes han destacado la mayor efectividad de los programas que trabajan sobre variables cognitivas (como las influencias sociales, la autoeficacia y las habilidades de rechazo), para el futuro se imponen aproximaciones más integrales.

Villalbí (1995) propone una serie de acciones clave en la lucha contra el tabaquismo en España que pasan por regulaciones eficaces en política fiscal, publicidad, venta a menores, contenido de los cigarrillos y espacios sin humo.


 

 

2. 7   Estado de la cuestión en relación al cumplimiento de la legislación vigente sobre el tabaco en España.

En España actualmente se registra un bajo porcentaje de cumplimiento de la legislación sobre el tabaco. En el Real Decreto 192/1988 de 4 de marzo sobre limitaciones en la venta y uso del tabaco para protección de la salud de la población se regulan, entre otras, las siguientes cuestiones:

·        Restricciones a la venta y consumo de tabaco.

·        Se declara el tabaco como sustancia nociva.

·        En caso de conflicto prevalece el derecho del no fumador.

·        Advertencias en los paquetes.

·        Prohibición de fumar en determinados lugares.

 

Posteriormente el Real Decreto 1239/1999 de 23 de julio por el que se modifica el Real Decreto 192/1988, de 4 de marzo, sobre limitaciones en la venta y uso del tabaco para protección de la salud de la población añade las siguientes restricciones:

·        Prohibición nacional de fumar a los 16 años a diferencia de algunas leyes autonómicas.

·        Prohibición absoluta de fumar en todos los vehículos colectivos y aeronaves.

·        Prohibición de venta y distribución de tabaco y alcohol en los centros escolares dependientes del MEC.

·        Supresión del monopolio de fabricación Tabacalera SA.

·        Se mantiene el monopolio de comercio.

·        Prohibido vender tabaco donde no se pueda fumar.

 

 

Baena (2003) afirma que en la realidad el tabaco se consume en un 70% de los lugares dónde está prohibido registrándose unos porcentajes de incumplimiento de la normativa alarmantes en secundaria (75%) o en Hospitales (se fuma en todos). Por el contrario no se fuma en guarderías, en la primaria y en los transportes públicos.

En relación a los “espacios sin humo” el Real Decreto 1239/1999 prohíbe fumar en:

·        Espacios donde haya mayor riesgo para la salud de los fumadores.

·        Donde haya mujeres embarazadas.

·        Vehículos de transporte urbano e interurbano.

·        Zonas de oficinas de atención al público.

·        Salas de uso público general, lectura, exposición y espectáculos.

·        Ascensores.

·        Locales comerciales cerrados.

 

Baena (2003) denuncia que en la realidad sólo un 20% de los ascensores está señalizado (se fuma en un 42%), en un 85,71% de los hospitales fuman los trabajadores, se fuma en las salas de espera de uso público, en los hospitales y en las universidades. Sólo un 24,16% de los espacios públicos tienen señalizaciones de prohibido fumar.

La publicidad del tabaco en España queda regulada por la Ley 34/1988 de 11 de noviembre (Prohibición de publicidad de tabacos por medio de televisión, y en aquellos lugares donde esté prohibida su venta o consumo), la Ley 25/1994 de 12 de julio (Se prohíbe la publicidad por TV, de cualquier forma, directa o indirecta, de cigarrillos y demás productos de tabaco) y la Ley 22/1999 de 7 de junio (Prohibición de publicidad directa e indirecta de tabaco y televenta. Los programas de TV no podrán ser patrocinados por tabaco). Esta legislación se ve reforzada con el Real Decreto 1911/1999 de 17 de diciembre donde se aprueba la estrategia nacional sobre drogas para el periodo 2000-2008 así como de numerosas Directivas europeas como la Directiva 98/42/CE donde se prohíbe toda clase de publicidad o patrocinio del tabaco, o la Directiva 2001/37/CE en relación a la composición del tabaco (que sitúa el nivel máximo de nicotina 1mg, alquitran 10 mg, y 10 mg de monóxido de carbono). Baena (2003) concluye que no hay mecanismos sancionadores y que el ejecutivo que elabora las leyes no da ejemplo. Para este autor resulta más importante la aceptación social que la ley formal.

Del III Congreso Nacional sobre Prevención y Tratamiento del Tabaquismo, organizado por el Comité Nacional de Prevención del Tabaquismo (2003) se destacan las siguientes conclusiones.

1- Hay que eliminar la publicidad para proteger a los menores.

Actualmente, la industria tabaquera necesita reclutar 480 nuevos fumadores diarios para mantener su negocio en España sustituyendo a los fumadores que fallecen o dejan de fumar. Estos surgen de los menores de edad, incapaces de decidir con conocimiento, y que una vez iniciados se ven obligados a seguir fumando por la adicción que causa la nicotina. La publicidad ejerce una presión importante sobre los jóvenes: por este motivo es necesario aplicar políticas de control de la publicidad rigurosas.

Los expertos reunidos reclaman la pronta transposición de la directiva europea de publicidad de tabaco por el gobierno. Además, reclaman la adopción de normas que impidan la presencia de publicidad en vallas y marquesinas, en cines y medios estáticos, y la distribución de muestras de tabaco gratuitas.

2-Los asistentes reclaman una política fiscal que refuerce la prevención.

Los participantes reclaman del gobierno una modificación de la fiscalidad de modo que eleve el coste de fumar y especialmente el de las marcas mas baratas mediante un incremento sostenido del componente lineal del impuesto especial sobre las labores de tabaco.

Actualmente, el coste sanitario de sólo las seis enfermedades principales asociadas al consumo activo de tabaco supone por si mismo el 75% de la recaudación anual por impuestos sobre las labores del tabaco. La Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica tiene el coste más elevado, con 1.416 millones de euros. Cuando se comparan diferentes intervenciones de tabaquismo se comprueba que los tratamientos farmacológicos son coste efectivos. Dejar de fumar genera salud en el fumador, pero también ahorro en costes sanitarios para la colectividad.

3- La creación de espacios sin humo debe de ser un compromiso de los responsables políticos.

Exposición involuntaria al humo de tabaco. Los expertos participantes han reclamado la necesidad de un compromiso firme por parte de las administraciones públicas y sus responsables políticos para establecer espacios sin humo. Como han demostrado los expertos en el Congreso, el humo ambiental del tabaco provoca enfermedades y muerte. Se ha estimado que en España cada año mueren al menos 700 personas por enfermedades generadas por el tabaquismo pasivo, siendo las más importantes el cáncer de pulmón, las enfermedades cardiovasculares y los trastornos respiratorios. Además existen otros efectos como irritación ocular, nasal y de garganta. En los niños, el humo ambiental puede provocar bronquitis, neumonía, otitis media, asma e incluso el síndrome de muerte súbita del lactante.

En las empresas y centros con zonas señalizadas donde se prohíbe fumar se alcanzan niveles muy bajos de concentración de humo cuando se cumple la restricción. Es posible alcanzar situaciones sin riesgo para los fumadores pasivos, lo que demuestra que esta medida es efectiva.

La realidad de que el aire contaminado por humo de tabaco es cancerígeno obliga a proteger a todos los trabajadores contra este riesgo. Las experiencias realizadas en algunas empresas que han asumido un compromiso firme con la salud de sus trabajadores muestran que es una opción viable, que debe extenderse a todos los centros de trabajo mediante una regulación rigurosa.

 


 

 

              3.  DROGA Y EDUCACIÓN 

3.1 La escuela y la Educación para la Salud

 Un cierto consumo de drogas acompaña a la especie humana desde sus orígenes y evoluciona con ella. Vivimos en una cultura de drogas (al menos con drogas) y es preciso prepararse para ese contexto. El consumo problemático de drogas es una cuestión de estilo de vida, y la escuela es un lugar idóneo para adquirir conocimientos destrezas, actitudes y valores que fomenten la salud.

El concepto de salud individual, se va desprendiendo de la dependencia de factores externos, como el Sistema Sanitario, para convertirse en una responsabilidad propia, en una autoconstrucción. Trasciende el ámbito de la enfermedad, de los servicios de salud y propone acciones colectivas intersectoriales para el logro de un completo bienestar. La Carta de Ottawa[8] define la Promoción de la Salud como "el proceso de facultar a las personas para que aumenten el control que tienen sobre su salud y para mejorarla" (Carta de Ottawa, 1987, P.9). La Carta subraya la Promoción de Salud como concepto clave, superando la realización estricta de tareas curativas o reparadoras, y utiliza la prevención y la educación como medios para la consecución de sus metas. Así pues desde esta primera Conferencia Internacional de Promoción de la Salud (Carta de Ottawa, 1987) reconocemos por salud no sólo la ausencia de enfermedad física o psíquica, sino también todo un conjunto de actitudes y capacidades que son objeto de la educación y previenen, debidamente desarrolladas, tanto accidentes corporales, como desajustes de la personalidad, y que adquieren todo su significado en relación con la autoestima de los individuos, su autonomía y su capacidad de toma de decisiones. Es necesario pues, que en el ámbito educativo propiciemos climas favorables al desarrollo de esas autoconstrucciones a través de propuestas que favorezcan la aparición y el mantenimiento de hábitos saludables de vida adaptados a las peculiaridades individuales del alumnado.

El enfoque educacional de la prevención de la drogodependencia apunta hacia la formación de personas con capacidad de enfrentarse a la oferta de drogas con una actitud crítica, una personalidad autónoma y una capacidad de decisión ante ellas. La educación para la salud es una actuación obligada de toda comunidad que se precie de ofertar una calidad de enseñanza avanzada y progresista. En el momento actual, la salud representa un bien primordial de la persona y constituye una necesidad y un derecho que ha de promocionarse y protegerse como elemento indispensable para el progreso económico, social e individual (Megías Valenzuela et al, 1999)

La Organización Mundial de la Salud en su programa “Salud para todos en el año 2000” asume un concepto positivo de salud en la que ésta no se considera simplemente como ausencia de enfermedad, sino que adopta dimensiones más amplias; la salud constituiría un estado integral de bienestar físico, mental y social. Este concepto de salud incorpora, tanto la percepción subjetiva de bienestar como la capacidad de funcionamiento y adaptación al medio social.

Según Carrasco Aguado (2003), portavoz del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte en las jornadas internacionales sobre prevención de drogodependencias celebradas en 2003 en Alcorcón (Madrid), las actuaciones que ese Ministerio ha llevado a cabo a tenor de la introducción de la Ley Orgánica de Calidad Educativa (MEC 2003) en relación a la prevención de drogodependencias, se ajustan a los siguientes principios generales:

·        La escuela, junto con la familia y la comunidad, son los ámbitos preferentes para la prevención de las drogodependencias.

·        La prevención de las drogodependencias, desde una perspectiva educativa, es un aspecto más de la educación general y de la educación para la salud en particular.

·        Las actuaciones del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte se atienen a las orientaciones generales que se realizan a nivel estatal dentro del campo de la prevención propuestas desde el Plan Nacional sobre Drogas (PNsD).

·        La prevención de las drogodependencias se incluye dentro de las intervenciones que se realizan en el desarrollo de la Educación y Promoción de la Salud, y es un empeño en el que se implican tanto las administraciones autonómicas como la administración central y, dentro de ellas, desde diferentes sectores (sanitario y educativo).

En el tratamiento que se hace en la Ley de Calidad de la Educación a la atención de la educación para una vida saludable se eliminan los Temas Educativos Transversales que comprometían a toda la comunidad educativa. En la anterior Ley de Ordenamiento General del Sistema Educativo (LOGSE), los TET eran el marco donde se insertaba la Educación para la Salud, que ha sido la vía fundamental de la introducción de los programas preventivos en los centros educativos. En su lugar (y a la espera de nuevas normativas en materia de enseñanza que puedan derivarse del reciente cambio en el gobierno español), la prevención queda reflejada en los objetivos, contenidos y criterios de evaluación de las distintas áreas y asignaturas que componen las enseñanzas comunes de los distintos niveles y etapas que constituyen la enseñanza obligatoria.

Las áreas del nivel de Educación Primaria cuyos objetivos y contenidos recogen de modo más explicito la educación para la salud y la prevención son las de Ciencias, Geografía e Historia y de Educación Física. En la Enseñanza Secundaria Obligatoria la salud recibe un tratamiento más explícito en Biología y Geología y en Educación Física.

      A modo de ejemplo, reflejamos en la tabla 5 algunos objetivos contemplados por la LOCE dentro de las áreas mencionadas en relación con la salud.

Educación Primaria

Educación secundaria

Þ  Desarrollar el espíritu emprendedor fomentando actitudes de confianza en uno mismo, sentido crítico, creatividad e iniciativa personal

Þ  Conocer el valor del propio cuerpo, el de la higiene y la salud y la práctica del deporte como medios más idóneos para el desarrollo personal y social.

Þ  Conocer y valorar la naturaleza del entorno, y observar modos de comportamiento que favorezcan su cuidado

Þ  Consolidar el espíritu emprendedor, desarrollando actitudes de confianza en uno mismo, el sentido crítico, la iniciativa personal y la capacidad de planificar, tomar decisiones y asumir responsabilidades

Þ  Conocer el funcionamiento del propio cuerpo, para afianzar los hábitos de cuidado y salud corporales e incorporarla práctica del deporte, para favorecer el desarrollo en lo personal y en lo social

TABLA 5: Objetivos LOCE en relación con la salud.

El ámbito escolar ocupa un lugar idóneo y privilegiado para articular programas y actividades preventivas. Alonso, Freijo y Freijo (1996) destacan que la escuela garantiza el acceso a la población más joven y ofrece la posibilidad de incidir en el fenómeno antes de que éste se manifieste. Además, tiene formalmente asignada la educación y es capaz de ejercer una acción específica, planificada y sistemática con posibilidad de evaluación y continuidad en el tiempo.

La escuela tiene la misión, entre otras, de capacitar a los niños y jóvenes, para que éstos puedan resolver los conflictos que se les presentan en su vida ordinaria y prepararlos para resistir las presiones que reciben de su entorno. Alonso, Freijo y Freijo (1996), afirman que nuestra sociedad está demandando una escuela que no se limite a transmitir conocimientos: le pide que forme personas capaces de vivir y convivir en sociedad, que sepan a qué atenerse y cómo conducirse en la vida.

Por el contrario, Fernández Hermida (2003) cuestiona la teoría y la práctica de las intervenciones preventivas en la escuela basándose en la escasez de estudios sistemáticos y la falta de consenso de los modelos teóricos en vigor. Este autor pone en tela de juicio la ética de la prevención desde la realidad de grupos sociales que se sitúan a favor de cualquier consumo de drogas alegando la libertad de elección del individuo frente a la imposición social. De esta forma la prevención debería dirigirse al mal uso de las drogas, es decir, a educar el autocontrol. El razonamiento de Fernández Hermida (2003) sigue la siguiente secuencia: desde la posición del materialismo filosófico, el objetivo último de las normas éticas es la preservación de la existencia de los individuos. Al hablar de la ética de la prevención relacionamos esa necesidad de preservar la integridad de los individuos con los objetivos de la prevención de drogodependencias, al margen de la moral social de cada contexto. Por tanto el debate se centra en la suposición de que el consumo de drogas es un peligro para la salud y la integridad física de las personas receptoras de la actividad preventiva. En este punto Fernández Hermida (2003) resume tres posiciones sociales: la primera a favor del consumo libre de drogas; aquellos que consideran la droga como el resto de mercancías (de peligrosidad escasa si se consumen de forma adecuada), la segunda, más extendida, favorable también a la producción y consumo libre pero que no se oponen a la educación del autocontrol de los jóvenes (igual que se educa para otras cuestiones). La tercera posición, mayoritaria, es de los que piensan que las drogas entrañan un alto riesgo para la salud individual y social que justifica los límites que se imponen a la libertad mediante procedimientos educativos tendentes a favorecer el autocontrol de individuo o medidas de control social. Fernández Hermida (2003) argumenta que el autocontrol depende de una serie de variables que están en regulación continua con el medio contextual y que al final son guiadas por los agentes sociales (ley, educación, religión, etc.) con lo cual el autocontrol no se desliga de condiciones ajenas al individuo.

 La prevención es adecuada. Hoy se tiene certeza científica de que las drogas son intrínsecamente peligrosas para la salud, de ahí reside la naturaleza ética de la salud. Pero para ser ética, debe ser integral e involucrar a las instancias de control social (Becoña Iglesias, 2002).

El reto de la escuela actual es contribuir a analizar y clarificar los múltiples mensajes, informaciones, conocimientos, actitudes, valores, conductas, etc. dispersos y contradicto­rios, en que está envuelto el joven en la sociedad actual y, por ello, debe proporcionar experiencias de aprendizaje para reorganizar todos estos aspectos (Salvador Llivina, 2000).

Marina (2002) insiste en que en todas estas acciones educativas está presente la necesidad de ofrecer un currículum que no se limite a la adquisición y almacenamiento de conceptos y conocimiento académicos. Este autor incide en que el proceso educativo ha de incluir otros aspectos que contribuyan al bienestar y al desarrollo de las personas, tales como habilidades prácticas, actitudes y valores, que aporten estrategias básicas para afrontar sus situaciones de vida y que contribuyan al desarrollo de modos de vida saludables. Desde esta perspectiva, la educación constituye uno de los ejes fundamentales para el desarrollo de la salud y la calidad de vida y, dentro de este contexto, hoy existe un acuerdo generalizado sobre el importante papel que debe desempeñar la escuela. El entorno escolar ofrece oportunidades óptimas para la adquisición de habilidades que permitan construir salud. Marina (2002) recuerda como esta dimensión de la educación ha permanecido en la sombra, durante un largo período histórico y, con demasiada frecuencia, el desarrollo de las competencias personales ha ocupado un lugar muy limitado en la práctica educativa. Si queremos que este objetivo se cumpla, la escuela, dotada progresivamente de una mayor autonomía, puede organizar sus currículum de manera que no sólo se enseñen o transmitan los contenidos culturales y técnicos, sino que permita también desarrollar en sus alumnos y alumnas valores, actitudes, habilidades de competencia social, etc. que les permitan afrontar y resolver con mejores recursos las situaciones de iniciación al consumo de drogas que son, hoy por hoy inevitables, y ante las que sólo ellos/as podrán decidir.

Siguiendo los argumentos de Salvador Llivina (2000) la educación puede y debe utilizarse como instrumento de prevención y el marco que más posibilidades y potencial ofrece es la escuela. Esta autora defiende que la escuela es un ámbito privilegiado para realizar actuaciones preventivas, ya que ofrece las siguientes ventajas:

1.         Las personas están en la institución escolar en la edad en que se es más susceptible de adquirir valores, actitudes y hábitos adecuados a su desarrollo personal y social.

2.         Permite ofrecer una formación e información sobre el fenómeno de las drogas y sus efectos de una forma estructurada, sistemática y adecuada a cada edad.

3.         Puede ofrecer una acción intencional, específica y planificada, con posibilidad de evaluación y continuidad en el tiempo.

4.         Se puede trabajar no sólo con alumnos, sino también colaborar con profesores y padres en un objetivo común. Para ello, es muy importante la implicación de la dirección del centro.

Como hemos comentado con anterioridad, en las conclusiones de la investigación que llevó a cabo el equipo dirigido por Megías Valenzuela (1999) sobre los valores de la sociedad española y su relación con las drogas, se puede leer que el consumo de drogas no tiene relación con una pérdida de valores, sino con posturas emergentes en nuestra sociedad como la opción moral, personal, el presentismo, el énfasis en la exigencia del disfrute y la competitividad. Existen diferencias culturales en relación con los valores que se manifiestan en diversas pautas de comportamiento que conforman los estilos de vida. Según estos autores una de las formas privilegiadas que existen en nuestras sociedades para ir construyendo el estilo de vida es el consumo; de esta forma se favorece un cierto mercado de identidades a partir del consumo de estilos ofertado desde fuera.

El desarrollo social y personal del sujeto, es uno de los objetivos centrales de la educación, por consiguiente los docentes debemos atender, no sólo a aquellos aprendizajes instrumentales de tipo académico, sino a aquellos que interesan para la vida actual. Basta pensar en la dependencia que el abuso de drogas puede crear, para tomar conciencia de que lo que esta situación conlleva es precisamente todo lo contrario de lo que la educación promueve: autonomía, independencia y libertad (Salvador Llivina, 2000).

Según Megías Valenzuela (2001), los problemas de drogas tienen una dimensión íntimamente relacionada con situaciones de insuficiencia personal del tipo que sea y eso es abordable o prevenible desde la educación.

Vega Fuente (2001) resalta la relación de la educación para la salud con otros temas en cuanto favorezcan o participen de cuestiones saludables. Así un medio ambiente saludable, invade el aspecto físico, pero también el cultural y el social; la Educación Vial como medio para evitar accidentes o conductas agresivas; la Educación para el Ocio, la Educación para el Consumo como prevención de drogodependencias o desarrollo de aptitudes personales para un consumo sano y racional; o la educación para la Paz como garante de actitudes no violentas y solidarias que favorecen un clima social sano. Hoy se pretende que la educación para la salud sea un objetivo común que compromete a toda la institución educativa. Esta implicación de toda la comunidad escolar, según Megías Valenzuela (2001 p.6) lleva a la necesidad de una escuela sana en el más pleno sentido de la palabra”. Este autor subraya la necesidad de que la educación sobre drogas en la escuela debe ser congruente con la acción educativa en general, traduciéndose así en programas adecuados a las necesidades integrales del individuo o de la población de referencia, en esencia, orientar al alumnado para que sepan actuar ante las drogas sin perder su autonomía e independencia personal. Estas consideraciones se sitúan en línea con las directrices del Ministerio de Educación y Cultura (1990) cuando señala que la educación sobre drogas contribuye a desarrollar en los alumnos y alumnas aquellas capacidades que se consideran necesarias para desenvolverse como ciudadanos con plenos derechos y deberes en la sociedad en la que viven. Entiendo que esta tarea, dado su carácter integral, compete a todos los agentes educativos que deben integrar sus acciones en un proyecto común.


 

    3.2  Etapa evolutiva de la adolescencia y consumo de drogas

En el marco teórico del programa auspiciado por la FAD “¿y tú que piensas?” (1996, p.7), podemos leer esta sugerente frase: “Cada vez es más difícil hacerse mayor o esto ocurre más tarde”. Efectivamente es en la etapa de la adolescencia donde, cómo sabemos, vivimos un intenso proceso de cambios corporales, afectivos, cognitivos, de valores y de relaciones sociales. La mayoría de los autores han señalado que la adolescencia, constituye un periodo de mayor riesgo, especialmente para el inicio en el consumo de drogas legales como así lo demuestran las prevalencias de consumo. La adolescencia constituye pues una etapa de desarrollo en la vida del individuo de especial relevancia en el proceso de construcción de la salud tanto individual como social.

Resaltemos que existe total acuerdo en señalar que la conducta problema en la adolescencia sólo puede ser entendida desde una perspectiva multicausal, en la que confluyen factores de diversa índole. No obstante la mayoría de los adolescentes realizan una adaptación razonable, superando la tensión y los conflictos de forma satisfactoria. También es un hecho ampliamente constatado que ciertas características propias de la adolescencia facilitan la aparición de conductas problemáticas (consumo de drogas, delincuencia, etc.). Prevenir las conductas desviadas en la adolescencia implica tener en cuenta la idiosincrasia de un período evolutivo que, en sí mismo, favorece la trasgresión de normas (Luengo Martín et al, 2002).

Como hemos visto, los primeros contactos con las drogas legales tienen lugar a edades relativamente tempranas, en las primeras etapas de la adolescencia; a lo largo de los años siguientes, muchos adolescentes se inician también en el consumo de sustancias ilegales (Programa de Prevención de Drogodependencias en Centros Educativos de la Comunidad de Madrid 1995, Plan Nacional sobre Drogas 2001, Observatorio Español sobre Drogas, 2002). Debemos ser conscientes de que la experimentación con drogas se ha convertido en un hecho habitual en los adolescentes de las sociedades desarrolladas (Blackman, 1996). Debemos saber también que un porcentaje muy elevado de adolescentes van a consumir drogas (Observatorio Español sobre Drogas, 2002) y desde este hecho actuar en el sentido más adecuado. Los adolescentes de hoy son únicos igual que lo han sido los de cualquier otra etapa con sus características, necesidades peculiaridades, etc. Este hecho induce a examinar qué ocurre durante la adolescencia para que los jóvenes sean un grupo particularmente vulnerable a las conductas problemáticas.

 La adolescencia corresponde a un periodo de edad crítica para la formación de una persona: el adolescente tiene que desarrollarse a nivel físico, emocional, social, académico, etc. La búsqueda de autonomía e identidad son elementos definidores de esta etapa. Una serie de cambios cognitivos, personales y psicosociales favorecen la aparición de consumos de drogas (Graña Gómez, 1994). Por una parte, varios autores subrayan la idea de que en la adolescencia se producen una serie de cambios físicos que sitúan a los adolescentes en una madurez biológica y, sin embargo, durante algunos años no podrán acceder a los “beneficios” de la adultez (autonomía, recursos económicos y sociales...etc.). Así, el adolescente se encuentra en una situación de cierta indefinición personal, acompañada por el deseo de conquistar el estatus adulto y alejarse de los roles infantiles. A menudo este deseo de buscar la propia independencia conllevará la trasgresión de las normas provenientes de los adultos (Luengo Martín et al, 2002).

Por otra parte, el grupo de iguales se convierte en un contexto de socialización de gran relevancia. Con ellos adquieren una visión distinta del mundo a la que reciben de sus padres y de la misma escuela. En el grupo de amigos, el adolescente podrá compartir experiencias y recabar seguridad y apoyo, se sienten protegidos, entendidos y son parte importante de algo. En el contexto de los amigos se suelen producir, precisamente, los inicios en el consumo de drogas. En el grupo tiene lugar a menudo el aprendizaje de actitudes, valores, si bien la familia tiene una creciente importancia en relación con los iguales (Kandel, 1996). Una buena educación familiar es importante. En este sentido, la desestructuración familiar es un factor de vulnerabilidad para distintas conductas problema (Becoña Iglesias, 2001) junto a otros factores sociales y económicos que caracterizan la sociedad en nuestros días. Se puede deducir de las teorías comprensivas explicativas del consumo de drogas que el proceso de socialización está en la base del comportamiento respecto al consumo de éstas. En este proceso la familia ocupa un lugar destacado, es donde la persona se socializa, aprende y adquiere las creencias, actitudes, normas sociales valores, etc., a partir de las cuales se va a generar su conducta adictiva o no.

En la etapa adolescente el individuo es capaz de concebir diferentes alternativas y perspectivas ante un mismo problema o situación. El adolescente será capaz de descubrir inconsistencias en los argumentos adultos sobre los peligros del consumo de drogas; además, tendrá la capacidad cognitiva para generar sus propios contra argumentos reevaluando creencias previas que eran asumidas de un modo acrítico durante la niñez. Aparece una “moral autónoma donde las normas emergen de las relaciones de reciprocidad y cooperación” (Plan Nacional sobre Drogas 1996 b, p.10)

La curiosidad por experimentar nuevas vivencias, el interés por el riesgo y una orientación temporal volcada en el presente son también ingredientes que, confluyendo en la adolescencia, facilitan la implicación en conductas desviadas. (Luengo Martín et al, 2002). Estas conductas tienen, por otra parte, el atractivo de lo arriesgado y lo emocionante, creando todo ello una situación de vulnerabilidad hacia el consumo de drogas.

Aunque estas características del período adolescente propician la aparición de conductas desviadas, también es cierto que no todos los individuos se implican en ellas por igual. En prevención de drogodependencias se ha introducido recientemente el concepto de resiliencia. El término proviene de un concepto físico: “tendencia que tiene un cuerpo a volver a un estado original o tener poder de recuperación” (Becoña Iglesias, 2002 p. 342), que es adaptado al campo de las ciencias sociales. La resiliencia se presenta como un macrofactor de protección frente al consumo de drogas. Definido por Becoña Iglesias (2002, p.343) como término que “implica competencia o un positivo y efectivo afrontamiento en respuesta al riesgo o a la adversidad”, la resiliencia se basa en el hecho de que los niños de ciertas familias con entornos que son propicios para fomentar diversos factores de riesgo para el consumo de drogas, sin embargo no consumen. Kumpfer (1999) encuentra que esta habilidad para afrontar el estrés procede de la interacción de diversos elementos en la vida del niño, como son el factor biológico y las características internas como la inteligencia y el temperamento. Concretamente este autor entiende que el concepto de resiliencia puede definirse por dos elementos claves que pueden poseer los niños: la capacidad de recuperarse de eventos de vida traumáticos y la habilidad para resistir el estrés crónico. A efectos preventivos queda claro que si pudiéramos aumentar la resiliencia del niño se darían menos consumos de drogas. En este sentido, Becoña Iglesias (2002), tras recoger aportaciones de varios autores, concluye que en estos momentos es preciso clarificar más el constructo de resiliencia concretando la relación que hay entre el mismo y los factores de riesgo y de protección y al tiempo operativizarlo para convertirlo en una variable bien definida para explicar el consumo de drogas.

Para muchos individuos las conductas problemáticas se limitan a períodos muy transitorios de experimentación; sin embargo, para otros, estos primeros contactos van seguidos de una escalada hacia comportamientos más severos. Ante este hecho, surge la necesidad de identificar qué variables del individuo o de su entorno social “determinan” esas diferencias en la conducta problema. Dicho de otro modo, interesa conocer qué características pueden dar lugar a que ciertos adolescentes estén en mayor riesgo de incurrir en actividades desviadas.

En este periodo de la vida, las personas se enfrentan a cambios considerables de gran repercusión vital, ambiental, cultural y social. Los adolescentes tienen que enfrentarse a situaciones nuevas; tendrán que desplegar recursos personales adecuados para responder a las presiones ambientales que les llevan a adoptar comportamientos nocivos para la salud (alcohol, drogas, violencia...), y deberán disponer de habilidades de competencia psicosocial que les permitan desarrollar un estilo de vida saludable. Siguiendo a Alonso (1996), las habilidades de comunicación y toma de decisiones, la autoresponsabilidad y la autoestima serán herramientas que posibilitarán superar adecuadamente las tareas vitales con las que se enfrenta el adolescente.

Becoña Iglesias (2001) destaca cinco factores que facilitan el hecho de que los adolescentes no se comporten saludablemente:

1.         El carácter placentero y reforzante de la mayor parte de las consecuencias que siguen a los consumos, así como la inmediatez de sus efectos.

2.         Lo dilatado del tiempo que normalmente separa los consumos de las enfermedades asociadas en su estado clínico diagnosticable.

3.         El convencimiento del poder sin límites de la medicina.

4.         La justificación cultural de las prácticas no saludables pero socialmente correctas.

5.         La morbilidad de las drogas en general y del tabaco en particular supone un cambio lento y cíclico, por ello muchos adolescentes no ven los problemas a corto plazo, no se plantean que esos problemas vayan con él.

La dificultad de predecir el curso evolutivo de un adolescente queda patente a través del análisis de Wicks-Nelson e Israel (1997). Estos autores indican la existencia de cinco trayectorias que marcan la evolución a lo largo de los años adolescentes:

1.         Adaptación estable: El adolescente tiene pocos problemas de comportamiento y un bajo porcentaje de factores de riesgo.

2.         Desadaptación estable: aquí se producen adversidades crónicas y poca protección.

3.         Inversión de la desadaptación: se produce un cambio provocado por nuevas oportunidades (un buen trabajo, etc.) que conduce de nuevo a la adaptación.

4.         Rechazo de la adaptación: los cambios biológicos o de tipo ambiental producen dificultades en la adaptación.

5.         Desadaptación temporal: búsqueda transitoria del riesgo.


 

 3.3  Prevalencia del consumo de tabaco entre los escolares españoles

Tras analizar los datos de la Encuesta sobre Drogas a la Población Escolar, realizada entre los escolares españoles de 14 a 18 años y publicada por el Observatorio Español sobre Drogas (2002), confirmamos que el tabaco es la droga con la que los estudiantes de Secundaria tienen un contacto más precoz. El tabaco y el alcohol son las sustancias más consumidas por los escolares: un 76% ha tomado bebidas alcohólicas a lo largo de su vida y un 34,4% ha probado el tabaco. Destacamos también que un porcentaje similar al observado para el tabaco ha consumido cannabis alguna vez en su vida: el 31,2 % de los escolares. En la encuesta mencionada se refleja el elevado grado de policonsumo de la muestra dado que quienes han experimentado con el tabaco son en un 95% de los casos consumidores ocasionales de alcohol y en un 58% de cannabis. Los modelos teóricos explicativos del consumo de drogas coinciden en apuntar hacia un escalamiento del consumo desde las drogas legales a las ilegales (Kandel, 1975). Este hecho confiere una mayor relevancia, si cabe, a la prevención de drogodependencias de carácter universal.

De los datos extraídos de la citada encuesta podemos deducir que la experimentación con cualquier tipo de droga tiene una clara trascendencia desde una perspectiva preventiva, puesto que la continuidad en el consumo es bastante elevada. Es decir, existe una alta probabilidad de que los consumos experimentales de sustancias como el tabaco, el alcohol o el cannabis se repitan y se conviertan en habituales. Los consumos de tabaco, seguidos de los del alcohol, son los que tienen una mayor continuidad o fidelización. Concretamente la proporción de escolares que habiendo consumido alguna vez tabaco, repitió el uso de esa sustancia en los últimos 30 días es de 88,7 % (Observatorio Español sobre Drogas, 2002).

Según el citado Observatorio Español sobre Drogas (2002), en el año 2000 se han desarrollado en España programas de prevención escolar dirigidos a más de medio millón de escolares de 5.300 centros educativos. La mayoría de estos programas son de carácter universal. La misma fuente informa de que en el año 2000 se ha estabilizado la edad de inicio de consumo de tabaco de los estudiantes españoles de Secundaria, concretamente en ese año se cifra en 13,2 años. Las diferencias de edad de inicio en el consumo por sexos de los estudiantes de Educación Secundaria no llegan a ser significativas: 13,3 para las mujeres y 13,0 para los hombres, sin embargo la prevalencia de uso de tabaco difiere notablemente de un sexo a otro. La edad está también claramente asociada al consumo de tabaco, creciendo la prevalencia de consumo durante los años en los que se centra el documento que analizamos, esto es, desde los 14 años a los 18. Como se puede observar en la gráfica que sigue, el consumo de tabaco entre las chicas es superior al de los chicos para todos los grupos de edades y en su progresivo incremento hasta los 18 años, acentuándose las diferencias a medida que aumenta la edad de los escolares.

 Gráfico 1: Cigarros fumados en últimos 30 días. Adaptado del Observatorio Español sobre Drogas (2002)

 

ara conocer el porcentaje de escolares de 14 a 18 años que fuman habitualmente en España, hemos comparado el dato ofrecido por el Observatorio Español sobre Drogas (2002) a través de La Encuesta sobre Drogas a la Población Escolar (realizada en el 2000) y los datos facilitados por el Plan Nacional de Drogas en su Memoria 2000, (2001). El primer documento cifra el dato en el 29,2 % y el segundo publica que un 29,0 % de los escolares de 14 a 18 años fumaba en ese año.

Frecuencia

Total

Hombres

Mujeres

Esporádico

5,4

6,3

4,8

Semanal

23,6

24,4

23,1

Diario

70,9

69,3

72,0

TABLA 6: Frecuencias de consumo de tabaco entre los estudiantes de secundaria que han fumado en los últimos 30 días. España, 2000 (Observatorio Español sobre Drogas (2002)

El tabaquismo, tiene una importante presencia entre los escolares españoles de las edades de referencia, siendo los consumos medios de tabaco al día de 7 cigarros (Observatorio Español sobre Drogas, 2002).


 

4. BASES TEÓRICAS DE LOS PROGRAMAS PREVENTIVOS

Hoy día no hay duda de que los programas de prevención deben asentarse en la investigación, en el conocimiento científico de cuáles son los procesos y los factores que subyacen al origen de las conductas que tratamos de prevenir.

Las teorías que organizan y dan sentido a esa investigación, proporcionan información de gran utilidad para elaborar estrategias de intervención. Estas hipótesis contrastadas dan idea sobre qué variables se pueden considerar predictoras del inicio y del mantenimiento de los comportamientos problemáticos. Resumimos aquí los planteamientos teóricos que tienen un mayor peso en la actualidad y que orientan por ello los contenidos de los programas preventivos.

4.1 La teoría de la acción razonada

Uno de los modelos más difundidos sobre la relación entre factores cognitivos y consumo de drogas es la teoría de la acción razonada, planteada por Fishbein y Ajzen (1975). De acuerdo con la teoría, las influencias que actúan sobre el consumo vienen dadas por expectativas, creencias, actitudes y, en general, variables relacionadas con la cognición social. Los otros factores identificados por la investigación sobre el consumo de drogas (por ejemplo, la influencia del grupo de amigos, los factores personales o demográficos) tendrán siempre un efecto indirecto, mediado por estas variables más próximas. En el modelo de Fishbein y Ajzen, estos otros factores son llamados variables externas y, siempre según los autores, el modelo tiene suficiente coherencia como para prescindir de ellas.

En concreto, la teoría de la acción razonada comienza planteando que la “causa” más inmediata del uso de drogas serán las intenciones para consumir o no consumir. Estas intenciones (o decisiones) estarán determinadas por dos componentes. Por una parte, las actitudes hacia el consumo y, por otra parte, las creencias normativas del grupo referente sobre el consumo. De esta forma un individuo tendrá la intención de llevar a cabo una conducta en el caso de que la evalúe positivamente y cuando crea que así lo harían las personas relevantes para él. Fishbein y Ajzen (1975) expresan con terminología matemática que la actitud hacia el consumo de una determinada sustancia, en un contexto dado viene determinada por la suma de las creencias relevantes sobre ese consumo y situación, después de haber multiplicado cada una de esas creencias por la evaluación previa del resultado correspondiente. Becoña Iglesias (2001) en su análisis de la teoría de la acción razonada, señala que el aspecto más relevante es el concepto “intención conductual”. Este autor afirma que “la actitud es importante pero sólo es un paso dentro de todo el constructo teórico que leva finalmente a la intención antes de pasar a la conducta” (Becoña Iglesias2001, p.110). La intención conductual supone un posicionamiento subjetivo ante una probabilidad de acción que los autores Fishbein y Ajzen (1975, p.128) definen así: “localización personal sobre una dimensión de probabilidad subjetiva envolviendo una relación entre sí mismo y alguna acción”. La intención conductual, según estos autores, se compone de cuatro elementos distintos que a su vez están en relación con la especificidad o la generalidad de la conducta:

1.         La conducta.

2.         El objeto al que la conducta va dirigida.

3.         El contexto.

4.         El tiempo en que la conducta es ejecutada (si no existe inmediatez, pueden variar las intenciones a través del tiempo).

Una de las principales aportaciones de esta teoría consiste en considerar que las actitudes de los sujetos están en función de sus creencias, marcando así una vía de experimentación para buscar la relación real entre estas dos variables. Muchos programas preventivos se basan en esta teoría para evaluar los componentes actitudinales, intención conductual y conducta. Fishbein y Ajzen (1975) proponen evaluar la intención conductual a través de la probabilidad subjetiva expresada. De esta forma, la conducta de consumir una sustancia se puede predecir de la intención conductual que a su vez, y como esqueleto del modelo, viene definida por la actitud hacia ese consumo y la norma subjetiva

 La teoría de la acción razonada es viable para explicar conductas que están bajo control del individuo pero no siempre es así. Existen muchos individuos cuya intención conductual, por ejemplo, es dejar de fumar o de beber alcohol y sin embargo esta intención no se ve correlacionada con la conducta correspondiente o sea, la abstinencia. Para intentar cubrir esta circunstancia Ajzen (1988) amplía el modelo incluyendo en él un nuevo ingrediente: el control conductual percibido. De esta forma surge la llamada “teoría de la acción planificada”. En esta versión, la intención se ve afectada no únicamente por las actitudes y la norma subjetiva, sino también por la percepción sobre la capacidad para controlar la conducta. Es decir, si el sujeto percibe que no es capaz de ejecutar una determinada conducta, tendrá poca intención de realizarla, aun cuando sus actitudes hacia ella sean positivas o aun cuando perciba que los demás aprueban esa conducta. Este control conductual percibido puede predecir la conducta en algunas ocasiones independientemente de la intención conductual. Ajzen (1988) explica los factores que influyen en el control conductual percibido por medio de factores internos (habilidades, grado de información, capacidades) y factores externos (oportunidad y dependencia de otros). La aplicación de este nuevo elemento en los programas preventivos se traduce en desarrollar las habilidades sociales (toma de decisiones, autocontrol, asertividad…etc.) con objeto de aumentar la sensación de control en las relaciones sociales. De igual forma un desarrollo positivo de la autoestima irá en beneficio de la sensación de autoeficacia ante las situaciones problemáticas. 

 


 

4.2  El modelo integrador de Elliott

En los años 80, Elliott asume planteamientos de la teoría de la anomia o de la “tensión” estructural. De forma básica, se centra en la disparidad entre las metas o aspiraciones adoptadas por los individuos y los medios de que dispone para conseguirlas. Cuando la sociedad no facilita recursos para lograr las metas que ella misma inculca (éxito, estatus, poder económico), una reacción posible es el comportamiento desviado. Este modelo de Elliott incorpora planteamientos de las teorías del control social (escasa integración social del individuo) y de la influencia del grupo de iguales.

 

4.3 La teoría de los “clusters” de amigos

Oetting y Beauvais (1986, 1987) como Elliott, plantean que la única variable con una influencia directa sobre el consumo de drogas es la implicación con amigos consumidores. El modelo contempla también otros factores de riesgo. De acuerdo con Oetting y Beauvais, existen una serie de variables que crean el “sustrato” para que el consumo aparezca (estructura social, auto confianza, ansiedad, actitudes hacia el consumo, adaptación social, etc.) En cualquier caso, todos estos factores sólo actuarán de un modo indirecto, a través de la implicación con amigos consumidores. Este será el factor que, en último término, dará lugar al consumo. Los amigos configurarán las actitudes sobre las drogas, proporcionarán las sustancias, crearán un contexto social facilitador del consumo y compartirán ideas y creencias que justifiquen el uso de drogas. En este sentido, los autores señalan que son especialmente importantes determinados subgrupos de sujetos, altamente homogéneos, que se forman dentro de los grupos de amigos. Esos subgrupos son los llamados “clusters” de amigos. Los “clusters” suelen estar formados por muy pocos individuos, que comparten actitudes, valores, creencias y visiones del mundo. Los integrantes de un “cluster” probablemente utilizarán las mismas drogas, las utilizarán por las mismas razones y las consumirán juntos.

A pesar de la importancia conferida a los amigos, estos autores intentan rebatir la imagen de un individuo pasivo que es “forzado” a consumir ante la presión de sus iguales. Oetting y Beauvais señalan que cada miembro de un “cluster” será un agente activo que participa de un modo dinámico en la creación de las normas y las conductas del grupo.

 


 

4.4 La teoría del autorrechazo

Kaplan (1986) es el autor de este modelo basado en causas intrapersonales, también llamado teoría de la mejora de la estima, en el que la autoestima es un factor fundamental.

En la base del modelo se considera que todas las personas tenemos una motivación por mantener una autoestima positiva e intentamos comportarnos de modo que nuestra autovaloración se fortalezca.

La elección o no de una conducta convencional depende de la educación recibida y en general de las fuentes de socialización microsociales, sociales etc. En este sentido Becoña Iglesias (2001, p.116) afirma que en aquellos casos en que la conducta convencional es menos reforzante que la desviada “aparecerá un deterioro de la adecuación a las normas convencionales y vínculos sociales que los sustentan”.

Durante el proceso de desarrollo, pueden generarse actitudes de autorrechazo. Esto suele ocurrir en el contexto de experiencias sociales desfavorables. El rechazo o la negligencia por parte de los padres, la incapacidad para lograr éxito académico, las situaciones de prejuicio social, la falta de habilidades adecuadas de afrontamiento o la falta de apoyo social, pueden ser factores que precipiten el autorrechazo. Cuando las experiencias de autorrechazo se repiten, el sujeto se sentirá poco motivado por respetar las normas de esos grupos que dañan la autoestima y buscará cauces alternativos por ejemplo conductas de abuso de drogas, que le permitan recuperar la autovaloración. No siempre es fácil resolver esta situación; Becoña Iglesias (2001), señala que el adolescente puede valorar el coste personal de girar hacia la “conformidad social” rechazando los valores de sus iguales y encontrar más deseable, de una forma progresiva, la conducta no aceptada por padres y profesores. Según este autor, esta progresión hacia la conducta desviada se ve facilitada por el reforzamiento que supone la satisfacción de la necesidad personal de autovaloración y por la respuesta social que en muchos casos puede suponer una afirmación de esa conducta desviada. El abandono de las conductas desviadas se producirá cuando se produzcan cambios (madurativos o socioambientales) que permitan mantener la autoestima dentro de los grupos convencionales.

Diez años más tarde, Kaplan (1996), remodela su teoría hacia el concepto de desviación en la llamada teoría integrativa de la conducta desviada. La aportación de este autor se centra fundamentalmente en la visión de que la persona busca el modo de poder valorarse a sí misma, aún en este caso, mediante una conducta desviada.

De acuerdo con este modelo, la conducta desviada se puede fundamentar en expectativas inadecuadas sobre uno mismo, falta de recursos, habilidades y destrezas para el afrontamiento social. La prevención de la conducta desviada debiera promover el desarrollo de una autovaloración favorable. Por una parte, la teoría sugiere la necesidad de crear climas sociales (familiares, escolares, etc.) de aceptación y apoyo hacia el adolescente. Por otra parte, una vía útil en la prevención será proporcionar a los adolescentes habilidades sociales (basadas en la modelación de la conducta) y recursos personales que permitan sostener una auto imagen positiva.

 

4.5 La teoría “multietápica” del aprendizaje social

La llamada teoría “multietápica” desarrollada por Simons, Conger y Whitbeck (1988), integra diversos factores intrapersonales con variables del entorno familiar y grupal. Asume planteamientos del aprendizaje social y reconoce la importancia de los modelos y procesos de reforzamiento, especialmente en el grupo de amigos. La teoría intentará completar las hipótesis del aprendizaje social, explicando qué factores dan lugar a que un adolescente decida unirse a grupos de consumidores.

En la teoría multietápica nos encontramos con un modelo amplio, en el que se acogen muy diferentes factores de riesgo identificados en las investigaciones. Nos presenta un cuadro de factores diferentes para cada momento de implicación en el consumo.

Según esta teoría, para explicar el proceso de involucración en el consumo, pueden definirse tres etapas:

A- Contacto inicial con las drogas; Los factores importantes para explicar esta iniciación serían tres:

1.         Los valores sostenidos por el sujeto; el consumo de drogas se asocia con la preferencia por valores hedonistas, orientados hacia lo inmediato, y con una despreocupación por metas a más largo plazo.

2.         Las características del medio familiar; La falta de calidad en las relaciones familiares tienen una fuerte influencia en los primeros momentos del consumo.

3.         El consumo de drogas en la familia.

B- Aproximación a grupos de amigos consumidores

Como vemos, el modelo plantea que el consumo aparece antes de que se produzca la implicación en grupos de consumidores. El sujeto que ya ha tenido contactos con las drogas “selecciona” como amigos a personas semejantes.

C- Escalamiento hacia un consumo habitual.

A través del consumo en la familia, el consumo en los amigos, el malestar emocional y la falta de habilidades adecuadas de afrontamiento.

El consumo habitual de drogas tendrá importantes consecuencias para el sujeto: el rendimiento escolar se deteriora, no se desarrollan las habilidades de afrontamiento ni las habilidades sociales y se producirá una implicación cada vez mayor con amigos desviados. Todos estos factores agravarán las conductas de consumo. En cuanto a sus implicaciones para la prevención, el desarrollo de las competencias personales y psicosociales es una de las más evidentes. Adquirir estrategias para el afrontamiento de las emociones y de las situaciones problemáticas, desarrollar la autoestima y potenciar las habilidades sociales contribuiría a evitar la iniciación y la progresión en el consumo.

 

4.6 La teoría del autocontrol

A pesar de la difusión de la teoría del control social, en las últimas décadas se le había criticado la escasa atención que prestaba a las diferencias interpersonales. Como otros modelos, esta teoría, (Gottfredson y Hirschi, 1994) se autodefine como una teoría “general” de la conducta desviada. La teoría plantea que todas estas modalidades de conducta son análogas. El consumo de drogas, la delincuencia o las conductas arriesgadas que dan lugar a los accidentes tienen una misma estructura interna. Todas ellas son conductas que proporcionan un placer inmediato y que pueden generar daños en el futuro (daños a la salud, sanciones por parte de los sistemas de justicia, etc.). Las personas no tenemos la misma capacidad para tener en cuenta las consecuencias a largo plazo; por ello, unos individuos tendrán una mayor tendencia a la desviación que otros. Concretamente, los autores señalan que la propensión a realizar conductas desviadas tiene que ver con un “rasgo latente” que denominan “autocontrol“. La capacidad de autocontrol se adquiere a lo largo del proceso de socialización. Si el sujeto adquiere este autocontrol, no se implicará en conductas problema. Si, por el contrario, la socialización “fracasa” en el establecimiento de estas capacidades, el sujeto tiende a “ceder” ante las tentaciones de lo inmediato y, por consiguiente, realizará conductas desviadas.

El autocontrol es perfilado por los autores de la teoría por las siguientes características: por una parte, un bajo autocontrol implica una tendencia a responder ante lo inmediato, despreocupándose del futuro. Por el contrario, los individuos “altos” en autocontrol demoran la gratificación, son capaces de renunciar a los beneficios inmediatos para obtener recompensas futuras. En segundo lugar, la falta de “diligencia, tenacidad o persistencia” es otra de las características de los sujetos con bajo autocontrol; estos individuos tienen preferencia por tareas simples, que produzcan una satisfacción “fácil” de los propios deseos. En tercer lugar, las personas con alto autocontrol son “cautas”; por el contrario, un bajo autocontrol se asocia con la búsqueda de sensaciones intensas y con el deseo de experimentar vivencias arriesgadas y emocionantes. Asimismo, el egocentrismo, la indiferencia ante los deseos o necesidades de los demás y una baja tolerancia a la frustración son trazos característicos de los individuos con bajo autocontrol.


 

4.7  Teoría de la progresión en el consumo

Los trabajos de Kandel conducen a esta autora a plantear este modelo evolutivo en el que el consumo de drogas se va produciendo de un modo progresivo y secuencial, a lo largo de diferentes etapas de tal modo que el consumo de ciertas drogas precede al consumo de otras.

Concretamente Kandel (1975) identifica cuatro etapas en el consumo: Primeramente aparecería el consumo de bebidas de baja graduación (cerveza y vino); el paso siguiente viene dado por el consumo de tabaco y/o de bebidas de alta graduación (licores); tras el consumo de drogas legales, aparece el consumo de cannabis y la cuarta etapa sería la implicación en otras drogas ilegales.

Cada etapa es una condición necesaria, pero no suficiente, para el progreso a la siguiente. De algún modo, cada etapa de consumo es un “factor de riesgo” que favorece el paso a la siguiente. Un individuo que consume drogas legales tendrá una mayor probabilidad de llegar a consumir cánnabis que un no consumidor. Del mismo modo, un consumidor de cánnabis tendrá mayores probabilidades de avanzar hacia otras drogas que un sujeto que únicamente consuma drogas legales. Cada etapa puede hacer más probable el paso a la siguiente por diferentes razones. Ciertos aprendizajes pueden promover nuevas experiencias con las drogas; por ejemplo, utilizar el alcohol para alterar el estado mental hace más probable que se lleguen a buscar efectos semejantes en otros productos. Además, el consumo favorece la participación en grupos de consumidores y, por tanto, aumenta la probabilidad de entrar en contacto con consumidores de otras sustancias. Kandel además examina cuáles son los predictores del consumo. Concretamente, presta atención a cuatro tipos de factores:

1.         Variables familiares.

2.         Variables del grupo de iguales.

3.         Factores intraindividuales.

4.         Implicación en actividades desviadas.

Los factores sociales serían más influyentes en las primeras etapas de consumo, mientras que los factores psicológicos cobrarán mayor peso en las etapas posteriores. La autora señala dos procesos por los que el individuo se ve influenciado: la imitación, tanto de los iguales como de los padres, y el reforzamiento social por parte de los mismos agentes. Sostiene que la calidad de las relaciones con los padres tiene gran relevancia sobre el comportamiento del individuo, en este sentido considera que el papel de los iguales se ha sobreestimado en relación al de los padres. En relación a la influencia de los padres e iguales sobre el adolescente, Kandel (1996) llega a cinco conclusiones:

1.         La influencia de los padres y del grupo de iguales depende del tema concreto de que se trate (estilos de vida, objetivos a largo plazo, etc.).

2.         La influencia de los padres puede ser directa, a través de la calidad y modelo de la relación padres – hijos o indirecta, a través de las interacciones de ambos.

3.         El proceso de influencia de los padres sobre los hijos se produce más tempranamente que el de el grupo de iguales y está más en relación con roles y normas mientras que el de estos se produce a través del modelado.

4.         Los padres pueden influenciar el tipo de iguales con el que sus hijos se relacionan.

5.         El buen rendimiento escolar parece ser un factor de protección para el abuso de drogas.

 La progresión en el consumo se va produciendo desde los 10-12 años hasta los 18-20 años. En este sentido, un aspecto importante de los planteamientos de Kandel es que, cuanto más temprana sea la iniciación en el consumo, más probable es que se produzca un avance hacia etapas posteriores. Sus supuestos son asumidos por múltiples programas de prevención. De acuerdo con Kandel, la prevención debe tener como objetivo retrasar la edad de inicio en el consumo, para evitar el avance hacia patrones problemáticos. Además, previniendo el consumo de drogas legales prevenimos también la progresión hacia sustancias ilegales. Kandel (1996) propone también mejorar el sistema educativo para conseguir una mejora del rendimiento y con ello una reducción del consumo de drogas.

 

4.8 Teoría cognitiva social

En la actualidad es una de las teorías más utilizadas en el campo de las drogodependencias. Se fundamenta en dos principios básicos: El funcionamiento humano se entiende cómo una interacción recíproca entre el ambiente, la conducta y los factores del individuo.

El autor de la teoría cognitiva social, Bandura (1986), propone la existencia de tres sistemas implicados en la regulación de la conducta: los estímulos externos, a través del condicionamiento clásico, las consecuencias de la conducta, refuerzos externos a través del condicionamiento operante y los procesos cognitivos mediacionales, seleccionando los estímulos. El tercer proceso es el aprendizaje vicario, que se define como “el proceso de aprendizaje por observación en el que la conducta de un individuo o grupo (modelo) actúa como estímulo de pensamientos, actitudes o conductas similares por parte de otro individuo que observa la actuación del modelo” (Perry y Furukawa, 1987, en Becoña Iglesias2001, p.167).

Bandura (1986) entiende el funcionamiento de la personalidad cómo una clase de capacidades cognitivas a través de las cuales aprendemos acerca de los sucesos del entorno, los interpretamos y los anticipamos, guiando y motivando nuestras propias acciones. Los tres factores, conducta, factores cognitivos, e influencias ambientales, interactúan de una forma secuencial. La influencia ejercida por los tres tipos de factores variará para diferentes actividades, contextos e individuos. La relación entre la conducta y los factores ambientales es la que ha recibido mayor atención.

Dentro del campo del aprendizaje y la modificación de conducta, Bandura (1986) profundiza en las capacidades básicas de las personas destacando seis capacidades:

1.         Capacidad de simbolización (en relación al uso de símbolos como elemento de adaptación).

2.         Capacidad de previsión.

3.         Capacidad vicaria.

4.         Capacidad autorreguladora (reacciones autoevaluativas de las propias acciones).

5.         Capacidad autorreflexiva (autoconciencia reflexiva).

6.         El carácter de la naturaleza humana (que posee un gran potencial). 

Bandura (1986) formula la teoría cognitiva social produciendo un avance significativo al integrar los elementos de su teoría del aprendizaje social junto con el constructo de auto eficacia. La teoría de la auto eficacia se centra en el pensamiento que un individuo tiene acerca de su capacidad para actuar. De esta forma los juicios de eficacia son determinantes próximos de una clase de procesos psicológicos que son fundamentales para la adaptación. En relación con la autoeficacia, Bandura (1977) distingue dos tipos de expectativas: las expectativas de resultado, que suponen la percepción de que una conducta determinada producirá un resultado concreto y las expectativas de eficacia (que es en realidad la autoeficacia) que se refiere al éxito de la conducta necesaria para producir ese resultado concreto.

La autoeficacia, constructo de gran actualidad en el campo de la prevención de las drogodependencias, es el componente central de la teoría cognitiva social y constituye en ella el elemento explicativo fundamental así como un potente predictor de la adquisición, mantenimiento o abandono de la conducta.

En relación con el campo de las drogodependencias, esta teoría considera las siguientes premisas:

· La conducta adictiva depende de la variable que supone las creencias sobre los efectos de la conducta de consumo.

· Las cogniciones sobre la conducta adictiva también dependen de la interacción social y de las experiencias personales.

· Son determinantes fundamentales del consumo los significados funcionales que se relacionan con el uso de la droga, comparados con la eficacia esperada de otras conductas alternativas.

· Los hábitos de consumo se profundizan con el aumento del estrés y al limitar las opciones de conductas alternativas.

· Es importante en la recuperación el desarrollo de habilidades de afrontamiento alternativas.

Este modelo realiza grandes aportaciones a los programas de prevención de drogodependencias. En efecto, partiendo de los principios del aprendizaje vicario (observacional o mediante modelos), Bandura realiza una importante aportación metodológica proponiendo las técnicas del modelado para adquirir y eliminar conductas, dado que el aprendizaje de habilidades sociales (componente fundamental de los programas preventivos) tiene su base fundamental en las técnicas de modelado de la conducta.

Los medios de comunicación de masas constituyen una poderosa fuente de modelos (como hemos subrayado, en esta teoría el proceso de modelado tiene gran importancia en la conducta). La influencia de los medios de comunicación sobre las conductas y las creencias, es otro de los factores tratados en los programas preventivos a través de elementos de este modelo como son la autoeficacia, modelado, motivación, retención etc.

 

4.9  El modelo del desarrollo social

Este modelo publicado por Catalano y Hawkins (1996), recoge de la teoría del aprendizaje social la asunción de que el individuo se guía por la satisfacción que espera recibir de las actividades en las que se implica. Así mismo se asume que existe un consenso normativo social.

El modelo pretende ser un esquema explicativo de diferentes tipos de conducta problemática, ubicando el foco de atención en el proceso de socialización. Del tipo y peso de vinculación del sujeto con el medio social se desprenderá un comportamiento u otro. Catalano y Hawkins (1996) denominan conducta antisocial a aquellas conductas que son vistas fuera del consenso normativo de lo que es una conducta social aceptable, o la violación de los códigos legales (entre ellos, el uso ilegal de drogas). 

Para que se formen vínculos con cualquier entorno psicosocial el sujeto debe percibir oportunidades para interactuar e implicarse en ese medio social; ha de interactuar con ese entorno, participando en sus actividades y en su dinámica, ha de tener habilidades y recursos personales para desarrollar esas interacciones y deberá percibir que la implicación con ese grupo social le supone algún tipo de recompensa. La percepción de que los entornos prosociales son recompensantes creará vínculos afectivos con ellos y, finalmente, se interiorizarán valores convencionales. Estos valores inhibirán, de un modo directo, la aparición de conductas desviadas, como el consumo de drogas.

Becoña Iglesias (2001) destaca la incorporación de tres elementos básicos en esta teoría:

1.         La inclusión en un mismo modelo tanto de la conducta delincuente como la del uso de drogas.

2.         Una perspectiva de desarrollo que facilita el análisis en cada periodo evolutivo. No se asume que la conducta sea estática o se deba a rasgos de personalidad sino modificable a través de eventos en distintos contextos.

3.         La inclusión de los factores de riesgo y protección para la delincuencia y el uso de drogas.

El modelo, incorpora planteamientos de la Teoría del Control Social utilizándola para identificar los elementos causales de la conducta antisocial. De ella se asume que la conducta del individuo está influenciada por las normas y valores de aquellos a los que el individuo está vinculado. La Teoría del Aprendizaje Social también es integrada en relación con la identificación de los procesos de mantenimiento o extinción de los comportamientos antisociales y la Teoría de la Asociación Diferencial lo es para identificar las causas en los procesos prosociales y antisociales. De todo ello se deduce que las familias, la escuela y los grupos de iguales son los lugares adecuados de prevención dependiendo de la etapa de desarrollo del individuo.

Desde este modelo Becoña Iglesias (2001) describe que el proceso de socialización de los niños implica cuatro constructos: las oportunidades percibidas para implicarse en actividades e interacciones con otros, el grado de implicación e interacción, las habilidades necesarias y el reforzamiento que supone este proceso. 

En el periodo evolutivo de la adolescencia, adquieren especial utilidad los programas de competencia psicosocial; éstos permitirán dotar a los individuos de habilidades para reducir la interacción con consumidores y, sobre todo, para lograr un funcionamiento adecuado en los entornos prosociales. Las habilidades para valorar las consecuencias de la propia conducta, para establecer relaciones sociales satisfactorias y para tomar decisiones responsables podrán potenciar el éxito en los medios prosociales y, por tanto, fomentar el apego a ellos. En este modelo es importante el nivel de reforzamiento percibido, así pues los factores que mejoran este aspecto deben tener fuerza para dirigir la conducta hacia actitudes prosociales. En este sentido los programas de prevención incluyen ciertas habilidades emocionales, cognitivas y conductuales que facilitan la comunicación, la expresión la solución de problemas, etc. Atendiendo al modelo de desarrollo social, el diseño de programas preventivos debe contemplar aquellos procesos causales que llevan al consumo de drogas. Siguiendo a Catalano y Hawkins (1996), las implicaciones de las intervenciones preventivas en este modelo son:

1.         Cada uno de los elementos causales es un elemento potencial de intervención.

2.         Puede ser necesario usar intervenciones múltiples, como múltiples son los factores que modelan el comportamiento.

3.         Se busca potenciar los factores que promueven la conducta prosocial, así como interrumpir los que favorecen la conducta antisocial.

4.         Se debe intervenir tempranamente, dada la importancia del vínculo previo sobre la futura conducta. Dado que la conducta previa se relaciona con la `posterior, cuanto antes se intervenga en la previa del modo adecuado, mejor resultado obtendremos en la conducta posterior.

5.         Las intervenciones se deben adecuar a la etapa de desarrollo.


 

4.10 La teoría de la “conducta problema” y la teoría para la conducta de riesgo de los adolescentes

En el modelo de la conducta problema Jessor y Jessor (1997) organizan hasta 50 factores diferentes pertenecientes a ámbitos como la personalidad, los contextos socializadores o el entorno sociocultural. Es un modelo complejo, abarcando numerosos campos y factores de influencia.

Explica el desarrollo de diferentes conductas consideradas como problemáticas durante la adolescencia: el consumo de drogas, la delincuencia o las actividades sexuales prematuras y/o arriesgadas. Esta teoría fue una de las primeras en reconocer que diferentes tipos de conducta desviada respondían a iguales determinantes. De acuerdo con la teoría, de la conducta problema, definida como aquella que socialmente está definida como un problema según las normas de la sociedad convencional (Luengo Martín et al, 2002), ésta es propositiva, instrumental y funcional. El adolescente se implica en estos comportamientos con el fin de lograr ciertas metas importantes en su desarrollo. Por ejemplo, la conducta problema puede ser una vía para ganar respeto y aceptación en el grupo de amigos, para establecer la autonomía respecto de los padres, para enfrentarse a la ansiedad o a la frustración, a la anticipación de fracaso, etc. Jessor sostiene que no hay nada irracional o psicopatológico en tales metas. Son objetivos característicos del desarrollo psicosocial, de modo que la intervención debe proporcionar recursos para lograr esas mismas metas, pero de un modo saludable.

Siguiendo el análisis que realiza Becoña Iglesias (2001) sobre esta teoría, primeramente el modelo nos presenta una serie de variables “antecedentes”, que sirven de “telón de fondo” para la aparición de otras influencias más directas. Entre esas variables se encuentran factores de carácter sociodemográfico (estuctura familiar, ocupación y educación de los padres) y factores relacionados con experiencias de socialización (ideología en los padres, clima familiar, la exposición a los medios de comunicación). Pero el núcleo de la teoría está representado por la interacción entre dos tipos de factores: personales y socioambientales. Estos componentes reciben el nombre de “sistema de personalidad” y “sistema de ambiente percibido”. Cada uno de estos sistemas está configurado por diferentes factores. Algunos de ellos serán más distales y otros serán más próximos a la conducta problema. Además, algunos de ellos serán factores que favorecen la conducta problema y otros serán factores inhibidores.

Dentro del sistema de personalidad nos encontramos con tres conjuntos de variables: la llamada “estructura motivacional”, hace referencia al tipo de objetivos por los que lucha el individuo y las expectativas para lograrlos. Se incluyen aquí el valor concedido al rendimiento académico o a la independencia. El sujeto estará en riesgo de conducta problema si la independencia de los padres es una meta fundamental, si el rendimiento académico es poco valorado o si tiene bajas expectativas de éxito en el mundo escolar.

Un segundo conjunto está representado por la “estructura de creencias personales”. En él se integran distintas creencias sobre la sociedad, sobre el propio individuo y sobre las relaciones entre el individuo y la sociedad. Forman parte de esta estructura la autoestima, el inconformismo, la alienación respecto de la sociedad convencional y el lugar de control. El sujeto será vulnerable a la conducta problema si es crítico respecto a la sociedad y está culturalmente alienado de ella, si tiene una baja autoestima y si presenta un lugar de control externo.

En cuanto al componente sociambiental, se da relevancia al ambiente tal y como es percibido por el sujeto. En él se integran dos subcomponentes. La estructura “distal” hace referencia a la orientación del adolescente hacia su familia o hacia sus amigos. En la estructura distal se incluyen variables relativas al apoyo y control percibido por parte de los padres y por parte de los amigos, y la compatibilidad entre ellos. El sujeto será más vulnerable a la conducta problema si está más influido por sus amigos que por sus padres. En la llamada estructura “próxima” se incluyen variables más directamente relacionadas con la conducta problema. Estas variables se refieren a la prevalecía y a la aceptación de la conducta problema en los contextos psicosociales. La integración en contextos en los que se realizan y se aprueban las conductas desviadas conduce a la aparición de conductas problema en el individuo. La interacción entre los factores personales y el ambiente percibido dará lugar a un patrón de conductas desviado (“estructura de conducta problema”) o ajustado a las normas (“estructura de conductas convencionales”).

Deduciendo de la teoría de la conducta problema la implicación en un consumo de drogas vendría determinada por los siguientes factores:

1.         En la estructura distal vendría facilitado por un bajo apoyo y control parental, bajo control de los iguales, baja influencia de los padres sobre los iguales, etc.

2.         En la estructura próxima, la baja desaprobación parental de la conducta problema y una alta aprobación de los amigos hacia ella.

Jessor (1992) reformula la teoría y elabora una teoría más comprensiva y ampliamente aceptada: la denominada teoría para la conducta de riesgo de los adolescentes. Los avances científicos en el campo de la interpretación de la conducta, exigían la inclusión de un gran número de variables, sobre todo en relación con la interacción persona –contexto. De un modelo relativamente simple se pasa a otro donde la complejidad es lo característico. El autor define conducta de riesgo como “cualquier conducta que puede comprometer aquellos aspectos psicosociales del desarrollo exitoso del adolescente” (Jessor 1992, p.559). Jessor considera cinco grupos de factores de riesgo o protección:

1.         Biológico/genético; historia familiar de consumo, inteligencia etc.

2.         Medio social; la ya aludida pobreza, la desigualdad social, escuelas de calidad, familia cohesionada, recursos, adultos interesados, etc.

3.         Medio percibido; modelos de conducta desviada o convencional, conflictos normativos entre padres y amigos, nivel de control de la conducta desviada, etc.

4.         Personalidad; percepción de oportunidades, autoestima, valoración de la salud, del riesgo, etc.

5.         Conducta; rendimiento escolar, participación en actividades sociales, deportivas, religiosas, etc.

 La complejidad a la que aludíamos queda clara al interrelacionar estos factores entre sí.

De cara a la prevención de drogodependencias, esta teoría aboga por un abordaje comprensivo más que parcial donde se reduzcan los factores de riesgo y se aumenten los de protección con la idea de un cambio en el estilo de vida. La teoría da un gran peso a la pobreza organizada socialmente, la desigualdad y la discriminación como factores de riesgo, estos factores del ámbito de la política económica y social deben suponer, según el autor, una parte fundamental en las políticas de control de drogas.

 

4.11Teoría de la influencia triádica

Aunque ceñido a todos los problemas relacionados con la salud, este modelo (Flay y Pretraitis, 1994) destaca en la explicación de la conducta de consumo de tabaco. Es una teoría comprensiva que agrupa elementos de otros modelos como el de la conducta planificada, el aprendizaje social, las basadas en características intrapersonales, etc. Constituye pues una de las más modernas revisiones sobre los distintos modelos teóricos que hemos ido reflejando.

Las causas de la conducta son explicadas por los autores en los niveles actitudinal (influencias ambientales y de valores), social (influencias contexto-situación social, vínculos sociales, aprendizaje social y creencias normativas) e intrapersonal (habilidades sociales, autocontrol, etc.). Al mismo tiempo que estos factores tienen una influencia sobre la conducta de forma independiente, se produce una influencia recíproca entre los elementos de los distintos niveles, lo cual da una idea de la complejidad y la variabilidad que hay entre los distintos elementos que consideran los autores.

Flay y Pretraitis, (1994) diferencian entre tres niveles de influencia: el nivel próximo, es el nivel predictible, centrado en aspectos de la conducta como por ejemplo las decisiones tomadas en relación a los consumos de drogas. El nivel distal, agrupa las causas menos directas de la conducta como los valores generales de la vida y el nivel último se refiere a aquellos elementos que se sitúan fuera del control del individuo (situación social, ambiente cultural, etc.)

La tabla 7 recoge los factores que según estos autores influyen en las intenciones decisiones y conducta.

 

 

Biología y personalidad

Þ          Competencia social

Þ          Habilidades sociales

Þ          Sentido de uno mismo

Þ          Autodeterminación

 

Ambiente cultural

Þ          Valores

Þ          Evaluación personal, financiera y social

Þ          Conocimientos

Þ          Expectativas

 

Contexto social

Þ          Otras actitudes y conductas

Þ          Normas percibidas

Þ          Vínculos

Þ          Motivación a acomodarse

 

TABLA 7 (Adaptado de  Flay y Pretraitis, 1994)                     

Según la teoría de la influencia triádica la autoestima y el autoconcepto, dos importantes constructos en prevención de drogodependencias, se ven favorecidas por el aprendizaje de las habilidades sociales, concretamente por la habilidad de controlar las acciones y de controlar el estado de ánimo (relacionadas en el cuadro anterior con el sentido de uno mismo y la competencia social). De igual forma, el modelo otorga gran importancia a otro constructo integrado en los programas preventivos actuales: la toma de decisiones. Siguiendo a Flay y Pretraitis, (1994) la toma de decisiones es un proceso dinámico influenciado por la retroalimentación que se deriva de las experiencias y conductas en relación con la salud. Becoña Iglesias (2001) resalta las implicaciones de esta teoría en la promoción de la salud, destacando la posibilidad de intervención de forma parcial o total sobre los elementos que la componen.

 

4.12 Modelo comprensivo y secuencial de las fases del consumo de drogas

Con vocación integradora, Becoña Iglesias (2001) reúne los elementos de los modelos teóricos que presentan un mayor peso experimental y que ya  hemos presentado. Resumimos aquí este esfuerzo integrador de Becoña Iglesias por resultar sumamente útil, tanto a la hora de ser operativo en el diseño de programas preventivos como para la implementación de los mismos, como es el caso que nos ocupa. El modelo pretende ser comprensivo a través de una perspectiva secuencial. Becoña Iglesias (2001) parte del consenso general sobre la idea de que existen una serie de etapas características en el consumo de drogas. Estas etapas se suceden como sigue: Etapa previa al conocimiento o inicio del consumo, etapa de conocimiento, fase de inicio al consumo, de consolidación, de mantenimiento y finalmente de abandono.

En la etapa previa al conocimiento o inicio del consumo predominan los factores de predisposición, factores que están presentes en el momento en que la persona puede llevar o no a cabo el consumo. Los factores de predisposición pueden ser de tres tipos: biológico, psicológico y socio-cultural, los tres interaccionan a un tiempo y se influencian mutuamente en una persona concreta.

Los factores biológicos están siendo ampliamente estudiados en la actualidad. Por el momento parece que la explicación genética del consumo de drogas afecta a un reducido porcentaje del total de las personas con problemas de adicción (Becoña Iglesias 2001). Miller (1997), tras realizar estudios genéticos basados en sustratos biológicos y modelos neuroquímicos para las distintas drogas, apunta a que varios neurotransmisores relacionados con el centro de recompensa pueden estar implicados en las conductas adictivas como los opioides pépticos, la dopamina, la serotonina y la norepinefrina. Para este autor los factores genéticos contribuyen a la vulnerabilidad mientras que los factores ambientales lo hacen a la exposición.

La predisposición socio-cultural constituye en muchos casos uno de los elementos más importantes de todo el proceso explicativo para el consumo de drogas. Esto, como ya hemos recogido de varios autores, se hace más patente en el caso del tabaco y del alcohol que en algunos casos constituyen auténticos imperativos culturales (Westermeyer, 1996). Becoña Iglesias incide en que en esta etapa el elemento cultural modula las expectativas, creencias, conductas, etc. Y en otro orden, el comercio el intercambio, la vida social, el ocio, la publicidad, etc. Es fácil deducir que cambiar valores, creencias y finalmente conductas en la esfera socio-cultural es sumamente difícil. Ello supone cambios políticos y legislativos. Se desprende de aquí que es necesario un buen conocimiento de estos factores desde el ámbito preventivo de la drogadicción.

Desde la predisposición psicológica, Becoña Iglesias (2001) señala tres elementos centrales: la personalidad el aprendizaje y la inteligencia. A nivel operativo se pretende conocer los rasgos de personalidad, definidos por Becoña Iglesias (2001, p.263) como “tendencias habituales de comportamiento de las personas”. Como ejemplo de algunos rasgos de personalidad que, como veremos, se incluyen en los factores de riesgo del consumo de drogas, podemos citar los de búsqueda de sensaciones, rebeldía e impulsividad. La inteligencia, definida en el mismo texto por Becoña Iglesias como “capacidad o habilidad de aprender de la experiencia, pensar en términos abstractos y funcionar adecuadamente en su propio ambiente” (Becoña Iglesias, 2001 p.264), facilita el aprendizaje y es un elemento básico para nuestra adaptación y desarrollo. Básicamente por ello, está considerada entre los factores de protección para el consumo de drogas (Jessor, 1992)

Para Falk (1996) el abuso de drogas depende de las propiedades intrínsecas de la droga, de las características de los consumidores y de las circunstancias del contexto. Cuando una persona tiene problemas de estado de ánimo y los alivia mediante el uso de la droga, ve su conducta reforzada. Esto puede producir el proceso de generalización del estímulo (Falk, 1996), entonces ante cualquier problema de manejo de estado de ánimo se produce el consumo.

En la etapa de conocimiento, que puede llevar o no al consumo, la experimentación se realiza con una sustancia que se conoce y que está disponible. Becoña Iglesias (2001, p.267) destaca como elementos clave en esta fase: “La interacción mutua del ambiente con el aprendizaje, el proceso de socialización y las expectativas va a ser importante en la vida del individuo”.

En este momento es crucial la percepción del riesgo que los individuos tienen sobre cada una de las sustancias adictivas que ven en casa, en su ambiente social, en los medios de comunicación, etc. También son importantes otros ambientes como el escolar y el barrio. Todos estos ambientes, realmente no elegidos por el sujeto, son los que Becoña Iglesias señala como “ambientes dados” en contraposición con los “ambientes seleccionados”, que son aquellos que la persona elige. En la mayoría de los modelos presentados el ambiente constituye una variable de gran relevancia a la hora de ofrecer oportunidades a la persona. Efectivamente, este modelo realza la importancia que en esta fase tiene el medio en el que se desenvuelve el sujeto, a través de la influencia que ejercen en él los procesos de socialización y de aprendizaje. Es a través de la socialización como el individuo adquiere el autoconcepto, constructo que ha ido adquiriendo un peso importante en prevención (Kaplan, 1996), y que es esencial para el desarrollo de una personalidad integrada. Craig (1996) resume los factores que influyen en el autoconcepto del niño en los siguientes elementos:

1.         Las percepciones de otros (padres, profesores, compañeros, etc.).

2.         La evaluación de los pros y contras personales.

3.         La imagen personal.

4.         La percepción de la propia salud.

5.         Los valores sociales.

6.         Las expectativas y nociones de lo ideal.

7.         Las experiencias del yo en el mundo.

 En este punto y en el periodo crítico de la adolescencia, es vital el núcleo familiar como agente más importante de socialización, seguido de la escuela, compañeros y medios de comunicación. La mayor influencia de la familia se produce en la infancia, a través de refuerzos y castigos y, en ocasiones, se mantiene toda la vida. Desde el punto de vista de la prevención de drogodependencias, hoy es bien conocida la influencia sobre el tipo de personalidad que va a desarrollar el niño y, por lo tanto sobre el comportamiento, que tienen factores como por ejemplo el estilo de educación parental, los estereotipos de género o el nivel de atención hacia los hijos. Becoña Iglesias (2001) integra estos elementos en dos: el control paterno y la calidad paterna según el nivel de restricción, la calidez, el afecto y la calidad paterna. Craig (1996) apunta como factores de riesgo los estilos parentales indiferentes (poco control y poca calidez), autoritarios (mucho control y poca calidez. Normas con poca participación de los hijos y escasa independencia) y, en el otro polo, los demasiado permisivos (poco control y mucha calidez). Por el contrario el estilo autoritativo acepta y alienta la progresiva autonomía de los hijos, permitiendo una comunicación con ellos y adoptando unas reglas flexibles que tienen como base el consenso.

Becoña Iglesias (2001) destaca que dentro del proceso de socialización, la función que cumplen los iguales es múltiple; proporcionan oportunidades para el aprendizaje de habilidades sociales, contribuyen a establecer valores sociales, a ajustar el autoconcepto con la realidad, etc. Dentro del grupo de iguales hay que considerar al hermano, o a los hermanos, como elemento influyente en la socialización del niño y del adolescente (Craig, 1996).

En el contexto escolar se hacen explícitos los objetivos educativos que guían el proceso de modelado por parte de los profesores y de los compañeros. En este contexto se intenta infundir valores, fomentar hábitos y habilidades de trabajo, etc.

Dentro del proceso de socialización de las personas, tenemos que reconocer que hoy día la televisión es un elemento más en nuestra cultura occidental. A sí como este medio puede ser altamente beneficioso cuando se selecciona adecuadamente la información, también puede tener claras influencias negativas en aspectos como la agresividad, los roles de género, etc. En la sociedad americana (Craig, 1996) se ha llegado a recomendar ciertas restricciones en edades tempranas del uso de la televisión.

 Es claro que la sociedad anatematiza las drogas ilegales en relación a las ilegales. Conforme la persona va avanzando en edad y en deseo de autonomía, ese conocimiento de las drogas legales aprendido del contexto del individuo empezará a ser activo, hecho impulsado por la facilitación para el consumo de las drogas legales por la sociedad. En este punto es normal que se produzca la prueba de la sustancia.

Dentro de los factores que Becoña Iglesias (2001) incluye en la fase de conocimiento, están las expectativas, definidas como “las creencias percibidas sobre el futuro”, y más adelante como “un elemento cognitivo de la persona que le permite anticipar o esperar un evento en particular” (Becoña Iglesias 2001, p.276). Becoña Iglesias  recoge en su modelo el trabajo sobre las expectativas de Bandura (1977) y su incidencia sobre la autoeficacia que ya hemos comentado.

Lógicamente la fase de experimentación no tiene porque llevar al consumo, siendo por tanto otra cuestión bien distinta, el paso a la fase que presenta a continuación el autor de este modelo en relación con la persistencia en el consumo (etapa de inicio al consumo).

La etapa de inicio al consumo, se inicia con un consumo esporádico que busca claros beneficios subjetivos de tipo emocional, social, personal, etc., y que acaba en dependencia de la sustancia. Los factores de riesgo y protección para el consumo de drogas adquieren en este momento la máxima relevancia en relación con la conducta del individuo. Hoy se dispone de gran cantidad de información sobre estos factores (que presentaremos más adelante), lo cual facilita la adecuación del diseño de los programas preventivos. Becoña Iglesias (2001) incluye aquí los factores relativos a la disponibilidad, la accesibilidad y el precio de la sustancia (como sabemos las drogas legales están disponibles a todas horas y son sumamente accesibles y baratas). En esta etapa de experimentación, según todas las estadísticas, se evidencia la relación entre consumo y percepción de riesgo de la sustancia. Esto es; mayores percepciones de riesgo hacia una sustancia suponen menores consumos de la misma. Actualmente esta relación está contemplada en los programas de prevención de drogodependencias a través de contenidos que incluyen información adecuada a la edad y al contexto. Los datos de consumo de drogas en España en jóvenes de 14 a 18 años (Observatorio Español sobre Drogas 2002), nos muestran que la idea que tienen sobre el riesgo de las distintas drogas es inversa a los niveles de consumo de cada una de ellas. En este punto Becoña Iglesias (2001) precisa que se necesita clarificar más adecuadamente esta importante variable para conseguir que las personas puedan tener la percepción de riesgo real sobre cada una de las sustancias, más que el riesgo subjetivo sobre cada una de ellas.

 Las campañas publicitarias van dirigidas a incrementar el mercado de consumo de las drogas legales. Se necesita sustituir a los consumidores que abandonan el uso del alcohol o del tabaco por motivos de morbilidad o mortalidad, por jóvenes que garanticen la continuidad y aumento de las ventas. La percepción de riesgo real de las drogas legales que tiene un niño o un adolescente está influenciada por la publicidad y por el consumo de dichas drogas que percibe en su entorno. Para el niño que ve como a su alrededor las personas consumen drogas legales sin ninguna coacción, que las ven anunciadas en los periódicos, revistas, televisión (alcohol directamente e indirectamente el tabaco), la idea que acarrea es que su consumo no entraña riesgos. Cuando el adolescente escucha mensajes que abogan por un mayor control de las drogas, no entiende que se planteen dichos mensajes para unas drogas y no para otras o que se pretenda regular algo en donde la Hacienda Pública es una de las más beneficiadas a través de los impuestos, sin contar los puestos de trabajo que se perderían si realmente se llegara a un control eficaz. La prevención de drogodependencias se centra básicamente en las drogas legales y hoy, se incluye el análisis de la publicidad sobre estas drogas como uno de los elementos centrales de los programas.

Junto a la percepción de riesgo de una sustancia, las creencias, actitudes, normas interiorizadas, valores e intenciones que se tengan sobre ella, van a ser elementos predictores de la experimentación de esa sustancia. Como hemos visto reflejado en el modelo de la acción razonada (Fishbein y Ajzen, 1975), los factores de riesgo y protección en relación con la experimentación y el consumo de drogas se relacionan con estos componentes sin olvidar su interacción y dependencia con otros elementos que Becoña Iglesias reúne en su modelo comprensivo y secuencial como la disponibilidad, accesibilidad, precio de la sustancia y los factores de predisposición hacia el consumo. En esta fase de inicio al consumo se añaden los elementos de la socialización (familia, escuela, iguales, medios de comunicación) a los factores ya comentados, influyendo sobre esas creencias, actitudes, normas interiorizadas, valores e intenciones. El adolescente, inmerso en esos ambientes de socialización, va adquiriendo habilidades para afrontar las distintas situaciones. En los programas preventivos actuales (elaborados a partir de los modelos teóricos explicativos de la conducta adictiva) tiene obligada cabida el entrenamiento de estas habilidades de afrontamiento (estilo asertivo, toma de decisiones etc.)

En la fase de consolidación del consumo, Becoña Iglesias (2001) dice que una vez producida la prueba de la sustancia, el elemento fundamental que va a mantener el consumo son las consecuencias positivas o negativas que le siguen, tanto en la misma persona como a través de los refuerzos positivos o negativos por parte de los elementos próximos de socialización del sujeto.

A partir de la fase de consolidación se corre el riesgo añadido de consumir otras sustancias. A esta fase le sigue la de mantenimiento y finalmente de producirse, la de abandono.


 

     4.13 La prevención del tabaquismo y el modelo integrador Bio-psico-social.

Hoy se está de acuerdo (U.S.D.H.H.S.,1989) en que existen tres factores determinantes fundamentales del hecho de fumar:

1.         Los procesos cognitivos y de toma de decisiones; el modo en que las personas procesan la información y toman decisiones sobre la conducta de fumar.

2.         Características personales y contextuales; en relación con la personalidad y con el contexto social, cultural y económico.

3.         Los procesos farmacológicos y de condicionamiento; factores básicos que relacionándose entre sí producen la adicción y por lo tanto actúan en el mantenimiento de la conducta de fumar.

Para explicar la etapa de adquisición y consolidación del hábito tabáquico, Becoña Iglesias (2001) expone un conjunto de amplio espectro de causas del comportamiento humano fundamentadas en bases biológicas, psicológicas y sociales, que tienen su base en el modelo integrador de este autor, que hemos comentado. Los factores que presenta Becoña Iglesias en el cuadro que sigue, constituyen en realidad una relación de factores de riesgo relacionados con el consumo de tabaco que posee un gran valor desde el punto de vista preventivo. Dado que más adelante analizaremos los factores de riesgo, pasamos a esquematizar sencillamente los elementos propuestos por Becoña Iglesias (2001):

1- Factores de predisposición

·        Normas y valores de los pares y de la familia sobre fumar.

·        Inclinación hacia conductas problema.

·        Anticipación de la adultez.

·        Extraversión.

·        Creencias tabaco salud.

·        Aceptación social del consumo.

2- Características sociodemográficas

·        Sexo.

·        Edad.

·        Clase social.

·        Ocupación.

·        Estudios.

3- Disponibilidad

4- Coste económico

5- Publicidad y presión social al consumo

6- Factores cognitivos y de expectativa ante el tabaco

           7- Carencia de estrategias de afrontamiento ante el aburrimiento y  el control del peso corporal

8- Efectos fisiológicos y psicológicos de los primeros cigarrillos

Algunos de estos factores además de su peso en el periodo de experimentación del tabaco, facilitan también el paso a su uso regular junto con otros factores resultantes de la conducta de fumar. Becoña Iglesias (2001) destaca cinco factores causantes de la consolidación del consumo de tabaco:

1.         Los efectos psicofarmacológicos de la nicotina: se evidencian a través de los ya aludidos efectos reforzantes positivos y negativos de la nicotina. El poderoso efecto psicofarmacológico de la nicotina se traduce al final en un elemento regulador de la relación de la persona fumadora con su ambiente. De esta forma la conducta de fumar pronto es bien asentada en el individuo.

2.         Las asociaciones condicionadas con fumar: Fumar sirve a la persona fumadora como una estrategia de afrontamiento ante distintas situaciones, reduce el estrés, aumenta la sensación de mejora en sus relaciones sociales, le sirve para controlar el peso. El control del peso corporal es un factor relevante que la investigación ha revelado como problemático a la hora de abandonar el consumo, sobre todo en mujeres (Plan Nacional sobre Drogas, 2001).

3.         La negación, minimización o despersonalización de las consecuencias del tabaco en la salud: el fumador regular no reconoce los datos, hoy totalmente accesibles, en relación a la salud. Las consecuencias del tabaco sobre la salud son minimizadas. Los jóvenes fumadores piensan que los problemas derivados del tabaco no les atañen a ellos, no ya a corto plazo, ni siquiera a largo plazo. Las “utilidades“que para el fumador posee el acto de fumar contrarrestan los argumentos en su contra.

4.         La utilización del tabaco como herramienta psicológica. Una vez que se ha probado un cigarrillo, si siguen otros, las causas de hacerse un fumador regular son tanto fisiológicas como psicosociales. Estas causas psicosociales adquieren el total protagonismo en la conducta de iniciación pero también son de gran relevancia en la conducta de mantenimiento. Desde el punto de vista del comportamiento fumar es una conducta regulada por sus consecuencias inmediatas. Su elevada capacidad de repetición es el resultado del premio que conlleva la conducta de fumar.

5.         La aceptación, facilitación y potenciación del consumo en el medio del fumador: La familia y el grupo de iguales favorecen en muchos casos la adquisición y el mantenimiento de la conducta de fumar. Los adolescentes aprecian sobradamente que tanto en el tabaco como en el alcohol, existen intereses económicos, tanto de particulares como de la propia administración pública, a través de impuestos, que suponen la frontera de lo legal e ilegal, más que otras consideraciones sobre la peligrosidad de los consumos. Buceta y Bueno (1995) sugieren que de esta forma pueden llegar a asumir que si sus padres consumen unas drogas legales, a veces abusivamente, entonces ellos también lo pueden hacer tanto con esas drogas legales como con otras drogas.

Los medios de comunicación dirigen sus mensajes a las edades tempranas, utilizando elementos simbólicos relevantes para los jóvenes. Todavía vemos el patrocinio de las empresas tabaqueras en grandes eventos deportivos, musicales u otro tipo de acontecimientos de relevancia para los jóvenes.

                                               


 

5. FACTORES DE RIESGO Y DE PROTECCIÓN

La investigación etiológica del consumo de drogas es necesaria para el diseño de programas preventivos. Este tipo de investigación ha llevado en los últimos años a proponer la existencia de una serie concreta de factores de riesgo y de factores de protección para el consumo de drogas. Gracias a ello se han propuesto distintas teorías y modelos fundamentados en los mismos, que han servido para la elaboración de programas preventivos. Se entiende por factor de protección “un atributo y/o característica individual, condición situacional, y/o contexto ambiental que inhibe reduce o atenúa la probabilidad del uso y/o abuso de drogas o la transición en el nivel de implicación con las mismas” (Clayton, 1992, p.16 en Becoña Iglesias 2002). En el mismo orden se entiende por factor de riesgo “un atributo y/o característica individual, condición situacional, y/o contexto ambiental que incrementa la probabilidad del uso y/o abuso de drogas o la transición en el nivel de implicación con las mismas” (Clayton, 1992, p.15 en Becoña Iglesias 2002).

El término “factor de riesgo” fue usado por Stamler en 1958 (Arnold Kuller y Greenlick, 1981) y fue inicialmente aplicado en prevención de las enfermedades cardiovasculares. Hoy día cualquier diseño de intervenciones sobre prevención requiere el conocimiento de los factores de riesgo etiológicos para el inicio, la continuación y el abuso de drogas. Otra definición de los factores de riesgo se refiere a  aquellas circunstancias personales, sociales o relacionadas con la sustancia, que hacen más probable que un sujeto se inicie el consumo de drogas (FAD, 2002 d) o siguiendo a Luengo Martín et al (2002); una característica (personal, familiar, grupal o social) cuya presencia aumenta la probabilidad de que se produzca un determinado fenómeno.

 Los factores de riesgo y protección son hoy parte fundamental del campo de la prevención de drogodependencias por la ayuda que ofrecen a la hora de descifrar procesos que ayuden en la sistematización del trabajo preventivo. La interacción de los diferentes factores de riesgo individuales, microsociales y macrosociales, así como su cantidad, se relaciona con un mayor riesgo de consumo de drogas.

El que un individuo muestre factores de riesgo no determina el desarrollo de conductas problemáticas; sino que aumenta la probabilidad de que ocurra; los factores de riesgo son elementos predictores, pero no implican una causación directa y lineal (Luengo Martín et al, 2002). El factor de riesgo es algo previo y podemos conocerlo antes de que ocurran las conductas.

De la investigación etiológica del consumo de drogas, se desprenden supuestos universalmente aceptados en relación con los factores de riesgo y protección, que Becoña Iglesias (2002) resume así:

1.         Un simple factor de riesgo puede tener múltiples resultados.

2.         Varios factores de riesgo y de protección pueden tener un impacto en un solo resultado.

3.         El abuso de drogas puede tener efectos importantes en los factores de riesgo y protección.

4.         La relación entre los factores de riesgo y protección entre sí y las transiciones hacia el abuso de drogas, pueden estar influidas por las normas relacionadas con la edad.

Offord y Kraemer (2000), aportan una clasificación de los tipos de riesgo según su capacidad de manipulación. Definen el riesgo fijo como aquel que no puede cambiarse, como el sexo o la fecha de nacimiento, el riesgo variable podría cambiar espontáneamente dentro del sujeto o como resultado de una intervención y el riesgo causal puede ser un factor manipulable, de forma que se cambia la probabilidad del resultado de una conducta.

Bukoski, Donohew y Sypher (1980) afirman que la investigación etiológica ha demostrado que las actuaciones en prevención deben tener en cuenta cuatro niveles de factores de riesgo: individual, familiar, del grupo de compañeros y comunitario. En relación con los factores de riesgo contextuales, estos autores describen cuatro tipos de programas de prevención: programas informativos (descriptivos, campañas, charlas, videos, pegatinas, etc.), los programas educativos (habilidades psicológicas y sociales, autoconocimiento, etc.), los programas alternativos (suministran oportunidades de atención y actividades alternativas) y los programas de intervención (para individuos en riesgo, rehabilitación, etc.).

Hoy conocemos relativamente bien los factores de riesgo y protección para el consumo de drogas, incluso en las distintas etapas evolutivas. Esto hace posible poder implantar medidas de tipo preventivo que hagan posible, por una parte anular los factores de riesgo y, por otra, incrementar los de protección. Para ello se han utilizado distintas estrategias que van desde la información, al entrenamiento en distintas habilidades. Estas medidas deben ser complementadas con otras de carácter macrosocial como la lucha contra la pobreza (Jessor, 1992), el incremento de las expectativas de futuro de los jóvenes, etc.

Damos a continuación un repaso de lo que las diferentes investigaciones han detectado como factores de riesgo y protección, en relación con el periodo evolutivo que nos ocupa, sin ánimo de jerarquizarlos, aspecto este que dependerá de las circunstancias individuales. Para ello, siguiendo a Becoña Iglesias (2002), hemos agrupado a los factores de riesgo y protección en las siguientes categorías: familiar, comunitaria, de los compañeros e iguales, escolar e individual.


 

5.1  En relación con la familia

Aunque la familia, la escuela y el grupo de amigos no son campos de experiencia aislados entre sí, ya que los factores de estos ámbitos se afectan mutuamente y están en una continua interacción, los analizaremos por separados para su mejor comprensión. De hecho la casuística en estos ámbitos es reunida por numerosos autores en los llamados factores microsociales. Podemos suponer, por ejemplo, que la ansiedad que puede generar la tensión familiar afectará al ajuste escolar y al tipo de amigos con que se relacione el adolescente; o que la falta de adaptación a la escuela influirá sobre la implicación con amigos problemáticos.

El entorno familiar es el contexto más primario de socialización, constituye el primer ámbito social para el individuo, como “moldeador” de actitudes y estilos de vida. Nos transmite valores y visiones del mundo y nos instaura las primeras normas de conducta. Luengo Martín et al (2002) afirman que cuando la vinculación familiar se instaura con fuerza suficiente, el sujeto podrá asumir las normas y, por tanto, se verán contenidas sus tendencias naturales a la trasgresión.

Según Mckenzie (1997), dentro del estudio del funcionamiento familiar, tres campos son objeto de correlación con el abuso de sustancias: las relaciones afectivas, las prácticas educativas desplegadas por los padres y los procesos de modelado en lo que se refiere a actitudes y conductas desviadas. Parece que un estilo educativo “democrático”y “fortalecedor” podría suponer un factor de protección. En este caso, se produce una combinación de control y apoyo. El control es firme, pero no rígido, y las normas son comunicadas de un modo claro y razonado; se estimula la participación de los hijos en la toma de decisiones y se fomenta progresivamente la adquisición de la autonomía. En contra se ha prescrito que una baja cohesión familiar, un bajo apego a la familia, un clima afectivo inadecuado, un estilo educativo demasiado permisivo o demasiado autoritario y el consumo de drogas en el ambiente familiar por parte de los hermanos y/o los padres, constituyen factores de riesgo en relación con el consumo de drogas.

Dentro del ámbito familiar, Muñoz Rivas, Graña Gómez y Cruzado Martín (2000) consideran la influencia de cinco elementos sobre el comportamiento del adolescente en relación con el consumo de drogas:

1.         La estructura y composición familiar: Los autores concluyen que el tener hermanos, especialmente mayores, tiene efecto protector sobre el consumo. Así mismo, la carencia de uno de los padres o bien la inestabilidad familiar se ha correlacionado con un mayor consumo. 

2.         El estatus socioeconómico: se registran mayores consumos en hijos de padres parados o con trabajos eventuales. Los autores relacionan este hecho con una menor disponibilidad de las drogas por razones económicas y con un aumento de conflictos familiares.  

3.         La disciplina: la disciplina familiar se asocia a los estilos parentales educativos o estilos de crianza, que hemos comentado anteriormente. Los autores señalan como factor de protección un estilo educativo autoritativo, que a la vez de control y afecto, utiliza el refuerzo positivo, el dialogo y el consenso frente a los estilos autoritarios e indiferentes.

4.         Las relaciones afectivas y de comunicación: Muñoz Rivas, Graña Gómez y Cruzado Martín (2000), han analizado como factores de protección del consumo de drogas aspectos en relación con un vínculo paterno-filial basado en el afecto, una comunicación familiar fluida y una buena cohesión familiar. En el otro lado, la aparición de conflictos familiares suponen un factor de riesgo para el consumo de drogas.

5.         Las actitudes y conductas familiares hacia el consumo de drogas. Estos autores encuentran que una actitud de consumo parental se corresponde con un mayor consumo de los hijos. En este punto, Becoña Iglesias (2002) opina que esto sucede tanto por el proceso de modelado que supone la conducta adictiva de los padres, como por el mismo proceso de socialización en relación a las creencias y actitudes hacia las drogas.


 

 

             5.2  En relación con la comunidad

Los factores relacionados con la comunidad, también llamados factores macrosociales por la FAD (2002 d), se escapan a menudo a nuestro control inmediato, pero también están influyendo en las prevalencias de consumo entre la población adolescente.

La FAD (2002 d) ordena este tipo de factores comunitarios como sigue:

·        Disponibilidad de la droga (en relación sobre todo con su precio pero también con su accesibilidad y regulación legal).

·        Tolerancia social hacia el consumo (permisividad, aceptación social).

·        Medios de comunicación (promoción de hábitos de consumo a través de la publicidad).

·        Sistema valores socioculturales.

·        Falta de recursos para el empleo saludable del ocio.

·        Planificación urbanística.

·        Inadecuado discurso social, mitos en relación con la droga: citando algunos ejemplos, la figura del drogodependiente es a menudo equiparada con la del delincuente, la interpretación del término droga no es correcta (sólo se usa para las drogas ilegales), el victimismo, la visión represiva, la búsqueda del impacto publicitario, etc.

Becoña Iglesias (2002) reformula estos factores y añade otros:

·        Deprivación económica y social: la carencia de recursos se correlaciona con el uso de algunas sustancias, como el alcohol y el tabaco y sin embargo disponer sobradamente de ellos se relaciona con el consumo de otras, como la cocaína.

·        Desorganización comunitaria: Se apunta como factor de riesgo la falta de lugares de ocio, el bajo nivel de control, el escaso cuidado de las calles y en general el deterioro físico en relación con el barrio donde vive el individuo.

·        Cambios y movilidad de lugar: Becoña Iglesias (2002) afirma que, dado que el proceso de socialización del niño necesita cierta estabilidad, factores como el desarraigo, o el cambio de contexto familiar y/o cultural del sujeto van a constituir un factor de riesgo.

·        Creencias, normas, y leyes de la comunidad favorables hacia el uso de drogas: sabemos que el aumento de los sistemas de control para las drogas legales, como por ejemplo su restricción de acceso o el control de la publicidad, han incidido en un menor consumo.

·        Percepción social del riesgo de cada sustancia. Becoña Iglesias (2002) afirma que la percepción del riesgo que entraña una sustancia para los jóvenes está en relación inversa con su consumo. Por ejemplo, a partir de 1992 desciende la percepción del riesgo del cánnabis y como consecuencia aumenta su consumo. Entre los factores que influyen en la percepción de riesgo en uno u otro sentido de una sustancia, este autor incluye la información, la publicidad (de enorme influencia en la percepción social de riesgo en relación con el tabaco y el alcohol).

Kumpfer (1999) propone los siguientes factores de protección comunitaria:

1.         Los sistemas externos de apoyo.

2.         El apoyo y recursos formales e informales de la familia.

3.         Las normas y creencias estándares conductuales contra el abuso de drogas.

4.         El éxito en el rendimiento escolar y el apego a la escuela.

 


 

5.3  En relación con el grupo de iguales

En la adolescencia, la rapidez de los cambios físicos, cognitivos y psicosociales urge a delimitar la propia identidad; la relevancia que adquieren los amigos en este período evolutivo hace necesarios puntos de referencia para la autodefinición. Los amigos constituyen un entorno de “iguales” que viven experiencias semejantes y que pueden proporcionar esos referentes. El grupo ofrece oportunidades para establecer interacciones relativamente simétricas (Catalano y Hawkins, 1996). Los hallazgos obtenidos apuntan a que los adolescentes que se implican en conductas desviadas tienen amigos que también cometen actos desviados (Luengo Martín et al, 2002). El consumo de drogas en el grupo de iguales y la presión al consumo que ello supone, es uno de los factores que la mayoría de los autores consideran con un mayor impacto sobre la conducta del adolescente.

Luengo Martín et al (2002), resaltan que en los últimos años, se están desarrollando corrientes de trabajo que destapan efectos bidireccionales entre la conducta desviada y las variables familiares o escolares. Esta línea plantea que la conducta proclive al consumo de drogas no es solo un resultado final con diversas causas. A su vez, esta conducta deteriora la vinculación a la familia, afecta a las prácticas educativas de los padres y contribuye a la desadaptación escolar. A través de estas influencias recíprocas, probablemente la conducta antisocial se realimenta y se hace crónica.

Becoña Iglesias (2002) sugiere que hay algunos factores de protección que pueden funcionar independientemente de los factores de riesgo, destacando el apego a los iguales cuando estos no consumen drogas. Los padres contribuyen en muchos casos facilitando o impidiendo tener unos u otros amigos. Este autor agrupa los factores de riesgo de los compañeros e iguales como sigue:

1.         Los compañeros que consumen drogas. Para el autor, la relación con este tipo de compañeros es un claro factor de riesgo.

2.         Las actitudes favorables hacia el consumo de drogas. A esta actitud puede llegarse por distintos factores como la familia, etc. La relación con personas que tienen actitudes favorables al consumo de drogas, o incluso que ya están en la fase de experimentación, aumenta las probabilidades de consumo tanto por efectos de conformidad como de modelado.

3.         La conducta antisocial o delincuencia temprana. Se ha encontrado una relación entre la conducta antisocial y otras dos conductas: el consumo de drogas y la delincuencia (Catalano y Hawkins, 1996).

4.         El rechazo por parte de los iguales. Aunque todavía sin conclusiones claras, se ha propuesto (Muñoz Rivas, Graña Gómez y Cruzado Martín, 2000) que en edades tempranas, el rechazo total o parcial por parte de los iguales facilita conductas de bajo rendimiento escolar, agresividad, delincuencia, y consumo de drogas.

 


 

5.4  En relación con el medio escolar

La escuela es otro órgano de socialización prioritario, entre otras funciones (quizás más ponderadas) posee la de formar a los alumnos para un funcionamiento socialmente adaptado. En la escuela tienen lugar las primeras interacciones con los iguales y el contacto con las primeras figuras de autoridad distintas a los padres; al mismo tiempo, es el entorno en el que el sujeto tiene la oportunidad de conseguir sus primeros logros socialmente reconocidos.

En su repaso por la investigación sobre el tema Luengo Martín et al (2002) afirman que, las relaciones sobre variables escolares y conducta problema proporcionan resultados muy consistentes. Estos autores consideran probada la relación entre la falta de integración escolar (un bajo rendimiento académico, un mayor absentismo y, una baja implicación en las actividades académicas y extraescolares) y el consumo de drogas en el medio escolar.

En este ámbito Becoña Iglesias (2002) destaca cuatro factores:

1.         Bajo rendimiento académico y rendimiento escolar; se ha relacionado con el consumo de sustancias (Hawkins, Catalano y Miller, 1992). En muchos casos está íntimamente relacionado con otros factores de tipo familiar y en general de otros contextos próximos. Este factor se acrecienta cuando el niño llega al final de la Educación Primaria (Craig, 1996) coincidiendo con el periodo de desarrollo en el que el niño se abre a su entorno próximo. El fracaso escolar se relaciona con el consumo de drogas, dada la influencia de los consumos sobre el desarrollo de las capacidades personales y sociales.

2.         Bajo apego a la escuela. La falta de interés por la escuela, es un factor de riesgo empíricamente comprobado para el consumo de drogas (Craig, 1996, Hawkins, Catalano y Miller, 1992). Las faltas de asistencia a las clases (hacer novillos) es un factor clave en este sentido. La abstinencia escolar se relaciona también con el desarraigo familiar, un pobre control en el barrio, etc.

3.         El tipo y tamaño de la escuela. En las ciudades grandes es más posible la existencia de barrios y zonas marginales. De igual forma un mayor tamaño de la escuela conlleva una disminución del control sobre los alumnos. Es más probable que se registren problemas de consumo en una escuela situada en un barrio marginal (Becoña Iglesias, 2002).

4.         La conducta antisocial en la escuela. Este tipo de conducta va paralela al consumo temprano de drogas (Luengo, Mirón y Otero, 1991). La conducta antisocial puede llevar al fracaso escolar a través de una pobre valoración de la persona por parte del profesor (le presta atención exclusivamente para controlar su conducta y no el proceso de aprendizaje).

El factor de protección en la escuela lo constituye esencialmente una escuela de calidad (Jessor, 1992). La calidad se ve reflejada en el control, seguimiento cercano de los alumnos y trato adecuado al momento evolutivo del mismo. En este contexto el fracaso escolar no debe verse aisladamente sino de una forma multicausal (Craig, 1996) y así, puede ser abordado hasta el nivel en que se pueda.


 

5.5  En relación con las características individuales.

Kumpfer (1999) agrupa los factores de riesgo individual en tres categorías: biológica, conductual y de personalidad. En la biología incluye los factores de predisposición del individuo y los factores biológicos que están presentes. Existe abundante investigación (Becoña Iglesias, 2002) para encontrar relaciones entre factores genéticos previos y consumo de drogas. La predisposición o vulnerabilidad genética ha sido estudiada sobre todo en el caso del alcohol, la mayoría de esta investigación se ha centrado en la relación entre consumo de alcohol de los padres y el posterior consumo de sustancias de los hijos. Los jóvenes alcohólicos suelen tener familiares también alcohólicos. Miller (1997) apunta que varios neurotransmisores pueden estar implicados en las conductas adictivas, como los opioides pépticos, la dopamina, la serotonina y la norepinefrina. Estos neurotransmisores tienen relación con el centro de recompensa y con los estados de conducta instintiva.

El sexo y la edad son dos factores biológicos claramente relacionados con un mayor o menor consumo de drogas. Mientras que el consumo de drogas legales registra unos valores similares en ambos sexos no ocurre así con el de drogas ilegales, donde ser varón constituye un factor de riesgo (Plan Nacional sobre Drogas 2002). En relación con la edad ya se ha comentado que la etapa de la adolescencia constituye un factor de riesgo añadido.

Suelen encontrarse relaciones entre trastornos psicopatológicos, como la depresión, los trastornos de conducta y otros problemas de salud mental y el consumo de drogas. Becoña Iglesias (2002), tras analizar la investigación empírica que relaciona los aspectos psicopatológicos con el consumo de drogas, concluye que se pueden señalar como factores de riesgo los trastornos de ansiedad, de conducta, la depresión y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

Siguiendo a Kumpfer (1999) reflejamos a continuación otros factores de riesgo, dentro del ámbito de las características individuales, que se han relacionado con el consumo de drogas.

1- Actitudes y creencias favorables hacia las drogas.

La falta de conocimientos acerca de las drogas, los mitos, creencias y expectativas acerca de la acción de las diferentes drogas han sido una de las causas que se ha relacionado con su consumo. La iniciación en el uso de drogas suele ir precedida por actitudes favorables hacia el consumo; además, los individuos con mayor riesgo de involucrarse en estas conductas tienden a sobreestimar la prevalencia de consumo en su entorno (FAD, 2002 d). La actitud es un elemento previo a la intención conductual y a la conducta, de ahí que el que tenga una actitud favorable hacia el consumo de drogas favorece que dicho consumo se produzca. Desde hace años hay clara evidencia de ello en el consumo de drogas. Jessor y Jessor (1997) encontraron que la persona formaba su actitud hacia las drogas a partir de la observación de las conductas de sus padres sobre el consumo de esas sustancias y de la observación del consumo entre su grupo de iguales. Una actitud favorable al consumo lleva a una baja percepción del riesgo y una actitud desfavorable a una alta percepción (Becoña Iglesias, 2002). 

2- Confusión en el sistema de valores.

La ausencia de valores ético-morales supone no interiorizar las normas sociales, no tener un claro vínculo social o no aceptar el modelo social en el que se vive (Muñoz Rivas, Graña Gómez y Cruzado Martín (2000). Tradicionalmente, desde la escuela y la familia son transmitidos valores centrados en la educación de la persona, pero los medios de comunicación de masas poseen también gran relevancia en el proceso de socialización, y si bien pueden ser de gran ayuda para transmitir conocimientos, ideas y valores, favorecen el consumo de drogas a través de concepciones hedonistas, individualistas, etc. Valores sociales como el éxito, el dinero, el poder, búsqueda del placer, la diversión, etc., pueden reforzar el consumo de determinadas sustancias.

La investigación sobre el tema muestra que la conducta desviada correlaciona con ciertas preferencias de valor. Se ha visto, por ejemplo, que los individuos con conductas problema aprecian en mayor medida valores con una relevancia personal inmediata (placer, tiempo libre, sexo) y valoran en menor medida aspectos con trascendencia social a más largo plazo (justicia, solidaridad social). Además, de acuerdo con las teorías del control social, (Romero, Luengo y Otero, 1995) se ha visto que la conducta problema se relaciona con un menor aprecio por valores ligados a la socialización convencional (religión, familia, orden, salud, etc.).

3- Baja autoestima.

Vinculada al sentimiento de competencia personal (auto eficacia), parece que una baja autoestima aumenta la probabilidad del consumo de drogas en aquellas personas que no se sienten capaces de enfrentarse a la oferta de drogas o de resolver sus problemas (Kaplan, 1996). El autoconcepto sería un “factor de protección” que amortigua los efectos de una situación de riesgo. En los últimos años se ha sugerido (Luengo Martín et al, 2002) que, para entender adecuadamente la relación autoestima - consumo de drogas habrá que atender a la naturaleza multidimensional de la autoestima. Desde estas perspectivas, se plantea la necesidad de tener en cuenta que las personas podemos mantener autovaloraciones distintas en diferentes campos de nuestra experiencia; por ejemplo, un individuo puede valorarse positivamente en cuanto a sus capacidades académicas y, sin embargo, autorrechazarse en el campo de la interacción social. En esta línea, una baja autoestima serviría de motivación al consumo problemático pero, concretamente, una baja autoestima en la familia y en la escuela conducirían a rechazar las normas convencionales.

4- Baja asertividad.

Un individuo con dificultades para expresar abiertamente sus opiniones o para desenvolverse adecuadamente en su medio social podrá ser más vulnerable a las presiones de su medio. Si no sabemos defender nuestras convicciones y criterios de una forma amable e inequívoca, pueden surgir problemas cuando se trata de rechazar una oferta de drogas. Este factor de riesgo está muchas veces ligado a una elevada necesidad de aprobación social y a la falta de autonomía respecto al grupo (Luengo Martín et al, 2002).

5- Elevada búsqueda de sensaciones.

La búsqueda de sensaciones se ha relacionado con estilos de relación interpersonal, orientación vocacional, conducta sexual, etc. Su relación con el consumo de drogas ha sido el objetivo de múltiples investigaciones. Los resultados documentan repetidamente la interrelación de la búsqueda de sensaciones con estos tipos de comportamiento (Muñoz Rivas, Graña Gómez y Cruzado Martín, 2000). El constructo de búsqueda de sensaciones es definido por Zukerman (1979 p.143) como “la necesidad que tiene el individuo de tener experiencias y sensaciones nuevas, complejas y variadas junto al deseo de asumir riesgos físicos y sociales para satisfacerlas”. Este mismo autor diseñó una escala de cuatro dimensiones con objeto de poder evaluar la búsqueda de sensaciones:

1.         Excitación y búsqueda de aventuras (propensión a implicarse en deportes o pasatiempos físicamente peligrosos).

2.         Búsqueda de experiencias (cambios en el estilo de vida y estimulación de la mente).

3.         Desinhibición (conductas de extraversión social).

4.         Susceptibilidad al aburrimiento (incapacidad para tolerar experiencias repetitivas).

Ayudar a tomar en consideración actividades alternativas que permitan canalizar la búsqueda de sensaciones puede ser una vía útil en la práctica preventiva.

6- Lugar de control externo.

Las personas que achacan sus problemas a factores externos no controlados por ellas mismas, en lugar de a sus propias características, pueden tender a solucionarlos mediante recursos externos, como el consumo de drogas.

7- Falta de conformidad con las normas sociales.

El consumo de drogas puede ser inducido por la mera trasgresión de las normas sociales. Hawkins, Catalano y Miller (1992) consideran que uno de los principales factores de riesgo para el consumo de drogas son la alienación y la rebeldía. La personalidad antisocial tiene una evolución desde edades tempranas, lo que hace posible su detección (Muñoz Rivas, Graña Gómez y Cruzado Martín, 2000). Hawkins, Catalano y Miller (1992) inciden en que a través de la evaluación de la agresividad y el comportamiento antisocial en la niñez se puede predecir una personalidad antisocial. La falta de conformidad con las normas sociales lleva asociado un mayor consumo de drogas junto a otro tipo de conductas antisociales en muchos casos caracterizadas por la agresividad, violencia y total desprecio a las normas sociales y de convivencia (Becoña Iglesias, 2002).

8- Escasa tolerancia a la frustración.

La intolerancia en relación con el aplazamiento de las recompensas y por lo tanto la ansiedad por una satisfacción inmediata de las necesidades, constituye un factor de riesgo. Focalizarse en el presente implicará atender a los aspectos positivos que pueden proporcionar el consumo de drogas u otra conducta problema, prestando menos atención a las consecuencias que pueda reportar a largo plazo.

La tarea según Marina (2002) comienza conteniendo, modificando y redirigiendo los impulsos, aunque sea brevemente, sin una supervisión inmediata del adulto. Tienen que internalizar las normas para el control de la conducta y comportarse de acuerdo con esas normas, incluso inhibiendo impulsos poderosos. También de manera creciente, tienen que protegerse a ellos mismos de ser sobrepasados por los estímulos o las influencias desorganizadoras de los propios sentimientos. Se espera que el niño sepa manejar la frustración y modular sus expresiones emocionales.

La capacidad de aplazar la recompensa es una de las condiciones previas para poder dirigir la conducta. Se trata de educar la impulsividad. Es cierto que hay niños más impulsivos que otros, pero también lo es que hasta cierto punto se puede aprender a controlar la impulsividad. En este sentido Marina (2002) afirma que una cosa es la impulsividad temperamental y otra muy diferente es la impaciencia y el ansia, que son sobretodo frecuentemente aprendidas. Es fácil educar en la idea de que hay que tenerlo todo al instante. Frecuentemente lanzamos al niño el mensaje de que todo se puede tener, incluso inmediatamente.

9- Dificultad para el manejo del estrés.

En algunos casos, el consumo de drogas puede ser utilizado como una estrategia para aliviar el malestar emocional, la ansiedad. Es lo que se ha veces se ha denominado “hipótesis de la reducción de la tensión” o de la “autoterapia” (Luengo Martín et al, 2002).

10- Insatisfacción con el empleo del tiempo libre.

La ocupación productiva del tiempo libre frente al aburrimiento, se relaciona con menores consumos de drogas.

11- Falta de habilidades sociales en general y/o de habilidades para tomar decisiones o resolver problemas.

Los individuos que incurren en el abuso de drogas presentan déficit en las habilidades para establecer relaciones, para expresar las propias opiniones y sentimientos y, en definitiva, para interactuar de un modo socialmente eficaz.

La integración social se ve aumentada con el aprendizaje de ciertas habilidades. El saber decir no, o entrenar los pasos correctos que anteceden a una toma de decisión, puede reducir el riesgo de consumo de drogas. Los consumos de drogas pueden aparecer como un medio para lograr metas vitales deseadas, entre las que se encuentran, por ejemplo, la aceptación por parte de los amigos, relaciones sociales satisfactorias, etc. Cuando el individuo no dispone de recursos personales o psicosociales para lograr esas metas (por ejemplo, no dispone de un repertorio adecuado de habilidades sociales), la conducta problemática aparecerá como una vía alternativa. Por ello, el entrenamiento en habilidades sociales será una estrategia adecuada para que el individuo pueda desarrollar una vida social satisfactoria sin recurrir a opciones desviadas.

La impulsividad, un “estilo” rápido y poco meditado a la hora de tomar decisiones, dificultades para planificar el propio comportamiento e incapacidad para ejercer un autocontrol sobre él se han vinculado con los consumos problemáticos. La impulsividad aparece asociada a dificultades en la resolución de problemas interpersonales y en la toma de decisiones. La incapacidad para “pararse a pensar” ante una situación conflictiva y para tener en cuenta las consecuencias de la propia conducta dan lugar a que la resolución de problemas interpersonales sea poco efectiva.

6. Los programas de prevención de drogodependencias en la escuela.

En los últimos veinte años se ha producido un sensible avance en la evaluación de la eficacia de distintos programas de prevención de abuso de drogas. Según Martínez Higueras y Salvador Llivina (2002) las bases de estos avances se hallan en la disponibilidad de estudios epidemiológicos que utilizan métodos de análisis estadísticos, y en la información complementaria presentada por estudios cualitativos. Hoy sabemos que no todo vale en prevención. Elegir la estrategia adecuada supone conocer previamente la realidad y sus necesidades específicas en prevención (Martínez Higueras y Salvador Llivina, 2002). Estamos empezando a disponer de mayor información sobre cuales son los “ingredientes” que parecen incrementar la calidad de las intervenciones dirigidas a prevenir el consumo de drogas. Los trabajos de meta-análisis (Tobler, 1997, 1999. FAD, 1999) demuestran que determinadas intervenciones, aplicadas de forma adecuada, han conseguido promover actitudes negativas respecto al uso de drogas a la vez que han incrementado las habilidades sociales de los grupos beneficiarios para resistir las múltiples presiones que promueven el inicio y el mantenimiento de los consumos.

Jané (2002) apunta que la mayoría de los programas de prevención escolar se han basado en uno de los tres enfoques siguientes:

 

1.         El modelo racional o de déficit de la información, ha sido utilizado ampliamente antes de la mitad de los años setenta en todo el mundo occidental. Aportaba información sobre las consecuencias negativas y los riesgos para la salud causados por las drogas con objeto de crear miedo o preocupación. Aunque la mayoría de estos programas no han sido evaluados, hoy no se consideran efectivos. Incluso, según como se presente la información, muchos autores consideran que pueden  ser contra preventivos. 

 

2.         El modelo de la educación afectiva. Intenta influir en las creencias, actitudes, intenciones y normas relacionadas con la droga. El objetivo es aumentar la autoestima y mejorar la autoimagen a través de contenidos que incorporen técnicas de manejo del estrés y habilidades para la toma de decisiones.

 

3.         El modelo de resistencia a la influencia social reconoce el entorno social como un lugar crítico para los consumos. Este modelo tiene en cuenta el comportamiento y actitud de los iguales y el entorno familiar y cultural al que están expuestos los adolescentes. Así, incorporan habilidades para resistir las influencias negativas que provienen de la publicidad, de los iguales, etc. Jané (2002) asegura que a través de este modelo se enseña a los jóvenes a ser más asertivos y a tomar decisiones.

 

La autora concluye que aunque los dos últimos modelos resultan en una reducción del consumo de drogas a corto plazo, en un retraso de la iniciación al consumo y en un cierto cambio positivo de actitudes en relación a su uso, el modelo de resistencia a la influencia social ha demostrado ser el más eficaz.

 

Según el Plan Nacional sobre Drogas (1997) las intervenciones preventivas llevadas a cabo en el ámbito escolar durante los años ochenta respondían al modelo racional y se caracterizaban por:

·        Abundancia de iniciativas puntuales, sin continuidad y sin integración en el currículo.

·        Las actividades se encuadraban en los esquemas de la prevención primaria.

·        Eran de carácter fundamentalmente informativo.

·        Se ponía un énfasis especial en las drogas ilegales.

·        Se dedicaba gran cantidad de recursos a la formación y sensibilización del profesorado así como de los padres, sin realizar un seguimiento posterior de la implicación de estos agentes educativos en la elaboración de proyectos de prevención u otros eventos.

·        Estas acciones formativas corrían mayoritariamente a cargo de asociaciones y organizaciones subvencionadas con poca implicación del Ministerio de Educación y Ciencia.

·        Son escasas las estructuras de coordinación entre instituciones (aún en la misma localidad).

·        No se realiza una evaluación de las actuaciones.

 

A partir de los noventa se observa un cambio de tendencia en la prevención escolar que resumiendo los argumentos del Plan Nacional sobre Drogas (1997) concretamos así:

 

·        Mayor continuidad de las iniciativas.

·        Además de la difusión de la información se pretende la mejora de la competencia social y el desarrollo socio-afectivo de los alumnos.

·        Las actividades se articulan en planes de intervención.

·        Se realizan seguimientos y apoyos.

·        Se elaboran proyectos ajustados a la realidad de los centros.

·        La prevención se integra en los currículos a través del área transversal “Educación para la Salud”.

·        Se aprecia una visión más integral de la problemática del abuso de drogas.

·        Comienzan a aparecer programas centrados en las drogas legales.

·        Se registra una mayor preocupación e implicación de las instancias políticas.

·        Se aprecia una mayor voluntad de coordinación de los centros escolares con otros estamentos comunitarios.

·        Aparecen gran cantidad de materiales didácticos de calidad.

 

Cuijpers (2002) examina sistemáticamente el conocimiento científico actual sobre las características que determinan la efectividad de los programas de prevención de drogas de carácter universal y enumera una serie de criterios de calidad basados en la evidencia de su revisión:

 

1.         Método interactivo. Los programas escolares de tipo universal deben emplear métodos interactivos en su ejecución, en lugar de métodos más tradicionales, unidireccionales. Cuijpers (2002) afirma que estos métodos permiten un mejor contacto y comunicación de ideas entre los participantes y estimulan el aprendizaje de las habilidades de rechazo del consumo de drogas.

 

2.         Modelo de influencia social. El autor basa este criterio de calidad en la idea de que el entrenamiento contra la presión social directa o indirecta para el consumo de drogas ayudará a prevenir este consumo.

 

3.         Intención de no consumo. Esta variable resulta crítica según Cuijpers (2002). Además el programa preventivo debe incluir un conocimiento de la prevalencia real de los consumos y de la reacción de los amigos frente al consumo.

 

4.         Complementar la intervención escolar con medidas de tipo comunitario. Entre ellas estarían las intervenciones dirigidas a la familia, el cumplimiento de la normativa legal o las campañas institucionales o locales.

 

5.         Incorporar el entrenamiento en habilidades sociales y en habilidades de resistencia. Cuijpers (2002) considera demostrado que la inclusión de estos factores  incrementa los efectos preventivos.

 

 

Curiosamente, Cuijpers (2002) asegura que la intensidad de la intervención no es una variable decisiva en los programas de prevención. La revisión llevada a cabo por el autor no clarifica si los programas más intensos son más efectivos que los menos intensos o viceversa.

 

Es difícil desarrollar una metodología apropiada si no se parte de un modelo teórico consistente (Becoña, 2001). Clarificar el modelo teórico de partida ayuda a identificar las variables sobre las que deben hacer incidencia los programas preventivos. Antón Martín, Martínez Higueras y Salvador Llivina (2002) afirman que durante la última década se ha desarrollado el modelo de factores de riesgo y de protección para el consumo de drogas, que aglutina elementos de teorías anteriores e inspira la mayor parte de las intervenciones actuales en la escuela.

 


 

7.  El programa de prevención de drogodependencias “Prevenir para Vivir”

Como hemos visto, los estudios sobre la eficacia de programas de prevención han demostrado que son los programas que se dirigen al fomento de la competencia personal y social del adolescente los que obtienen los resultados más prometedores. El programa de prevención de drogodependencias Prevenir para Vivir” (FAD, 2002 a) se apoya en la base teórica de los consumos de droga cuando parte del supuesto de que mejorar en los adolescentes su competencia personal y social reducirá su motivación al consumo de drogas y la implicación en actividades problemáticas. La susceptibilidad ante las influencias negativas del entorno puede reducirse fomentando factores como la autoestima, el autocontrol emocional y la autoconfianza del adolescente para alcanzar una serie de objetivos y metas en la vida incompatibles con el consumo y la conducta antisocial (FAD, 2002 a). La adquisición de estas habilidades personales y sociales adecuadas, juega un papel muy importante en el ajuste psicológico y el desarrollo psicosocial del adolescente.

El programa “Prevenir para Vivir” (FAD, 2002 a) plantea dos tipos de actuación: una inespecífica, es decir de intervenciones generales a través de las cuales se espera conseguir beneficios preventivos indirectamente (Calafat, 1993), y de forma paralela, una actuación específica con objeto de disipar estereotipos e información errónea o insuficiente acerca de las drogas.

Con base en los modelos teóricos y teniendo siempre presente que las conductas desviadas son fenómenos multicausales, el programa preventivo “Prevenir para Vivir” (FAD, 2002 a) atiende a los siguientes aspectos:

·        Proporcionar información sobre el consumo de drogas (consecuencias a corto y a largo plazo, prevalencias, aceptación social, etc.).

·        Promoción de estrategias para la toma de decisión independiente y responsable.

·        Manejo del control emocional.

·        Entrenamiento de las habilidades sociales.

·        Estrategias para lograr un auto concepto y autovaloración positivos.

·        Canalización saludable y responsable de la búsqueda de sensaciones.

·        Fomento de las actitudes de respeto, cooperación y tolerancia.

Hemos optado por el programa preventivo “Prevenir para vivir” (FAD, 2002 a, b y c) por los siguientes criterios de valor:

·        Está fundamentado sobre la base de la investigación teórica actual, incorporando los elementos identificados como característicos de los programas preventivos más eficaces.

·        Recoge la experiencia que supone la evaluación del diseño de los programas preventivos de estos últimos años resultando un diseño sencillo y motivador.

·        Presenta un equilibrio entre el volumen de trabajo y los objetivos preventivos.

·        Su estructura facilita su introducción en los espacios de tutoría.

·        Ofrecimiento gratuito de todos los materiales necesarios para su impartición en el centro por parte de la FAD.

·        Facilidades por parte de la FAD para la formación del profesorado que va a impartir el programa.

·        De acuerdo a las cargas de trabajo propuestas, han sido creadas las actividades para cada nivel educativo y momento evolutivo de los alumnos.

·        Este programa tiene la capacidad de coordinarse con el ámbito familiar, promoviendo la participación de los padres y madres a través de la realización con sus hijos de algunas de las actividades.

·        Las actividades preventivas están pautadas dentro de un programa sencillo, con una guía didáctica que permite cubrir las exigencias básicas de autoformación para la aplicación del programa.


 

 

7.1  Modelo de intervención

Toda intervención está enmarcada en algún modelo de partida desde el cual se explica un determinado proceso social y se proponen estrategias concretas de actuación. El programa preventivo “Prevenir para Vivir” (FAD, 2002 a) recoge aportaciones específicas de los modelos actuales de intervención cuyo carácter no es excluyente:

El Modelo Ecológico recoge la importancia de orientar la intervención preventiva hacia la interacción de la persona y su ambiente. Entiende al individuo inmerso en una serie de espacios de relación más o menos cercanos que podrían representarse como círculos concéntricos donde los más cercanos corresponderían a los espacios primarios de socialización (familia, escuela, amigos) y los más lejanos a los relacionados a las condiciones macrosociales, políticas y económicas. A través de este enfoque, la intervención se basa en potenciar las características personales que permitan una adaptación y/o modificación del entorno según las necesidades, la potenciación de los factores protectores y la facilitación de la relación entre los niveles (familia y amigos etc.)

El Modelo Biopsicosocial explica la drogodependencia como un aprendizaje social en una situación social, vinculado a las características del individuo y de la sustancia. Desde esta óptica, promueve la responsabilidad individual y social en el desarrollo y mantenimiento de la salud. Desde este modelo se aporta el concepto de Factor de Riesgo que ha aumentado los niveles de operatividad al delimitar aquellos elementos que pueden generar una predisposición favorable al consumo de drogas o que tienen una alta probabilidad de asociación con su consumo. De esta forma la prevención incide en la reducción de los factores de riesgo y en la búsqueda de comportamientos alternativos.

El Modelo de Competencia se centra en potenciar las capacidades de las personas y las comunidades favoreciendo así la autogestión ante los problemas. Se basa en el desarrollo cognitivo y las destrezas conductuales para afrontar situaciones de riesgo.

En suma, "Prevenir para Vivir" (FAD, 2002 a) es un programa de prevención del consumo de drogas cuyas características le convierten en un instrumento fácil de aplicar, flexible e integrable en el trabajo escolar. Se apoya en un modelo educativo en el que las actividades de prevención (FAD, 2002 c) son compatibles con las actividades propias de las diversas áreas de conocimiento. El programa propone desarrollar la prevención del consumo de drogas en los alumnos, mediante la promoción de las capacidades afectivas, intelectuales y sociales. "Prevenir para Vivir" está dirigido a la comunidad educativa, implicando en este ámbito al profesorado, los padres y madres y, muy especialmente, a niños y adolescentes como destinatarios finales de la intervención.


 

7.3  Objetivos del programa preventivo “Prevenir para Vivir”

Según la FAD (2002 a) los objetivos generales que persigue el programa son:

·        Reducir el consumo de tabaco, alcohol y drogas ilegales.

·        Retrasar la edad de inicio del consumo de tabaco, alcohol y drogas ilegales.

Estos objetivos generales se desglosan en los siguientes objetivos específicos (FAD, 2002 a):

·        En el ámbito de la afectividad:

o       Aumentar la autoestima de los alumnos

o       Incrementar la capacidad de empatía

o       Mejorar la autoexpresión emocional

·        En el ámbito del desarrollo intelectual:

o       Desarrollar actitudes positivas hacia el mantenimiento de la salud.

o       Aumentar el autocontrol

o       Mejorar las habilidades de toma de decisiones.

o       Reducir las actitudes positivas hacia el consumo de drogas.

·        En el ámbito del desarrollo social:

o       Mejorar las habilidades para la interacción social.

o       Aumentar las habilidades de oposición.

o       Fomentar las habilidades de autoafirmación.

 

 

7.4  Aplicación del programa preventivo en el espacio reservado a la tutoría.

Asumir la importancia básica de la educación escolar como recurso preventivo implica reconocer el protagonismo de los profesores ante la prevención. Según Megías Valenzuela, Comas Arnau, Elzo Imaz, Navarro Botella y Vega Fuente (2000) el papel del profesor en este sentido se concreta en conseguir que los estudiantes aumenten su capacidad de tomar decisiones, clarifiquen sus valores y desarrollen aptitudes para enfrentarse con distintas situaciones. Al mismo tiempo, estos autores inciden en que al profesor le corresponde crear el ambiente o clima adecuado de forma que se estimule una comunicación auténticamente educativa.

La tutoría permite acceder de una forma privilegiada y regular al alumnado. El programa contempla la inclusión de la acción tutorial en la intervención preventiva por dos motivos fundamentalmente:

·        Es uno de los espacios más adecuados para trabajar los aspectos no académicos o que se escapen al ámbito de las áreas didácticas

·        Potencia la cercanía con los alumnos

Desde la tutoría y a través del programa “Prevenir es Vivir” se propondrán acciones tendentes a mejorar:

·        La autoestima.

·        La tolerancia a la frustración.

·        La autonomía.

·        La responsabilidad.

·        El manejo de la ansiedad.

·        El sentido crítico.

·        La resolución de conflictos de forma asertiva.

·        La toma de decisiones.

En relación con el ámbito familiar, el programa preventivo desde la tutoría atenderá a las siguientes cuestiones (FAD, 2002 b):

·        Explicar e invitar a compartir el proyecto preventivo a los padres y madres a través de las reuniones programadas al efecto y a través de su asociación.

·        Descubrir y asimilar las actitudes de los padres con respecto al fenómeno del consumo de tabaco.

·        Información documentada de los factores de riesgo familiares con respecto al consumo de tabaco.

·        Información de los aspectos personales, académicos, de relación, etc. de sus hijos/as.

En relación a los determinantes sociales favorecedores del consumo de drogas en la tutoría se promocionarán:

·        Actitudes diferentes frente a la utilización del tiempo libre.

·        Actitudes críticas ante la publicidad sobre el tabaco.

·        Valores alternativos.

Asumimos que el profesor tutor tiene que ser ante todo un educador, no un especialista en drogas. La formación de los profesores en el campo de la prevención de drogodependencias constituye un soporte necesario para llevar adelante una acción preventiva eficaz. El estudio llevado a cabo por el INCE (1998) nos revela que prácticamente dos tercios de los profesores de secundaria obligatoria consideran que no han recibido suficiente formación pedagógica. Según este estudio las principales carencias formativas de los profesores se centran en el tratamiento de los temas educativos transversales, la atención a los alumnos con necesidades especiales, los métodos de investigación práctica, las técnicas de trabajo y la tutoría y orientación. Estas cuestiones son claves para la educación sobre drogas en los centros escolares.

La FAD impartió un curso de 20 horas a los profesores tutores encargados de implementar el programa preventivo cuyo objetivo era adquirir un conocimiento en profundidad sobre la prevención en el ámbito escolar, y entrenamiento activo para el desarrollo de una intervención básica dentro del aula. 

 7.5  Aspectos metodológicos en la implantación del programa preventivo

La FAD (2002 a) asegura que el enfoque metodológico está adaptado a los distintos niveles de compromiso de los centros escolares participantes. El programa preventivo contempla la posibilidad de que cada centro escolar, de acuerdo a sus prioridades, empiece a trabajar por un ciclo y una etapa concreta, como es nuestro caso. Pudiendo así dar prioridad a la franja de edad que considere oportuno.

La implementación del programa será coordinada por el investigador. Con respecto a esta cuestión, Santos (1990) justifica largamente el papel del profesor/a investigador/a. El autor afirma que la preocupación como profesor lleva a elevar el interés por aproximarse al máximo a la realidad, ya que de otro modo, se haría difícil cualquier mejora en la calidad del programa y que el nivel de compromiso del investigador resulta sumamente elevado al evaluar el programa. El autor expone así mismo que el trabajo prolongado, unido a la observación persistente permite tener un conocimiento del contexto de referencia difícilmente superable por un observador/a externo/a. De igual forma, Santos (1990) tras una extensa revisión documental, concluye que el tiempo que un investigador permanece en el contexto condiciona la calidad de la investigación; una realidad compleja no puede ser captada en un breve espacio de tiempo.

Como contraposición a las charlas de expertos que han demostrado su ineficacia, el programa plantea una metodología tendente a que los alumnos partan de sus propias ideas sobre los diferentes contenidos a trabajar es decir, adopta una concepción constructivista del aprendizaje.

Favoreceremos un cambio conceptual en el sentido de trasladar la responsabilidad sobre la salud al individuo, apartándose de concepciones estereotipadas sobre factores exteriores que condicionan nuestra salud.

Las actividades que propone “Prevenir para Vivir” (FAD, 2002 c) dejan de lado los planteamientos temáticos para abordar los de tipo problemático. A partir de estas situaciones, como aconseja el Plan Integral de Prevención Escolar (1995), los alumnos deberán hacer conjeturas, buscar información, recoger datos y analizarlos, obtener algunas conclusiones y redactar pequeños informes. De esta forma el alumno/a pasa a ser un sujeto activo y protagonista del aprendizaje y así mismo, el profesor pasa de ser un transmisor de saberes a una persona que motiva, plantea, diseña y facilita apoyos.

Sánchez Pardo (1998) enumera una serie de aspectos metodológicos a tener en cuenta que resumo aquí:

·    Las actividades deben ser atractivas y procurar satisfacción.

·    Continuidad de las actividades. No se trata de satisfacer necesidades puntuales

·    Hay que prestar atención a los aspectos pedagógicos (fomento de valores y actitudes etc.)

·    Reconocer las necesidades y actitudes propias de la edad

Las propuestas serán canalizadas a través del grupo previo análisis de sus características. Buscamos la participación activa de los propios interesados, apartándonos del dirigismo, y solo será posible a partir de la identificación de sus gustos y aficiones.

           7.6  Los materiales

El programa “Prevenir para Vivir” reúne los siguientes materiales:

1.         Guía didáctica (FAD, 2002 a)

2.         Cuaderno de actividades (FAD, 2002 c)

3.         Cuaderno para el trabajo con padres y madres (FAD, 2002 b)

Para el nivel educativo de 1º de ESO, el programa prevé la impartición de 8 sesiones de 50 minutos de duración y realizadas con una frecuencia de una sesión cada semana (en el espacio reservado a la tutoría). En la tabla 19 se registra el título de cada sesión y el trabajo principal que desarrolla.

 

Nº sesión

Título

Trabajo principal

1

Collage de cualidades

autoestima

2

El arca de Noé

autoestima

3 (2 sesiones)

Amigos, amigos…

Habilidades de autoafirmación

4

Cambio de papeles

Empatía

5

 Más vale fumador conocido…

Actitudes ante las drogas

6

Para ti, para mí

Habilidades de oposición

7

 Para llevarme bien con mi gente

Habilidades de interacción

TABLA 8: SESIONES “PREVENIR PARA VIVIR” EN 1º ESO


 


 

[1]  La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, fundada en 1986 por el General Manuel Gutiérrez Mellado, es una institución privada, sin ánimo de lucro, dedicada a la prevención de las drogodependencias y a la promoción de estrategias educativas. La FAD está reconocida oficialmente como una institución de carácter benéfico-asistencial, es aconfesional e independiente de toda filiación política y posee status consultivo ante el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas.

 

2. La Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, aprobada por los gobiernos en una conferencia internacional especial en 1961 y vigente desde 1964, sustituye a los tratados concluidos antes de la Segunda Guerra Mundial en materia de opiáceos, cannabis y cocaína. En la actualidad, en virtud de este tratado, están sometidos a fiscalización más de 116 estupefacientes, entre ellos el opio y sus derivados, así como drogas sintéticas tales como la metadona y la petidina. Al 1º de noviembre de 1995, eran Partes en la Convención 153 Estados.

 

3. La actual Naciones Unidas está compuesta por 185 Estados Parte o Países Miembros representados por diplomáticos, científicos y expertos de las respectivas naciones. 

 

4. El Plan Nacional sobre Drogas (PNSD) nace en 1997 y es una iniciativa gubernamental destinada a coordinar y potenciar las políticas que, en materia de drogas, se llevan a cabo desde las distintas Administraciones Públicas y entidades sociales en España.

 

5. La Estrategia Nacional sobre Drogas 2000 – 2008 es aprobada en 1999 por el gobierno  a propuesta del Ministerio del Interior y sustituye al plan Nacional sobre Drogas.

 

6.  El Observatorio Español sobre Drogas es un organismo filial del Observatorio Europeo de la Droga y las Toxicomanías (OEDT); Se trata de una agencia comunitaria con sede en Lisboa. Entre sus objetivos está proporcionar a la Unión Europea y a sus países miembros una información objetiva, fiable y comparable a nivel europeo sobre el fenómeno de las toxicomanías y sus consecuencias.

7.  El Comité Nacional de Prevención del Tabaquismo (CNPT) es la organización que agrupa al movimiento de prevención del tabaquismo en España. Actualmente lo constituyen decenas de organizaciones, principalmente asociaciones de profesionales sanitarios y de la medicina, además de algunos profesionales destacados y relevantes, y mantiene vínculos con otras organizaciones implicadas e interesadas en la prevención del tabaquismo. Además, forma parte de la Red Europea de Prevención del Tabaquismo, que agrupa a coaliciones similares de los diversos países de la Unión Europea.

 

8.  En 1986 surge la Primera Conferencia Internacional de Promoción de la Salud realizada en Ottawa, Canadá, de donde los países desarrollados participantes firman la Carta de Ottawa, en la cual el concepto fundamental es "la promoción de la salud”

 

BIBLIOGRAFÍA

 

bullet AGUDO, J. y otros. (1998). Manual de Drogodependencias. Comunidad de Madrid. Agencia Antidroga. Madrid,
bullet AJZEN, I. (1988). Attitudes, personality and behavior. Milton Key: Open University Press.
bullet AJZEN, I. y FISHBEIN, M. (1980). Understanding attitudes and predicting social behaviour. New Jersey: Prentice Hall.
bullet ALONSO, D.; FREIJO, E. y FREIJO, A. (1996). Actuar es posible: La prevención de las drogodependencias en la comunidad escolar. Madrid: Plan Nacional sobre Drogas.
bullet ALVIRA, F. (2002). Manual para la elaboración y evaluación de programas de prevención del abuso de drogas. Agencia Antidroga. Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid.
bullet ANTÓN MARTÍN, A.; MARTÍNEZ HIGUERAS, I. y SALVADOR LLIVINA, T. (2002). Catálogo de programas de prevención de drogodependencias 2. Madrid: Comunidad de Madrid. Agencia Antidroga.
bullet ANUARIO ESTADÍSTICO DE LA COMUNIDAD DE MADRID (2003).Madrid: Comunidad de Madrid.
bullet ARNAU, J. (1990). Diseños experimentales en psicología y educación. Volumen 1 y 2. México. Trillas
bullet ARNOLD, C; KULLER, L. y GREENLICK, M. (1981). Advances in Disease Prevention. Vol 1. New Cork: Springer Publishing Company.
bullet BAENA, A. (2003). Legislación del tabaco en España. <Nicotinawebb>.
bullet BANDURA, A. (1977) Self-efficacy: Toward a unifiying therory of behavioral change. Psychlogical Review, 84, 191-215
bullet BANDURA, A. (1986). Social foundations of thought and action. A social cognitive theory. Englewood Cliffs, NJ: Prentice may (trad. Cast: Barcelona: Martinez Roca 1987.
bullet BANEGAS, J. R.; GONZÁLEZ, J.; LÓPEZ, V.; PARDELL, H. y SALVADOR, T. (1999). Exposición involuntaria al humo ambiental de tabaco: revisión actualizada y posibilidades de actuación. SEMERGEN 1999; 25: 702-711.
bullet BANEGAS, J. R. (2001). Mortalidad atribuible al tabaquismo en España en 1998. Medicina Clínica, 117, pp.692-694. 
bullet BECOÑA IGLESIAS, E.; VÁZQUEZ, F. L. y MÍNGUEZ, M. C. (1996). The smoking cessation program of the University of Santiago de Compostela 1984-96. En: Smoke-free Europe. Helsinki: Finnish Centre for Health Education, 1996; 117.
bullet BECOÑA IGLESIAS, E. (Coord.) (1998). Libro blanco sobre el tabaquismo en España. Barcelona: Glosa Ediciones.
bullet BECOÑA IGLESIAS, E. (2001). Bases teóricas que sustentan los programas de prevención de drogas. PND. Madrid
bullet BECOÑA IGLESIAS, E. (2002). Bases científicas de la prevención de las drogodependencias. PND. Madrid.
bullet BLANC, J. A.; MORENO, D.; FERNÁNDEZ, A. y MENDOZA, M. L. (2001). Estudio socioeconómico de Torrelodones. Curso de Agente de Desarrollo Local 2001. Colegio de Politólogos y Sociólogos de Madrid.
bullet BOTVIN, G. y BOTVIN, E. (1992). Adolescent,  tobacco, alcohol, and drug abuse: prevention strategies, empirical findings, and assessment issues. Developmental and Behavioral Pedriatrics, 13, 290-301.
bullet BROTONS, C.; IGLESIAS, M. y MARTÍN, A. (1996). Evaluation of preventive and health promotion activities in 166 primary care practices in Spain. Fam Pract 1996; 13: 144-151.
bullet BRUVOLD, W.H. (1993). A meta-analysis of adolescent smoking prevention programs. Am J Public Health 1993; 83: 872-880.
bullet BUCETA, J. M. y BUENO PALOMINO, A. M. (1995).  Psicología y salud: control del estrés y trastornos asociados. Madrid: Dykinson.
bullet BUKOSKI, W.; DONOHEW, L. y SYPHER, H. (1980). Persuasive Communication and Drugs Abuse Prevention. Hillsdale, NJ: Lawrence Erlbaum Associates.
bullet CAIN, W.S. (1980). Sensory attributes of cigarette smoking. En G.B. Gori y F. Bock (Eds.), Banbury Report 3: A safe cigarette? (pp.239-249). Nueva York: Cold Spring Harbor Laboratory.
bullet CALAFAT, A. (1993). La escuela y los programas de prevención de las drogodependencias. Perspectiva. Líneas de trabajo y opciones. Políticas de prevención de las drogodependencias  en el medio escolar. CREAFAT. Madrid.
bullet CAMPBELL, D. y STANLEY, J. (1973). Diseños experimentales y cuasiexperimentales en la investigación social. Amorrortu. Buenos Aires.
bullet CARRASCO AGUADO, M. L. (2003). Ley de Calidad Educativa: el futuro de la prevención en la escuela española. En VIII Jornadas sobre prevención de drogodependencias. Ministerio del Interior. Ayuntamiento de  Alcorcón. Madrid.
bullet CASANOVA, M. A. (1995). Manual de evaluación educativa. La Muralla S.A.
bullet CARTA DE OTAWA (1987). Conferencia Internacional de la Salud. Carta de Ottawa para la promoción de la Salud. Rev. De Sanidad e Higiene Pública, 61: 129 -133
bullet CATALANO, R. F. y HAWKINS, D. (1996). De social development model: A theory of antisocial behabior. En J.D. Hawkins Delinquency and crime. Current theories (pp. 198-235). Nueva Cork: Cambridge University Press.
bullet CENTRO DE ESTUDIOS SOBRE PROMOCIÓN DE LA SALUD (1995). “Estudios sobre intervenciones en prevención del abuso de drogas: aspectos metodológicos”. Nacional Institute on drugs abuse  (NIDA). Madrid: CEPS.
bullet COMAS, D. (1998). Los mojones del camino: hitos en la construcción de un referente operativo para la prevención de las drogodependencias en el ámbito escolar. FAD. La prevención escolar en Alicante, 1994-1998. Madrid: FAD, 29-42.
bullet COMAS, D. (DIR.); AGUINAGA, J.; ANDRÉS, F.; ESPINOSA, A. y OCHAITA, E.  (2003). Jóvenes y estilos de vida; valores y riesgos en los jóvenes urbanos. Madrid. FAD, INJUVE.
bullet COMITÉ NACIONAL DE PREVENCIÓN DEL TABAQUISMO (2003). Actas del III Congreso Nacional sobre Prevención y Tratamiento del Tabaquismo.13-15 de noviembre de 2003. Zaragoza.
bullet COMUNIDAD DE MADRID. Agencia Antidroga (2002). Catalogo de programas de prevención del abuso de drogas. Publicación virtual. <www. Idea -prevención.es>
bullet CONSUMER(2004).<www.consumerrevista.com/jun98/portada_01.html>.
bullet CRAIG G. J. (1996). Desarrollo psicológico (7ª ed.) Mexico: Prentice-Hall. Hispanoamericana. 
bullet CRAIG, W.Y.; PALOMAKI, G.E. y HADDOW, J.E. (1989). Cigarette smoking and serum lipid and lipoprotein concentrations: An analysis of published data. Br Med J 1989, 298: 784-788.
bullet CUIJPERS, P. (2002). Revisión de las características que incrementan la eficacia de los programas de prevención escolares en base a la evidencia. Idea Prevención 25, 86-101
bullet DE VRIES, H.; ARIZA, C.; BAKKER, M.; HOHN, K.; MUDDE, A. N. y LETTOENOSI, R. (1999). European smoking prevention framework approach. Las Palmas. European Conference on Tobacco or Health 1999. CDROM.
bullet DIFRANCA, J. R. (2000). Síntomas iniciales y dependencia de la nicotina en los adolescentes. Control del tabaco, 9: 313 – 319
bullet DIRECCION GENERAL DE PREVENCION Y PROMOCION DE LA SALUD (1997). La cultura del tabaco entre los jóvenes de la Comunidad de Madrid. Documentos Técnicos de Salud Pública nº 16. Madrid: Consejería de salud.
bullet EDEX KOLEKTIBOA (1993). Si fumas te la juegas. Bilbao: Edek Kolektiboa.
bullet EDUSALUD (1991). Orientaciones para el diseño de la actuación preventiva de drogodependencias en centros educativos.Madrid: MEC, Comunidad de Madrid, Ayuntamiento de Madrid.
bullet ELLIOT, J. (1990). La Investigación-acción en educación. Madrid: Morata.
bullet ESCAMEZ, J. (1990). Drogas y Escuela: Una propuesta de prevención. Madrid: Dykinson.
bullet ESCOBEDO, L. G. y CASPERSEN, C. J. (1997). Risk factors for sudden coronary death in the United States. Epidemiology 1997; 8 (2):175-80.
bullet ESCOHOTADO, A. (1994). Historia General de las drogas. Barcelona: Espasa Calpe.
bullet  ESCOLÁ, C. (2000). Philip Morris creó un lobby en España. El País 1360, domingo 23 de enero del 2000; Págs. 30-31.
bullet FAD (1996). “Y tú que piensas”. Programa de prevención de Drogodependencias. Madrid: FAD.
bullet FAD (1999). Meta-análisis de programas de prevención del abuso de drogas. Madrid: FAD
bullet FAD (2001). Marco de referencia de la prevención de los consumos de droga<www.fad.es/estudios/marco.htm>
bullet FAD (2002 a). Prevenir para vivir”. Guía didáctica. Madrid: FAD.
bullet FAD (2002 b). Prevenir para vivir”. Cuaderno para el trabajo con los padres. Madrid: FAD.
bullet FAD (2002 c). Prevenir para vivir”. Cuaderno de actividades para la educación Secundaria. Primer ciclo 1º. Madrid: FAD.
bullet FAD (2002 d). Curso virtual Socidroga. <www.fad.es>
bullet FALK, J. L. (1996). Environment factors in the instigation and maintenance of drug abuse. En Psychological perspectivas on the prevention, management, and treatment of illicit drug abuse (pp.3-29).  Nueva  Cork. Plenum Press.
bullet FERNÁNDEZ ALONSO A. (2003). “¿cómo evaluar la prevención en España?. Un ejemplo de evaluación diagnóstico de las comunidades y ciudades autónomas”. VII Jornadas sobre Prevención de Drogodependencias. Alcorcón. Madrid.
bullet FERNÁNDEZ BALLESTEROS, R. (1982). Evaluación de contextos. Murcia: Universidad de Murcia
bullet FERNÁNDEZ BALLESTEROS, R. (1995). Evaluación de programas. Madrid: Editorial Síntesis.
bullet FERNÁNDEZ HERMIDA, J. R. (2003). ¿Es ético prevenir?. Controversias en torno a la prevención. VIII Jornadas sobre prevención de drogodependencias. Alcorcón (Madrid).
bullet FERNÁNDEZ RIOS, L. (1994). Manual de Psicología Preventiva, Teoría y Práctica. Madrid: Siglo XXI
bullet FERNÁNDEZ, E.; SCHIAFFINO, A.; BORRÁS, J. M.; SHAFEY, O. y VILLALBÍ, J. R. (2003). European Journal of Cancer Prevention. Idea-Prevención. Nº 26. Enero-Junio, 12 (1):57-62.
bullet FIERRO, A. (1985). Desarrollo social y de la personalidad en la adolescencia. En Carretero, J. Palacios y A. Marchesi. Psicología evolutiva 3, 27-40.
bullet FISHBEIN, M.  y AJZEN, I. (1975): Belief, attitudes and behaviour: An introduction to theory and research. Reading, MA:Addison-Wesley.
bullet FLAY, B.R. y PETRAITIS, J. (1994). The theory of triadic influence: a new theory of health behavior with implication for preventive interventions. Advaces in Medical Sociology, 4, 19-44.
bullet FLORES ENRÍQUEZ, G. (2004). Seguimiento de niños de alto riesgo. Pediatrics, 114,  5 1377-1397
bullet FORMAN, S. y LINNEY, J. (1991). Increasing the validity of self-report data in effectivenesstrials. En Leukefeld y Bukoski (Eds). Drug abuse prevention intervención research: Methodological issues. Maryland: NIDA.189, 235-247.

·        GAMELLA, J. (1990). La historia de Julián. Popular. Madrid.

·        GARCÍA, V.; FERNÁNDEZ SALINERO, S. y FENÁNDEZ, N. (2001). Estudio de la situación socio-económica del municipio de Hoyo de Manzanares. Colegio de sociólogos y politólogos de Madrid. Materiales del curso ADL 2001.

·        GARCÍA, R.; ALEMANY, E. y PEREZ, I. (2002). Prevención de las drogodependencias desde la escuela: Propuestas de intervención. Publicación virtual. Universidad de Valencia: F.A.D. <www.fad.es.>

·         GESTAL OTERO, J.J. (1988). Tabaco y patología. La Coruña: División de Artes Gráficas de "La Voz de Galicia, S.A.".

·        GRUPO INTERDISCIPLINAR SOBRE DROGAS (1988). Encuesta sobre drogas a la población escolar. Plan Nacional sobre Drogas 1998.

bullet GIL, E.; GONZÁLEZ J, y VILLAR F. (1999). Informe sobre la salud de los españoles: 1998. Madrid: Ministerio de Sanidad y Consumo.
bullet GLANTZ, A. y PARMLEY W. (1996). Passive and active smoking. A problem for adults. Circulation 1996; 94: 596-8.
bullet GÓMEZ-FRAGUELA, J. A.; LUENGO, M. A.; ROMERO, E. y OTERO, J. M. (1996). El papel de las habilidades de resolución de problemas interpersonales en la comprensión de las conductas de consumo de drogas de los adolescentes. Comunicación presentada en el II Congreso Iberoamericano de Salud y Conducta. Granada.
bullet GÓMEZ-FRAGUELA, J. A.; LUENGO, M. A.; ROMERO, E. y OTERO, J. M.  (1997). El papel de la familia y el grupo de iguales en el inicio y la progresión en el consumo de drogas. Comunicación presentada en el XXVI Congreso Interamericano de Psicología. Sao Paulo (Brasil).
bullet GONZÁLEZ ENRIQUEZ, J.; VILLAR ALVAREZ, F.; BANEGAS, J. R. RODRIGUEZ ARTALEJO, F. MARTÍN MORENO, J. M. (1997). Tendencia de la mortalidad atribuible al tabaquismo en España, 1978-1992: 600.000 muertes en 15 años. Med. Clin. (Barc); 109: 577-582.
bullet GONZÁLEZ PRADO, A. (2002). Habilidades sociales para la prevención de toxicomanías. En  ARCE GUERRA, F. (Coord.). Ponencias de las VII jornadas sobre prevención de drogodependencias. Comunidad de Madrid, Ministerio del Interior. Concejalía de servicios sociales. Ayuntamiento de Alcorcón.
bullet GOTTFREDSON, M. R. y HIRSCHI, T. (1994). A general theory of adolescent problem behabior: Problems and prospects. En Ketterlinus, R. D. y LambM. E., Adolescent problem behabiors. Issues and research. Hillsdale, Nueva Jersey: Erlbaum.
bullet GOTTLIEB, S. (1999). Some people are at very low risk from heart disease. BMJ 1999;319:1522.
bullet GRAÑA GÓMEZ, J. L. (1994). Conductas adictivas: teoría evaluación y tratamiento. Madrid: Debate
bullet GRUPO IGIA (1989). El medio escolar y las prevenciones de las drogodependencias. Madrid: MEC.
bullet GUPTA, R. y SHARMA, S. (1995). Smoking and alcohol intake in a rural Indian population and correlation with hypertension and coronary heart disease prevalence. J Assoc Physicians India; 43 (4):253-8.
bullet HAWKINS, J. D.; CATALANO, R. F. y MILLER, J. Y. (1992). Risk and protective factors for alcohol and other drug problems in adolescente and early adulthood: implications for substance  abuse prevention. Psychological Bulletin, 112, 64-105.
bullet HE, J.; VUPPUTURI, S.; ALLEN, K.; PREROST, M.R.; HUGHES, J. y WHELTON, P.K. (1999). Passive smoking and the risk of coronary heart disease. A meta-analysis of epidemiologic studies. N Engl J Med 1999; 340: 920-926.
bullet HERBERT, W.H. (1975). Cigarette smoking and arteriographically demonstrable coronary artery disease. Chest 1975; 67(1):49-52.
bullet HOLLINGSHEAD, A., y REDLICLI, F. (1958).  Social class and mental illness: A community study.  New York. Wiley.
bullet HOURMILOUGUEM, M. (2004) Uso indebido de droga. <http://www.iponet.es/casinada/19dgileg.htm>                                       
bullet HUNG, J.; LAM, J.Y.; LACOSTE, L. y LETCHACOVSKI, G. (1995). Cigarette smoking acutely increases platelet thrombus formation in patients with coronary artery disease taking aspirin. Circulation. 92 (9):2432-6.
bullet INCE (Instituto Nacional de Calidad y Evaluación) (1998). Diagnóstico general del sistema educativo; avance de resultados, ESO. Madrid: INCE.
bullet JANÉ, M. (2002). Prevención y control del tabaquismo en jóvenes: situación actual y estrategias de futuro. Idea Prevención 24. 78-88
bullet JAMES, R.W.; LEVIEV, I. y RIGHETTI, A. (2000). Smoking is associated with reduced serum paraoxonase activity and concentration in patients with coronary artery disease. Circulation 2000 May 16;101 (19):2252-7.
bullet JESSOR, R.; DONOVAN, J. E. y COSTA, F. M. (1991). Beyond adolescence: problem behaviour and young adult development. Cambridge: Cambridge University Press.
bullet JESSOR, R. (1992). Risk behavior in adolescence: A psychosocial framework for undestanding and action. Developmental Review, 12, 374-390.
bullet JESSOR, R. y JESSOR, S.L. (1997). Problem behaviour and psychosocial development. A longitudinal estudy of youth. San Diego, CA: Academic Press.
bullet KANDEL, D.B. (1975). Stages in adolescent involvement in drug use. Science, 190, 912-914.
bullet  KANDEL, D.B. (1996). The parental and peer contexts of adolescent deviance: an algebra of intepersonal influences. Journal Drug Issues, 26, 289-315.  
bullet KAPLAN, H.B. (1996). Empirical validation of the applicability of an integrative theory of deviant behaviour to the stady of drug use. Journal of Drug Issues, 262, 345-377.
bullet KAPLAN, H.B.; JOHNSON, R.J. y BAILEY, C.A. (1986). Self-rejection and the explanation of deviance: refinement and elaboration of a latent structure. Social Psycholoty Quarterly, 49, 110-128.
bullet KAUPPINEN, T.; TOIKKANEN, J.; PEDERSEN, D.; YOUNG, R.; AHRENS, W. y BOFFETTA, P. (2000). Occupational exposure to carcinogens in the European Union. Occup Environ Med 2000; 57:10-8.
bullet KUMPFER, K.L. (1999). Factors and processes contributing to resilience: The resilience framework. En M.D. Galantz y J.L. Johnson (Eds.), Resilience and development. Positive life adaptations 179-249.  Nueva Cork: Kluwer Academia / Plenum Press.
bullet KUULASMAA, K.; TUNSTALL-PEDOE, H.; DOBSON, A.; FORTMANM, S. y TOLOMEN, H. (2000). Estimation of contribution of changes in classic risk factors to trends in cornary-event rates across the WHO MONICA Project populations. Lancet 2000; 355: 675-687.
bullet LAIZ MENDOZA, N.; PORTILLO YABAR, L. J. y GALLARDO GUERRERO, L. (2001). El deporte como medio para la prevención de las drogodependencias en secundaria. VI Jornadas sobre prevención de drogodependencias. Alcorcón. Madrid 2001.
bullet LÓPEZ, A. D.; COLLISHAW, N. E. y PIHA, T. (1994). A descriptive model of the cigarette epidemic in developed countries. Tobacco Control; 3: 242-247.
bullet LÓPEZ GARCÍA-ARANDA, V.;  CALVO, R. y  GARCIA RUBIRA, J. C. (2004). El tabaco como factor de riesgo cardiovascular. Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo (CNPT).
bullet LÓPEZ, L.; COSÍN, J.; ELOSUA, R. y CABADÉS, A. (1999). Prevalencia de angina y factores de riesgo cardiovascular en las diferentes comunidades autónomas de España: estudio PANES. Rev. Esp. Cardiol. 1999; 52: 1045-56).
bullet LÓPEZ, M. L.; COMAS, A.; HERRERO, P.; PEREIRO, S.; FERNÁNDEZ, M. y THOMAS, H. (1998). Intervención educativa escolar para prevenir el tabaquismo: evaluación del proceso. Rev. Esp. Salud Pública 1998; 72: 303-318.
bullet LOPEZ PASTOR A. y JIMENEZ COBO M. (1995). Autoevaluación en Educación Física: la vivencia escolar de uno mismo. Revista Complutense de Educación vol. 6. nº 2 , 23-45
bullet LUENGO, M. A.; MIRÓN, L. y OTERO, J. M. (1991). Factores de riesgo en el consumo de drogas de los adolescentes. En Drogodependencias y sociedad. Estudio interdisciplinario. Santiago de Compostela: Fundación Caixa Galicia.
bullet LUENGO, MARTÍN M. A.; ROMERO TAMAMES, E.; GÓMEZ FRAGUELA, J. A.; GUERRA LÓPEZ, A. y LENCE PEREIRO, M. (2002). La prevención del consumo de drogas y la conducta antisocial en la escuela: análisis y evaluación de un programa. Universidad de Santiago de Compostela. MEC
bullet M.E.C. (1990). Ley Orgánica 1/90 de 3 de Octubre de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE). <www.mec.es.>
bullet M.E.C. (2002). Ley Orgánica 10/2002, de 23 de diciembre, de Calidad de la Educación (BOE 24 diciembre).
bullet M.E.C. (2003). Real Decreto 830/2003, de 27 de junio, por el que se establecen las enseñanzas comunes de la Educación Primaria (BOE 2 julio).
bullet M.E.C. (2003). Real Decreto 831/2003, de 27 de junio, por el que se establecen las enseñanzas comunes de la Educación Secundaria Obligatoria (BOE 3 julio).
bullet MACIÁ, D. (1993). La valoración de programas en la intervención comportamental educativa para la prevención de la drogodependencia. En García, J.A. y Ruiz, J. Tratado sobre la prevención de las drogodependencias. FAD-Edex Kolktiboa, 63-78.
bullet MACIÁ, D. (1995). Las drogas: conocer y educar para prevenir. Madrid: Pirámide.
bullet MARIN TUYA, D. (1993). Tabaco y adolescentes. Medicina Clínica. Barcelona 100 13, 497 – 500.
bullet MARINA, J. A. (2002). Pasado presente y futuro de la escuela. Comunicación virtual. FAD. <www.fad.es>
bullet MARTÍN, C.; CORDOBA, R.; JANÉ, C.; NEBOT, M.; GALAN, S. y ALIAGA, M. (1997). Evaluación a medio plazo de un programa de ayuda a los fumadores. Med Clin (Barc) 1997; 109: 744-748.
bullet  MARTÍN, J.L.; WILSON, J.R.; FERRARO, N.; LASKEY, W.K.; KLEAVELAND, A. y HIRSHFELD J.W. (1984). Acute coronary vasoconstrictive effects of cigarette smoking in coronary heart disease. Am J Cardiol 1984. 54 (1), 56-60.
bullet MARTÍN CUETO, E. (1995). De los objetivos de la prevención a la prevención por objetivos. En Becoña E. Rodríguez A. y Salazar I. Drogodependencias 4. prevención, 51-74. Santiago de Compostela: Servicio de Publicaciones  e Intercambio Científico de la Universidad de Santiago de Compostela.
bullet MARTÍN, CUETO, E. (1997). La prevención en España hoy: Propuestas de consenso institucional, técnico y social. En Plan Nacional sobre Drogas. Prevención de las Drogodependencias: Análisis y propuestas de actuación. Madrid: Ministerio del Interior.
bullet MARTÍNEZ HIGUERAS, I. y SALVADOR LLIVINA, T. (2002). Catálogo de programas de prevención del abuso de drogas. Madrid: Comunidad de Madrid. Agencia Antidroga.
bullet MCKENCIE, R. (1997). Señale los límites. Madrid: Iberonet.
bullet MCNEILL, A. D. (1986). Síntomas producidos por el abandono de los cigarros en fumadores adolescentes, Psicofarmacología 90, 533-536.
bullet MEANA, J. (1997). Deportes libres de drogas. 100 respuestas. Bilbao: Edex Kolektiboa.
bullet MEGÍAS VALENZUELA, E.; COMAS ARNAU, D.; ELZO IMAZ, J.; NAVARRO BOTELLA, J. y VEGA FUENTE, A. (1999). Los docentes españoles y la prevención del consumo de drogas. Madrid: FAD
bullet MEGÍAS VALENZUELA, E. (1999).  Los valores de la sociedad española y su relación con las drogas. <www.fad.es/estudios/marco.htm>.
bullet MEGÍAS VALENZUELA, E. (DIR.); COMAS ARNAU, D.; ELZO IMAZ, J.; NAVARRO BOTELLA, J. y VEGA FUENTE, A.  (2000). Los docentes españoles y la prevención del consumo de drogas. Madrid: FAD.
bullet MEGÍAS VALENZUELA, E. (2001). Valores sociales y droga. Madrid: FAD
bullet MEGÍAS VALENZUELA, E. (2003). La percepción social de los problemas de las drogas en España. Madrid: FAD
bullet MELERO, J. C.; FLORES, R. y PEREZ OÑATE, I. (1997). Programa de prevención del tabaquismo en la ESO. Evaluación. Bilbao: Edex Kolektiboa
bullet MELERO J. C.; FLORES, R. y PEREZ OÑATE, I. (1999). Evaluación del programa de prevención del tabaquismo en ESO. Itaca. Julio, 4 (2): 7:28.
bullet MELERO IBAÑEZ, J. C. (1994). Prevención del uso de tabaco entre escolares de Educación Secundaria Obligatoria. Revista Española de Drogodependencias 19 (2), 131-142.
bullet MERINO MERINO, B. (2003). Cultura de drogas: factores condicionantes. Tabaco. En Arce Guerra F. (Coord.) Ponencias de las VII jornadas sobre prevención de drogodependencias. Comunidad de Madrid, Ministerio del Interior. Concejalía de servicios sociales. Ayuntamiento de Alcorcón. 54-64.
bullet MILLER, M.S. (1997). Generalizad vulnerability to drug and alcohol addition. En Miller N.S. (Eds), the principles and practice of addictions in psychiatry, 18-25. Philadelphia, PA: W.B. Sanduners Company. 
bullet MIR (2000). Plan Nacional sobre Drogas. Estrategia Nacional Sobre Drogas 2000-2008. <www.Idea-prevención.es>
bullet MIR (2002 a). Campañas preventivas del Plan Nacional sobre Drogas. <www.idea-prevención.es>
bullet MIR (2002 b). Criterios básicos de intervención en los programas de prevención.  www.idea-prevención.es
bullet MORAGUES, L.; NEBOT, M.; BALLESTÍN, M. y SALTÓ, E. (1999). Evaluación de una intervención comunitaria (programa ‘quit and win’) para dejar de fumar. Gac Sanit 1999; 13:456-461.
bullet MOZAS FLORES, J.C. (1997). Diseño, aplicación y evaluación de un programa integrado en el currículo de la Educación Secundaria. Tesis doctoral
bullet MUÑOZ RIVAS, M. J.; GRAÑA GOMEZ, J. L. y CRUZADO MARTÍN J. A. (2000). Factores de riesgo en drogodependencias: consumo de drogas en adolescentes. Madrid: Sociedad Española de Psicología Clínica, Legal y Forense.
bullet NEBOT, M.; BORRELL, C.; BALLESTÍN, M. y VILLALBÍ J. R. (1996). Prevalencia y características asociadas al consumo de tabaco en población general en Barcelona entre 1983 y 1992. Rev. Clín. Esp. 1996. 196, 359-64.
bullet NEBOT, M.; CABEZAS, C. y OLLER, M. (1990). Consejo médico, consejo de enfermería y chicle de nicotina para dejar de fumar en atención primaria. Barcelona: Med. Clin.  1990; 95: 57-61.
bullet NELSON, C. B. y WITTCHEN, H. U. (1998). Tabaco y dependencia de la nicotina. Investigación europea sobre la adicción, 4: 42-49.
bullet OBSERVATORIO EUROPEO DE DROGAS Y TOXICOMANIAS (2003). Banco de instrumentos para la evaluación de intervenciones preventivas. Agencia Antidroga: Comunidad de Madrid
bullet OBSERVATORIO ESPAÑOL SOBRE DROGAS (2002). Informe nº 5. Julio 2002. Madrid: Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas. Secretaría Técnica. Ministerio del Interior.
bullet OETTING, E. R. Y BEAUVAIS, F. (1986). Peer cluster theory: Drugs and the adolescent. Journal of Counseling and Development, 65, 17-22.
bullet OETTING, E. R. Y BEAUVAIS, F. (1987). Peer cluster theory: Socialization characterístics and adolescent drug use. Journal of Counseling psychology, 34, 205-213.
bullet OFFORD, D.R. (2000). Seletion of levels of prevention. Addictive behabiors, 25 833-842.
bullet OFFORD, D. R. y KRAEMER, H. C. (2000). Risk factors and prevention. EBMH. NOTEBOOK 3, 70-71
bullet ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD (1973). Juventud y drogas: informe de un grupo de estudio de la OMS. Ginebra: Organización Mundial de la Salud.
bullet ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD (1992): CIE-10. trastornos mentales y del comportamiento. Madrid: Meditor.
bullet ORTI, M.; CARRON, J. y COMAS, D. (1997). El profesorado y la prevención de las drogodependencias. Madrid: GID
bullet PARDEL, H.; SALTÓ, E.; CANELA, J. y SALLERAS, L. (1993). Smoking cessation rates after three months treatment with nicotine patch among health professionals in Catalonia, Spain. Smoking Cessation 1993; 2: 35-37.
bullet PÉREZ ADRADOS, N. (2002). Prevenir para vivir. En  Arce Guerra F. (Coord.). Ponencias de las VII jornadas sobre prevención de drogodependencias. Comunidad de Madrid, Ministerio del Interior. Concejalía de servicios sociales. Ayuntamiento de Alcorcón.
bullet PÉREZ SERRANO, G. (1994). Investigación cualitativa. Retos e interrogantes. Madrid: La Muralla.
bullet PÈREZ TRULLEN, A. (1995). Naturaleza del humo del tabaco: farmacología del tabaco. Archivos de  Bronconeumología 31; 3; p. 101-108
bullet PLAN  INTEGRAL DE PREVENCION ESCOLAR (1995). Formación del profesorado. Madrid: FAD.
bullet PLAN NACIONAL SOBRE DROGAS (1996 a). Actuar es posible. Madrid: Ministerio del Interior.
bullet PLAN NACIONAL SOBRE DROGAS (1996 b). Actuar es posible; La prevención de las drogodependencias en la comunidad escolar. Madrid: Ministerio del Interior.
bullet PLAN NACIONAL SOBRE DROGAS (1997). Prevención de las drogodependencias; análisis y propuestas de actuación. Madrid: Ministerio del Interior
bullet PLAN NACIONAL SOBRE DROGAS (2001). Memoria 2000. Madrid: Ministerio del Interior.
bullet PROGRAMA DE PREVENCION DE DROGODEPENDENCIAS EN CENTROS EDUCATIVOS DE LA COMUNIDAD DE MADRID (1995). Materiales de formación en prevención de drogodependencias: módulo de contenidos generales. Madrid: MEC, Comunidad de Madrid, Ayuntamiento de Madrid.
bullet PROGRAMA DE PREVENCION DE DROGODEPENDENCIAS EN CENTROS EDUCATIVOS DE LA COMUNIDAD DE MADRID. (1998) Evaluación de resultados. Madrid: MEC, Comunidad de Madrid, Ayuntamiento de Madrid.
bullet PROGRAMA JEYS (1998): Intervención educativa escolar. Rev. Esp. Salud Pública 1998, 72. 4, 315-317
bullet RAFTOPOULOS, C.; BERMINGHAM, M.A. y STEINBECK, K.S. (1999). Coronary heart disease risk factors in male adolescents, with particular reference to smoking and blood lipids. J Adolesc Health.  Jul; 25 (1), 68-74.
bullet RAMSTRÖM, L. y VILLALBÍ J. R. (2000). Los cigarrillos light no disminuyen los riesgos del fumador. Rev. Clin. Esp. 2000; 200: 108-145.
bullet REAL DECRETO 1239/1999 de 23 de julio BOE del 23 de Julio de 1999. Ministerio de Sanidad y Consumo.
bullet REAL DECRETO 192/1988 de 4 de marzo. BOE del 9 de Marzo de 1988. Ministerio de Sanidad y Consumo.  
bullet RECIO, J. M. (1991). El papel de la familia, los compañeros y la escuela en el abuso adolescente de drogas. Madrid: Cruz Roja Española.
bullet RIGOTTI, N. A. y PASTERNAK, R. C. (1996). Cigarette smoking and coronary heart disease. Cardiol Clin North; 14: 51-68.
bullet RODRÍGUEZ GÓMEZ, G.; GIL FLORES, J. y GARCÍA JIMÉNEZ, E. (1996). Metodología de la investigación cualitativa. Málaga:  Algibe

·        ROMANÍ, O. 1999. La construcción social del problema de la droga en España. En Las drogas. Sueños y Razones. Barcelona. Ariel,  85-116.

·        ROMERO, E.; LUENGO, M. A. y OTERO, J. M. (1995). La relación entre autoestima y consumo de drogas en los adolescentes; un análisis longitudinal. Revista de Psicología Social, 19, 149-159.

bullet SALVADOR LLIVINA, T. (1998). Condicionantes del uso de tabaco en España. En Becoña E. (Coor.). Libro blanco sobre tabaquismo en España (pp.153-173). Barcelona: Glosa Ediciones.
bullet SALVADOR LLIVINA, T. (2000). Avances y retos en prevención del abuso de drogas. Papeles del Colegio, 77, 18-24.  
bullet SÁNCHEZ PARDO, C. (1998). Guía para mediadores juveniles. Madrid: FAD.
bullet SÁNCHEZ-WAY, R. (2001). Criterios para la gestión de programas: la práctica de la prevención en Estados Unidos. En ARCE GUERRA F. (Coord.) Ponencias de las VI jornadas sobre prevención de drogodependencias. Comunidad de Madrid, Ministerio del Interior. Concejalía de servicios sociales. Ayuntamiento de Alcorcón. 57-65
bullet SANTOS, M. A. (1990). Hacer visible lo cotidiano. Madrid: Akal Universitaria.
bullet SCHMIDT, B. (2001). Políticas de prevención y control en drogodependencias. En ARCE GUERRA F. (Coord.) Ponencias de las VI jornadas sobre prevención de drogodependencias. Comunidad de Madrid, Ministerio del Interior. Concejalía de servicios sociales. Ayuntamiento de Alcorcón. 65-75
bullet SCHUCKIT, M. A. (2000). Drug and alcohol abuse; A clinical guide to diagnosis and treatment. Nueva York: Plenum Medical Book Company.
bullet SCOTT, M. (1999). Assessment of Cardiovascular Risk by Use of Multiple-Risk-Factor Assessment Equations. A Statement for Healthcare Professionals From the American Heart Association and the American College of Cardiology. Circulation 1999.100,1481-1492.
bullet SILVA, A. (1994 a). La evaluación de programas en drogodependencias (2 volúmenes) Madrid. GID.
bullet SILVA, A. (1994 b): La evaluación de programas en drogodependencias; Manual de evaluación. Madrid: GID.
bullet SIMONS, R. L.; CONGER, R. D. y WHITBECK, L. B. (1988). A multistage social learning model of the influences of family and peer upon adolescent substance abuse. Journal of drug issues, 18, 293-315.
bullet SNOW, D. y TEBES, K. (1999). Diseños experimentales y cuasi-experimentales en investigación sobre prevención. En Leukefeld, C. y Bukoski, W. Drug abuse prevention intervención research: Methodological issues. Rockville: NIDA. 137-152.
bullet STAKE, R. (1998). Investigación con estudio de casos. Madrid: Morata.
bullet STENHOUSE, L. (1984). Investigación y desarrollo del currículo. Madrid: Morata.
bullet STENHOUSE, L. (1987). La investigación como base de la enseñanza. Madrid: Morata.
bullet THAM (2002). Memoria (2001). Madrid: Mancomunidad de Servicios Sociales. Ayuntamientos de Torrelodones, Hoyo de Manzanares, Alpedrete y Moralzarzal.
bullet TOBLER, N. (1997). Aspectos del meta-análisis en la investigación de intervenciones preventivas. Progresos en el análisis de datos para la investigación de intervenciones preventivas. Madrid: FAD
bullet TOBLER, N. (1999). Meta-análisis de programas de prevención de drogas en adolescentes: resultados del metaanálisis de 1993. Meta-análisis de programas de prevención del abuso de drogas. Madrid: FAD
bullet TUNSTALL PEDOE, H.; BROWN, C. A.; WOODWARD, M. y TAVENDALE R. (1995). Passive smoking by self report and serum cotinine and the prevalence of respiratory and coronary heart disease in the Scottish heart health study. J Epidemiol Community Health 1995. 49 (2),139-43.
bullet UCC (1999). Punts de venda de tabac. Barcelona: Unió de Consumidors de Catalunya.
bullet U.S.D.H.H.S. (1988). The health consequences of smoking. Nicotine addition. A report of the Surgeon General. Rokvile, Maryland U.S. Departament of Health and Human Services.
bullet U.S.D.H.H.S. (1989) The health consequences of smoking. 25 years of progress, Rokvile, Maryland U.S. Departament of Health and Human Services.
bullet VALKONEN, M. y KUUSI, T. (1998). Passive smoking induces atherogenic changes in low density lipoprotein. Circulation 1998. 97, 2012-2016.
bullet VAN GAGELDONK, A. y SPRUJT-METZ C. (2001). Prevención con base teórica de las drogas: una perspectiva general crítica. En Arce Guerra F. (Coord.) Ponencias de las VI jornadas sobre prevención de drogodependencias. Comunidad de Madrid, Ministerio del Interior. Concejalía de servicios sociales. Madrid: Ayuntamiento de Alcorcón. 155-167
bullet VARTIANEN, E.; KORHONEN, H.; KOSKELA, K. y PUSKA, P. (1998). Twenty year smoking trends in a community based cardiovascular disease prevention programme. Results from the North Karelia project. Eur J Public Health 1998; 8: 154-159.
bullet VEGA FUENTE, A. (2001) El reto de las transversales. <www.fad.es/transversales.htm>
bullet VIGUER SEGUÍ, P. y SERRA DESFILIS, E. (1996). Nivel socioeconómico y calidad del entorno familiar en la infancia. Anales de psicología 1996; 12, 2: 197-205
bullet VILLALBÍ, J. R.; BARNIOL, J.; NEBOT, M.; DÍEZ, E. y BALLESTÍN, M. (1999). Tendencias en el tabaquismo de los escolares. Barcelona, 1987-1996. Aten Primaria 1999. 23, 359-362.
bullet VILLALBÍ, J. R. (1995). Tabaquismo. En: Navarro, C.; Cabasés, J. M. y Tormo, J. M. La salud y el sistema sanitario en España. Informe SESPAS 1995; Barcelona: SG Editores, 1995; 83-89.
bullet WESTERMEYER, J. (1996). Cultural factors in the control, preventtion, and treatmen of illicit drug use: The earlthling psychoactive trek. En Bickel, W. K.  y DeGrandpre R.J. (Eds.). Psychological perspectivas on the prevention, management, and treatment of illicit drug abuse. 99-124.  Nueva  York: Plenum Press.
bullet WICKS-NELSON,  R. e ISRAEL, A. C. (1997). Psicopatología del niño y del adolescente, 3ª edición. Madrid: Prentice-Hall. 
bullet WILLIAN, G. Y GERTRUDE, M. (1980.) Diseños experimentales. México: Trillas
bullet WILLIUS, F. y BERKSON, J. (1940). Tobacco and coronary disease. JAMA 115: 132-159.
bullet WOODWARD, M.; MOOHAN, M. y TUNSTALL PEDOE, H. (1999). Self-reported smoking, cigarette yields and inhalation biochemistry related to the incidence of coronary heart disease: results from the Scottish Heart Health Study. J Epidemiol Biostat 1999; 4, 285-295.
bullet ZUCKERMAN, M. (1979). Sensation seeking: Beyond the optimal level of arousal. Hillsdale, NJ: Erlbaum.